— ¡Ese muchacho le metió la idea en la cabeza a su abuelo, lo sé! Es un chico genial, me encantaría que nos hiciéramos amigos. Parece que quiere conocernos pero le da vergüenza, y Meg es tan remilgada que no me deja hablarle cuando nos cruzamos —dijo Jo mientras los platos circulaban y los helados comenzaban a desaparecer entre exclamaciones de regocijo.
—Te refieres a las personas que viven en la casa grande de al lado, ¿verdad? —dijo una de las niñas—. Mi mamá conoce al viejo señor Laurence, pero dice que es muy orgulloso y no le gusta relacionarse con sus vecinos. Mantiene a su nieto encerrado cuando no está cabalgando o caminando con su tutor, y lo hace estudiar terriblemente duro. Lo invitamos a nuestra fiesta pero no vino. Mi mamá dice que es muy amable aunque nunca nos habla a nosotras.
—Nuestra gata se escapó una vez y él nos la trajo de vuelta. Hablamos por entre la reja, nos estábamos llevando muy bien, conversando sobre cricket y de todo, y cuando vio que Meg se acercaba, se marchó. Quiero conocerlo algún día porque sé que necesita divertirse, estoy segura de eso —dijo Jo decididamente.
—Me gustan sus modales, y parece un pequeño caballero, así que no le veo problema a que ustedes se conozcan si se da la oportunidad. Él mismo trajo las flores, y lo habría invitado a pasar si hubiera estado segura de lo que ocurría arriba. Parecía deseoso de quedarse al escuchar risas y juego, que él evidentemente no tiene.
—Por fortuna no lo dejaste pasar, mamá —dijo Jo riendo mientras miraba sus botas—. Pero haremos otra función que él sí pueda ver. Tal vez incluso actúe en ella, ¡sería divertido!
—Nunca me habían dado un ramo, ¡es muy lindo! —dijo Meg admirando sus flores con interés.
—Sí, son muy lindos. Pero me gustan más las rosas de Beth —dijo la señora March aspirando el aroma del ramillete medio marchito que llevaba en el pecho.
Beth se le acurrucó al lado y susurró suavemente:
—Me encantaría enviarle mi ramo a papá. Me temo que no debe estar pasando una Navidad tan feliz como nosotras.
— ¡Jo! ¡Jo! ¿Dónde estás? —gritó Meg desde abajo de las escaleras de la buhardilla.
—Aquí —respondió una voz ronca desde arriba, y cuando subió, Meg encontró a su hermana comiendo manzanas y llorando por la lectura de El heredero de Redcklyffe , envuelta en un edredón sobre un viejo sillón de tres patas, al lado de la ventana soleada. Este era el refugio favorito de Jo, donde le encantaba retirarse con media docena de manzanas y un buen libro, y disfrutar de la tranquilidad y de la compañía de una rata doméstica que vivía allí y a quien no molestaba su presencia. Cuando apareció Meg, Scrabble se escondió en su agujero. Jo se secó las lágrimas de las mejillas y se dispuso a oír las noticias.
— ¡Qué emoción, mira, es una carta de invitación de la señora Gardiner para mañana en la noche! —gritó Meg agitando el preciado papel. Luego procedió a leerlo con deleite juvenil—: “La señora Gardiner tiene el placer de invitar a la señorita March y a la señorita Josephine a un sencillo baile la noche de Año Nuevo”. Mamá nos dio permiso. ¡Qué nos vamos a poner!
— ¿Para qué preguntas eso, si sabes que tendremos que usar nuestros vestidos de popelina porque no tenemos otros? —respondió Jo con la boca llena.
—Si solo tuviera un traje de seda… —suspiró Meg—. Mamá dice que tal vez podré tener uno cuando cumpla dieciocho. Pero una espera de dos años es una eternidad.
—Estoy segura de que nuestros vestidos de popelina lucirán como seda. Además están muy bien para nosotras. El tuyo está como nuevo, en cambio el mío está quemado y rasgado, no sé qué voy a hacer. La quemadura se ve a simple vista y no se puede quitar.
