Salió Meg con mechones grises por toda la cara, una bata roja y negra, un bastón y símbolos cabalísticos sobre la capa. Hugo le pidió una poción para hacer que Zara lo amara, y otra para destruir a Rodrigo. Hagar, en una bella melodía dramática, le prometió darle ambas, y procedió a llamar al espíritu que le traería el filtro de amor:
—Desde aquí, desde tu hogar,
Duendecillo etéreo, ¡te ordeno que vengas!
Nacido de rosas, alimentado de rocío,
¿Puedes hacer amuletos y pociones?
Tráeme con celeridad de elfo,
El fragante filtro que necesito;
Hazlo dulce, efectivo y fuerte;
¡Espíritu, responde ya a mi canción!
Se oyó una música suave, y luego del fondo de la cueva surgió una pequeña figura de blanco inmaculado, alas rutilantes, pelo dorado y una corona de rosas. Agitando una varita, cantó:
—Aquí vengo,
De mi etéreo hogar,
Lejos, en la luna plateada;
Te entrego el hechizo mágico,
¡Oh, úsalo bien!
Si no, sus poderes se desvanecerán.
Dejando caer una botellita dorada a los pies de la bruja, el espíritu desapareció. Otro canto de Hagar produjo una segunda aparición. No una agradable esta vez, pues con una explosión surgió un espíritu maligno, negro y feo, y después de graznar una respuesta, le arrojó a Hugo una botella oscura y desapareció con una carcajada burlona. Una vez les agradeció y hubo guardado las pociones en sus botas, Hugo se retiró y Hagar informó a la audiencia que, puesto que él había asesinado a varios de sus amigos en el pasado, ella lo había maldecido y trataba de malograr sus planes para vengarse de él. En ese momento cayó el telón, la audiencia tomó un descanso y comió caramelos mientras discutía los méritos de la obra.
Hubo bastante martilleo antes de que se abriera de nuevo el telón, pero cuando se hizo evidente la obra maestra de carpintería escenográfica que se había fraguado, nadie se quejó del retraso. ¡Era realmente magnífico! Una torre se alzaba hasta el techo; a media altura había una ventana donde ardía una lámpara, y detrás de la cortina blanca apareció Zara en un adorable vestido azul y plateado, quien esperaba a Rodrigo. Este llegó, ricamente ataviado, con sombrero de pluma, capa roja, una guitarra y, naturalmente, las botas. Arrodillado al pie de la torre cantó una serenata melosa a la que Zara respondió, y luego de un diálogo musical, aceptó fugarse con él. Ahora era el turno del efecto supremo del drama. Rodrigo hizo una escalera de soga con cinco escalones, arrojó hacia arriba un extremo e invitó a Zara a bajar. Ella tímidamente de deslizó de la reja, apoyó su mano en el hombro de Rodrigo, y estaba a punto de saltar con gracia, cuando “¡Ay, pobre Zara!”, se olvidó de la cola de su vestido. Esta se atascó en la ventana, la torre se tambaleó, se inclinó hacia delante, cayó con estrépito, ¡y enterró en las ruinas a los desdichados amantes!
Un grito unánime se alzó cuando las botas rojizas surgieron de entre el desastre, agitándose desesperadamente, y una melena dorada emergió exclamando:
— ¡Te lo dije, te lo dije!
Con formidable entereza, Don Pedro, el cruel Señor, se apresuró a auxiliar a su hija, y ágilmente les dijo aparte:
— ¡No se rían, hagan como si todo estuviera bien!
Ordenándole a Rodrigo que se pusiera de pie, lo desterró del reino con enojo y desprecio. Aunque se encontraba muy sobresaltado por la caída de la torre, Rodrigo desafió al viejo caballero al negarse a marcharse. Este intrépido actuar incitó a Zara a desafiar a su padre también, quien los envió a los calabozos más profundos del castillo. Un corpulento escudero entró en escena con cadenas y se los llevó, con cara de susto y habiendo olvidado visiblemente su parlamento.
El tercer acto se desarrollaba en el corredor del castillo, donde apareció Hagar para liberar a los amantes y acabar con Hugo. Lo oye aproximarse y se esconde; lo observa servir las pociones en dos copas de vino y ordenarle a un tímido criado:
—Llévaselas a los cautivos en sus celdas, y diles que iré enseguida.
