Louisa Alcott - Mujercitas

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Mujercitas de Louisa May Alcott es un emotivo relato muy femenino con personajes y situaciones memorables. Enamoramientos, aspiraciones intelectuales, complicaciones, vicisitudes en la vida de las jovencitas. La escritora utiliza una fina descripción de caracteres, que muestra el paso de la niñez a la juventud, pone énfasis en el espíritu de la libertad individual, algo no usual para la época. Las March demuestran sus aptitudes sociales tocando el piano, bordando o manteniendo una conversación fluida, amable y elegante.
"Mi heroína literaria favorita es Jo March. Es dificil explicar lo que significó para una pequeña y sencilla niña llamada Jo, quien tenía un carácter vehemente y una ambición ardiente de ser escritora", dijo J. K Rowling

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La carga de Beth era tan graciosa que a todas les dieron ganas de reírse. Pero ninguna lo hizo porque eso habría herido profundamente sus sentimientos.

—Hagámoslo —dijo Meg pensativa—. Es solo otro nombre para tratar de ser buenas, y la historia podría ayudarnos. Aunque deseamos ser buenas, se requiere mucho esfuerzo, se nos olvida y no lo intentamos lo suficiente.

—Esta noche estábamos en el Pantano del Abatimiento y llegó mamá a sacarnos de allí, como lo hizo Auxilio en el libro. Debemos tener un manual de instrucciones, como el que tenía Cristiano. ¿Cómo lo solucionamos? —preguntó Jo encantada del aderezo que ello le agregaba a la muy aburrida tarea de cumplir con su deber.

—Busquen bajo sus almohadas en la mañana de Navidad, y encontrarán su guía —respondió la señora March.

Discutieron el nuevo proyecto mientras la vieja Hannah recogía la mesa. Luego sacaron sus canastitos de tejido, y volaron las agujas mientras las chicas cosían sábanas para la tía March. No era una labor interesante, pero esa noche nadie se quejó. Adoptaron el plan de Jo de dividir las largas costuras en cuatro partes, y nombrarlas Europa, Asia, África y América. De esa manera les rendía bastante, especialmente cuando hablaban sobre los diferentes países según cosían a través de ellos.

Se detuvieron a las nueve y, como de costumbre, cantaron antes de irse a la cama. Nadie más que Beth podía sacarle música al antiguo piano; ella tenía un modo suave de tocar las teclas amarillentas y producir un agradable acompañamiento a las canciones simples que cantaban. La voz de Meg era como una flauta, y ella y su madre lideraban el coro. Amy trinaba como un grillo, y Jo iba por los aires como le provocaba, saliendo con un silencio o una corchea donde no hacía falta. Siempre habían cantado antes de dormir, desde los tiempos en que apenas sabían hablar:

Estlellita, ónde tas

Se había vuelto una tradición de aquel hogar, pues la madre era una cantante natural. Lo primero que se oía en la mañana era su voz, y andaba por toda la casa cantando como una alondra, y lo último que se oía en la noche era ese mismo alegre sonido, porque las chicas nunca fueron demasiado grandes para esa conocida canción de cuna.

2

Una feliz Navidad

Jo fue la primera en despertarse al amanecer gris de la mañana de Navidad. No había botas colgadas en la chimenea, y por un momento se sintió tan decepcionada como aquella vez, hacía mucho tiempo, cuando su bota había caído al suelo por el peso de muchos regalos. Luego recordó la promesa de su madre y, deslizando su mano bajo la almohada, encontró un librito de tapas rojas. Lo reconoció al instante, pues era aquella antigua historia de la vida más hermosa que jamás haya existido, y Jo sintió que era una verdadera guía para cualquier peregrino que emprendiera el largo camino. Despertó a Meg con un “¡Feliz Navidad!”, y la invitó a buscar bajo la almohada. Apareció un libro de tapas verdes, con el mismo dibujo en el interior, y un pequeño mensaje escrito por su madre, que se convertía en el único regalo para cada una. En ese momento se levantaron Beth y Amy, quienes escarbaron y encontraron su propio libro, uno gris y otro azul, y todas permanecieron observando sus libros y hablando de ellos hasta que el amanecer se volvió color rosa con la llegada del nuevo día.

A pesar de sus pequeñas vanidades, Margaret era de naturaleza dulce y piadosa, y sin quererlo influenciaba a sus hermanas, especialmente a Jo, quien la amaba con ternura, y le obedecía por la manera delicada con que daba sus consejos.

