— ¡Feliz Navidad, mamá! Gracias por los libros, leímos un poco, y planeamos hacerlo cada día —gritaron en coro.
¡Feliz Navidad, hijitas! Qué bien que ya hayan comenzado, espero que continúen. Pero quiero decirles algo antes de sentarnos. No muy lejos de aquí hay una pobre señora con un bebé recién nacido. Seis niños se apiñan en una cama para no congelarse porque no tienen fuego. No tienen nada que comer, y el mayor vino a decirme que sufren de hambre y de frío. Mis niñas, ¿estarían dispuestas a darles su desayuno como regalo de Navidad?
Haber esperado casi una hora les había dado un hambre inusual, y nadie habló por un momento. Pero solo fue un momento porque Jo exclamó con ímpetu:
— ¡Por suerte llegaste antes de que comenzáramos!
— ¿Puedo ayudarte a entregarles las cosas a aquellos pobres niñitos? —preguntó Beth con entusiasmo.
—Yo llevaré la leche y los panecillos —añadió Amy, renunciando con heroísmo a aquello que más le gustaba.
Meg ya estaba empacando los pasteles y apilando el pan en un plato grande.
—Sabía que lo harían —dijo la señora March sonriendo satisfecha—. Todas me acompañarán, al regreso desayunaremos pan y leche, y a la comida lo compensaremos.
Estuvieron listas pronto y salieron en fila. Por fortuna era temprano y tomaron calles apartadas, así que poca gente las vio y nadie se rio del curioso grupo.
Era un cuarto vacío y miserable, con las ventanas rotas, sin fuego en la chimenea, las sábanas raídas, una madre enferma, un bebé que lloraba, y un montón de niños pálidos y flacos acurrucados bajo una sola manta vieja intentando calentarse. ¡Cómo abrieron los ojos y sonrieron al entrar a las niñas!
— Ach, mein Gott! 1*¡Buenos ángeles vienen a ayudarnos! —exclamó la pobre mujer llorando de dicha.
—Unos ángeles muy graciosos de capucha y guantes —dijo Jo haciendo reír a todos.
Algunos instantes después, realmente parecía que unos seres bondadosos hubieran obrado allí. Hannah, que había llevado madera, prendió el fuego y cubrió los cristales rotos con viejos sombreros y su propio chal. La señora March le dio a la madre té y avena, y la consoló prometiéndole que le ayudaría, mientras vestía al bebé con tanto cuidado como si fuera suyo. Mientras tanto, las chicas pusieron la mesa, sentaron a los niños cerca del fuego y los alimentaron como si fueran pajaritos hambrientos, mientras reían, conversaban y trataban de entender su inglés chapurreado.
— Das istgute!... Der engel-kinder! 2**—gritaban las pobres criaturas mientras comían y se calentaban en la chimenea las manitos amoratadas del frío. Las chicas nunca habían sido llamadas “niñas ángel”, lo cual les pareció muy agradable, en especial a Jo, quien desde que nació había sido considerada “un Sancho”. Aquel fue un desayuno muy alegre, aunque ellas no hubieran participado de las viandas. Cuando se fueron, dejando tras de sí gran bienestar, no creo que hubiera en toda la ciudad cuatro personas más contentas que las chicas que regalaron su desayuno y se conformaron con pan y leche en la mañana de Navidad.
—Eso es amar al prójimo más que a nosotros mismos y me encanta —dijo Meg sacando los regalos mientras su mamá estaba arriba juntando ropa para los Hummel.
No era lo más espléndido del mundo, pero había mucho amor en esos regalos, y el florero alto con rosas rojas, crisantemos blancos y hojas de vid, que estaba en la mitad, le daba un aire muy elegante a la mesa.
— ¡Aquí viene! ¡Comienza a tocar, Beth! ¡Abre la puerta, Amy! ¡Tres hurras por mamá! —gritó Jo brincando por todos lados mientras Meg conducía a su madre hacia la silla de honor.