—Debes quedarte sentada y tan quieta como puedas para que no se vea tu espalda; el frente está bien. Tendré un lazo nuevo para el pelo y mamá me prestará su pequeño prendedor de perla. Mis zapatos de tacón se verán muy lindos, y los guantes pasarán, aunque no son tan lindos como me gustaría.
—Los míos están manchados de limonada, y como no puedo comprar unos nuevos, iré sin guantes —dijo Jo, quien nunca se inquietaba demasiado por asuntos de ropa.
—Tienes que llevar guantes o yo no iré —dijo Meg decidida—. Los guantes son lo más importante de todo: no se puede bailar sin ellos, y si no bailas estaré muy mortificada.
—Me quedaré sentada. No me gusta mucho eso de bailar en pareja; me parece aburrido ir dando vueltas acompasadas alrededor, es más divertido bailotear libremente por aquí y por allá.
—No puedes pedirle a mamá unos nuevos, son demasiado costosos y tú demasiado descuidada. Cuando estropeaste los anteriores, ella dijo que este invierno no te compraría más. ¿No puedes arreglarlos, más bien? —preguntó Meg con ansiedad.
—Podría llevarlos apretados en mi mano, así nadie notaría que están manchados, es todo lo que puedo hacer. ¡No, ya sé qué hacer! Cada una llevará uno bueno y cargará uno manchado, ¡es perfecto!
—Tus manos son más grandes que las mías. Ensancharás el mío terriblemente —dijo Meg, cuyos guantes eran un tema sensible para ella.
—Entonces no me pondré guantes. No me importa lo que diga la gente —exclamó Jo volviendo a su libro.
— ¡Está bien, puedes tomarlo! Solo procura no mancharlo, y por favor compórtate: no pongas las manos a la espalda, ni mires fijamente a la gente, ni digas “¡Qué diablos!”, ¿está bien?
—No te preocupes, seré más discreta que un mueble, y no me meteré en ningún aprieto, en lo posible. Ahora ve a responder la carta y déjame terminar esta maravillosa historia.
Así que Meg se fue a “aceptar con agradecimiento” la invitación, preparar su vestido, y cantar despreocupadamente mientras planchaba su único cuello de encaje auténtico, mientras Jo terminaba de leer la historia, se comía las manzanas y jugaba con Scrabble.
La noche de Año Nuevo la sala estaba vacía porque las dos hermanas menores ayudaban a vestir a las mayores, quienes a su vez estaban absortas en la importantísima tarea de “arreglarse para la fiesta”. Por simple que fuera el acicalamiento, había mucha agitación, correteo de aquí para allá, carcajadas y parloteos, y en un momento dado, un fuerte olor a pelo quemado inundó la casa. Meg quería algunos bucles para enmarcar su rostro, y Jo emprendió la tarea de poner las pinzas calientes en los mechones empapelados.
— ¿Se supone que deben oler así? —preguntó Beth desde su asiento sobre la cama.
—Es la humedad secándose —respondió Jo.
— ¡Qué olor tan repulsivo! ¡Huele a plumas quemadas! —observó Amy arreglando sus propios hermosos bucles con aire de superioridad.
—Ya está. Ahora te quitaré los papeles y verás una nube de hermosos rizos —dijo Jo retirando las pinzas.
En efecto le quitó los papeles, pero no hubo tal nube de rizos, pues los papeles salieron con el pelo adherido a ellos, y la horrorizada estilista no tuvo más remedio que poner los manojos carbonizados sobre la cómoda frente a su víctima.
— ¡Oh, oh, oh! ¿Qué has hecho? ¡Me arruinaste! ¡No puedo ir al baile! ¡Mi pelo, oh, mi pelo! —se lamentó Meg observando desesperada los mechones desiguales sobre su frente.
— ¡Es mi mala suerte! No debiste pedirme que lo hiciera, yo siempre arruino todo. Lo siento tanto, las pinzas estaban demasiado calientes e hice un desastre —gimió la pobre Jo mirando las plastas negras con lágrimas de arrepentimiento.
—No está echado a perder, solo rízalos y ponte la cinta de manera que los extremos caigan un poquito sobre la frente y estarás a la última moda. He visto a muchas chicas así —repuso Amy amorosamente.
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