Mientras el criado le dice algo a Hugo, Hagar cambia las copas por otras dos inofensivas. Ferdinando, el criado, se las lleva, y Hagar pone sobre la mesa la copa que contiene el veneno destinado a Rodrigo. Hugo, sediento después de una canción larga, la bebe, pierde el conocimiento, y tras bastantes convulsiones y pataleos, cae de espaldas y muere, mientras Hagar, en una canción dramática y melodiosa, le cuenta lo que ha hecho.
Esta escena fue realmente emocionante, aunque algunos habrían podido pensar que la inesperada aparición de una gran cantidad de pelo largo en la cabeza del villano al momento de caer, estropeó el efecto de su muerte.
El cuarto acto mostró a Rodrigo desesperado, a punto de darse una puñalada porque se entera de que Zara lo abandonó. Justo cuando la daga iba a penetrar en su corazón, una dulce canción, entonada bajo su ventana, le cuenta que Zara le es fiel pero se encuentra en peligro, y que él puede salvarla. Le arrojan una llave con la que abre la puerta y, en un arrebato de fortaleza, rompe sus cadenas y se apresura a rescatar a su amada.
El quinto acto abrió con una escena tormentosa entre Zara y Don Pedro. Él quiere que ella se recluya en un convento, a lo que ella se niega y, luego de un conmovedor discurso, está a punto de desmayarse cuando Rodrigo irrumpe y pide su mano. Don Pedro lo rehúsa por no ser rico. Gritan y gesticulan pero no se ponen de acuerdo, y Rodrigo se dispone a llevarse a Zara cuando el tímido criado entra con una carta y un paquete de Hagar, quien ha desaparecido misteriosamente. En la carta les informa que deja a la joven pareja una inmensa fortuna, y a Don Pedro una horrible maldición si se opone a la felicidad de ellos. Abren el paquete y una lluvia de monedas de lata cubre primorosamente el escenario. Aquello ablanda al estricto padre, quien consiente sin chistar, todos unen sus voces en un feliz coro y cae el telón cuando la pareja, de la manera más romántica, se arrodilla para recibir la bendición de Don Pedro.
Siguieron abundantes aplausos, que se apagaron inesperadamente cuando la cama plegable sobre la cual estaba construido el palco se cerró de repente, dejando atrapadas a las entusiastas espectadoras. Rodrigo y Don Pedro volaron al rescate y lograron sacar a todas sanas y salvas, aunque muchas no podían hablar de la risa.
Apenas se había calmado la agitación cuando apareció Hannah diciendo que la señora March les enviaba sus felicitaciones, y que les mandaba a decir que todo el mundo bajara a cenar. Esto fue una sorpresa, incluso para las actrices, y cuando vieron la mesa se miraron entre sí con un asombro exultante. Era de esperar que mamá les tuviera un pequeño agasajo, pero algo tan magnífico como aquello no se había visto desde los pasados tiempos de abundancia. Había helado, en realidad dos platos de helado, rosado y blanco, y había pastel, frutas y tentadores chocolates franceses, y en medio de la mesa, ¡cuatro ramos grandes de flores de invernadero!
Verdaderamente todo ello les quitó el aliento, y primero observaron la mesa y luego a su madre, quien parecía disfrutarlo inmensamente.
— ¿Fueron las hadas? — preguntó Amy.
—Fue Papá Noel —dijo Beth.
—Lo hizo mamá —dijo Meg con su más dulce sonrisa, a pesar de la barba gris y las cejas blancas.
—La tía March estaba de buen ánimo y envió la cena — gritó Jo con una súbita inspiración.
—Ninguna de las anteriores. El viejo señor Laurence la envió —respondió la señora March.
— ¡El abuelo del chico Laurence! ¿Cómo se le habrá ocurrido tal cosa? ¡Si no lo conocemos! —exclamó Meg.
—Hannah le contó a uno de sus criados lo que ustedes hicieron con su desayuno. Es un caballero un poco excéntrico, pero eso le gustó. Conoció a mi padre hace muchos años, y esta tarde me envió una carta muy amable en la que me decía que quería expresar sus sentimientos amistosos hacia ustedes enviándoles algunas chucherías con motivo de las festividades. No podía negarme, así que aquí tienen un pequeño banquete nocturno para compensar el desayuno de pan y leche.
Читать дальше