Beth interpretó la marcha más alegre que conocía, Amy abrió la puerta, y Meg hizo de escolta con gran dignidad. La señora March estaba sorprendida y conmovida a la vez, y sonrió, con los ojos llenos de lágrimas, al ver los regalos y los mensajitos que los acompañaban. De inmediato se calzó las zapatillas, se guardó en el bolsillo un pañuelo nuevo, perfumado con colonia, se prendió la rosa en el pecho y declaró que los lindos guantes le quedaban “perfectos”.
Hubo muchos besos y risas y explicaciones, en la manera sencilla y cariñosa que hace de estas fiestas hogareñas un momento tan agradable y un recuerdo tan dulce. Después todas se pusieron a trabajar.
Las obras de caridad y las celebraciones de la mañana les tomaron tanto tiempo que dedicaron el resto del día a preparar los festejos de la tarde. Siendo aún demasiado jóvenes para ir con frecuencia al teatro, y sin dinero de sobra para gastarlo en funciones caseras, las niñas usaban toda su creatividad y construían aquello que necesitaban. Algunas de sus producciones eran muy ingeniosas: guitarras de cartón, lámparas antiguas hechas de mantequilleros viejos cubiertos de papel plateado, hermosos vestidos de algodón usado, centelleando con lentejuelas recortadas de las latas de la fábrica de pepinillos, y armaduras cubiertas con esos mismos pedacitos tan útiles en forma de diamante, pero que dejaban en láminas cuando usaban las tapas. Los muebles estaban acostumbrados a estar patas arriba, y el cuarto grande era escenario de muchas diversiones inocentes.
No admitían caballeros, así que Jo interpretaba los roles masculinos, para su satisfacción, y le sacaba inmenso gusto a un par de botas de cuero rojizo que le regaló una amiga que conocía a una señora que conocía a un actor. Esas botas, un antiguo florete y un jubón raído, alguna vez usados por un artista para una pintura, eran los tesoros más importantes de Jo y aparecían en cada obra. Puesto que la compañía era tan reducida, era necesario que las dos actrices principales asumieran varios papeles cada una, y desde luego merecían reconocimiento por su esfuerzo al aprenderse de memoria dos o tres parlamentos distintos, ponerse y quitarse varios atuendos, y además ocuparse del manejo del escenario. Era un excelente entrenamiento para su memoria, una diversión inofensiva, y empleaba muchas horas que de otro modo serían improductivas, solitarias o invertidas en compañía menos provechosa.
La noche de Navidad, una docena de niñas se apilaron en la cama, que era el palco, y se sentaron ante las cortinas de zaraza azul y amarilla, en un halagador estado de expectación. Había muchos susurros y cuchicheos tras el telón, algo de humo de la lámpara, y una que otra risita de Amy, a quien la emoción ponía muy nerviosa. Se oyó un campanazo, se abrió el telón y la Tragedia operática comenzó.
El “bosque tenebroso” que se mencionaba en el cartel estaba representado por unos arbustos en macetas, un paño verde en el piso y una cueva en la distancia. Esta cueva tenía por techo un tendedero y por paredes unas cómodas, y dentro había un hornillo encendido con un caldero negro sobre el cual se encorvaba una vieja bruja. El resplandor del hornillo tenía un buen efecto en el escenario oscuro, sobre todo cuando salió el vapor de la tetera en el momento en que la bruja destapó el caldero. Hubo un momento destinado a que la audiencia se repusiera de la sorpresa. Luego Hugo, el villano, entró con la espada tintineando al cinto, sombrero de fieltro, negra barba, capa misteriosa y las botas. Después de caminar agitadamente de un lado al otro, se estrujó la frente y explotó en un gran esfuerzo, voceando sobre su odio por Rodrigo, su amor por Zara, y su decisión de matar a uno y conquistar a la otra. Los tonos roncos de la voz de Hugo, y el ocasional grito cuando sus emociones lo sobrepasaron, fueron tan impresionantes que la audiencia aplaudió cuando él hizo una pausa para tomar aliento. Después de hacer una venia, como quien está acostumbrado a recibir elogios, pasó a la cueva y le ordenó salir a Hagar diciéndole “¡Ven de inmediato, súbdita, te estoy llamando!”.
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