—Niñas —dijo Meg seriamente, dirigiendo la mirada desde la cabeza desordenada a su lado, hasta las dos cabecitas tocadas con gorros de dormir, en el cuarto de al lado—, mamá quiere que leamos, cuidemos y amemos estos libros, y debemos comenzar de inmediato. Éramos muy puntuales antes, pero desde que papá se fue y la guerra comenzó a inquietarnos, hemos descuidado muchas rutinas. No sé ustedes, pero yo mantendré mi libro aquí sobre la mesa y leeré un fragmento cada mañana apenas me despierte, pues sé que me hará bien y me ayudará en el día.

Luego abrió su libro nuevo y comenzó a leer. Jo le pasó el brazo por los hombros, y mejilla con mejilla también leyó, con una expresión de tranquilad que rara vez tenía en su rostro inquieto.

— ¡Qué buena es Meg! Ven, Amy, hagamos como ellas. Te ayudaré con las palabras difíciles y ellas nos explicarán lo que no entendamos —susurró Beth muy impresionada con los bellos libros y el ejemplo de sus hermanas.

—Me alegra que el mío sea azul —dijo Amy, y en ese momento los cuartos se llenaron de calma mientras ellas pasaban las páginas suavemente, y el resplandor del sol invernal se deslizó hasta acariciar en un saludo de Navidad las cabecitas rubias y las caritas concentradas.

— ¿Dónde está mamá? —preguntó Meg, cuando, media hora después, ella y Jo bajaron corriendo para agradecerle por los regalos.

— ¡Quién sabe! Una pobre criatura vino a pedir limosna, y su mamá salió de inmediato a ver qué necesitaba. No he visto a nadie más generoso que ella; regala comida, bebida, ropa y carbón —contestó Hannah, que vivía con la familia desde el nacimiento de Meg, y era considerada por todos como una amiga más que una criada.

—Volverá pronto, supongo, así que preparen los pasteles y tengan todo listo —dijo Meg examinando los regalos, que estaban en una canasta bajo el sofá, listos para ser sacados a su debido tiempo—. ¿Dónde está el frasco de colonia de Amy? —añadió cuando vio que la botella no estaba.

—Ella lo sacó hace un momento para ponerle un moño, o algo así —respondió Jo, saltando por todo el salón para suavizar un poco las nuevas zapatillas.

—Qué lindos son mis nuevos pañuelos, ¿verdad? Hannah me los lavó y planchó, y yo misma los marqué todos —dijo Beth observando con orgullo las letras algo torcidas en las que se había esforzado tanto.

— ¡Qué ocurrencia! Le dio por poner “Mamá” en vez de “M. March”, ¡qué gracioso! —dijo Jo tomando uno para mirarlo.

— ¿No está bien así? Pensé que era mejor de este modo porque las iniciales de Meg también son “M. M.” y no quisiera que nadie los use sino mamá —dijo Beth algo preocupada.

—Así está bien, cariño, es una idea muy hermosa, y además muy sensata, pues así nadie podrá equivocarse. Sé que le gustarán mucho —dijo Meg frunciendo el ceño a Jo y sonriendo a Beth.

—Llegó mamá, ¡escondan la canasta, rápido! —gritó Jo cuando oyó la puerta cerrarse y pasos en el corredor.

Fue Amy quien entró apresurada y se cohibió cuando vio que todas sus hermanas estaban esperándola.

— ¿Dónde estabas, y qué escondes ahí? —preguntó Meg sorprendida al darse cuenta, por la capucha y la capa, de que la perezosa de Amy había salido desde temprano.

—No te rías de mí, Jo, nadie debía enterarse hasta el momento indicado. Solo quería cambiar la botella pequeña por la grande y gasté todo mi dinero en ella. Realmente estoy tratando de no volver a ser egoísta.

Mientras hablaba, Amy les mostró la elegante botella que remplazaba la barata, y parecía tan sincera y modesta en su pequeño esfuerzo por olvidarse de sí misma, que Meg la abrazó de inmediato, y Jo dijo su usual “qué prodigio” mientras Beth corrió hacia la ventana y escogió la rosa más linda para adornar el magnífico frasco.

—Verán, me sentí avergonzada de mi regalo esta mañana después de leer y hablar de ser buena, así que fui a cambiarlo apenas me desperté. Y me alegra mucho, porque ahora el mío es el más lindo.

Otro golpe de la puerta de entrada envió la canasta debajo del sofá, y a las niñas a la mesa con ganas de desayunar.

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