— ¡Cómo estuvo la fiesta, cuéntennos todo!
Con lo que Meg llamó “una gran falta de buenos modales”, Jo había guardado algunos caramelos para las niñas, quienes volvieron a caer profundas luego de escuchar los detalles más emocionantes de la noche.
—Debo decir que me siento como una elegante dama al regresar de la fiesta en coche y sentarme en mi tocador con una doncella que me sirva —dijo Meg mientras Jo le vendaba el pie con árnica y le cepillaba el pelo.
—No creo que las damas elegantes se diviertan ni un poquito más que nosotras, a pesar de nuestro pelo quemado, los trajes viejos, la escasez de guantes y los zapatos apretados que nos tuercen los talones. —Y me parece que Jo tenía razón.
—Oh, vaya, qué difícil es recoger las cargas y echar a andar —suspiró Meg a la mañana siguiente, pues las vacaciones habían llegado a su fin, y una semana de diversión no resultaba lo más adecuado para continuar el trabajo, que nunca le había gustado.
—Me encantaría que fuera Navidad o Año Nuevo todo el año, sería muy divertido —respondió Jo bostezando.
—No la pasaríamos tan bien como ahora. Pero sí sería agradable tener cenas y recibir ramos de flores, ir a fiestas y regresar en coche, leer y descansar, en lugar de trabajar. Aquello es para otros, ¿sabes? Siempre he envidiado a las niñas que tienen esas cosas. Disfruto el lujo —dijo Meg mientras se decidía sobre cuál era el vestido menos gastado.
—Bueno, no podemos tenerlo, así que no nos lamentemos. Más bien echemos las cargas al hombro y lidiemos con ellas con entusiasmo como lo hace mamá. Para mí la tía March puede llegar a ser todo un fardo, pero estoy segura de que, cuando aprenda a llevarlo sin quejarme, se caerá o se volverá tan ligero que no lo notaré.
Esta comparación hizo tanta gracia a Jo que la puso de buen humor, pero Meg no se animó porque su carga, que consistía en cuatro niños mimados, parecía más pesada que nunca. No tenía ganas ni de arreglarse, como siempre lo hacía.
— ¿De qué sirve verse bien si nadie me ve, excepto esos groseros mocosos, y a nadie le importa si soy bella o no? —rezongó, cerrando el cajón de un tirón—. Tendré que trabajar como una mula toda la vida, con algunos pocos momentos de diversión, y volverme vieja, fea y amargada por ser pobre y no podré disfrutar mi vida como otras chicas. ¡Es una lástima!
Meg bajó con cara de víctima y no fue la más agradable durante el desayuno. Todas parecían de malhumor y dispuestas a quejarse. Beth tenía dolor de cabeza y se recostó en el sofá con la gata y tres gatitos para darse ánimos; Amy estaba preocupada porque no había memorizado la lección y no encontraba sus chanclos; Jo silbaba a todo dar y hacía un gran barullo al arreglarse; la señora March estaba muy ocupada terminando una carta que debía enviar de inmediato; y Hannah refunfuñaba porque trasnocharse no le sentaba bien.
— ¡Qué familia tan malhumorada! —exclamó Jo perdiendo los estribos después de volcar un tintero, romper ambos cordones de sus botas y haberse sentado sobre su sombrero.
— ¡Y tú eres la más malhumorada de todas! —respondió Amy borrando de la pizarra la suma que se había deshecho con sus lágrimas.
—Beth, si no mantienes esos horribles gatos en el sótano, los haré ahogar —exclamó Meg furiosa tratando infructuosamente de alcanzar a los gatitos que se le habían subido a la espalda.
Jo se reía, Meg regañaba, Beth imploraba y Amy lloraba, porque no podía recordar cuánto daba nueve por doce.
— ¡Niñas, niñas! Por favor hagan silencio un momento. Debo enviar esto en el primer correo y ustedes me distraen con sus peleas —dijo la señora March tachando la tercera frase arruinada en su carta.
Hubo un momento de silencio, interrumpido cuando entró Hannah precipitadamente, dejó dos pastelitos en la mesa y volvió a salir. Estos pastelitos eran toda una institución, y Hannah nunca olvidaba hacerlos, sin importar lo ocupada o gruñona que estuviera, pues el camino era largo y desalentador, las pobres criaturas no comían nada más hasta el almuerzo y rara vez llegaban antes de las tres.
—Que mimes a los gatos y te recuperes del dolor de cabeza, Beth. Adiós, mamá, hemos sido insoportables esta mañana pero cuando volvamos a casa seremos ángeles de nuevo. Vamos, Meg —dijo Jo echando a andar con la idea de que los peregrinos no estaban siendo lo que debían.
Se giraban a mirar atrás sin falta antes de doblar la esquina, porque su madre siempre estaba en la ventana para decirles adiós con la mano y una sonrisa. Parecía como si no pudieran cumplir con sus deberes durante el día si no lo hacían, pues cualquiera que fuera su estado de ánimo, ver el rostro de su madre a último momento tenía en ellas el efecto de un rayo de sol.
—Si mamá nos amenazara con el puño en vez de mandarnos besos lo tendríamos bien merecido porque jamás se ha visto sinvergüenzas más desagradecidas que nosotras —dijo Jo, que se sentía mejor tomando el camino del sentimentalismo.
—No uses expresiones tan vulgares —respondió Meg desde las profundidades del velo en el que se había cubierto, como una monja harta del mundo.
—Me gustan las palabras fuertes, con algún sentido —respondió Jo agarrándose el sombrero, que estaba a punto de salir volando.
—Llámate a ti misma como quieras, pero yo no soy ninguna insoportable ni sinvergüenza desagradecida, y no me gusta que me llamen así.
—Te sientes frustrada y de un humor de perros hoy porque no te puedes rodear de lujos. ¡Pobrecita! Espera a que haga mi propia fortuna y podrás gozar de coches, helados, zapatos de tacón, flores y pelirrojos que bailen contigo.
— ¡Qué ridícula eres, Jo! —dijo Meg, aunque riéndose de aquellas tonterías, y se sintió mejor a pesar de sí misma.
—Tienes suerte de que lo sea, porque si adoptara ese ánimo abatido y pesimista que tú tienes, estaríamos hechas. Gracias al cielo siempre puedo encontrar algo gracioso para animarme. No rezongues más y vuelve a casa alegre.
Jo le dio a su hermana un golpecito alentador en el hombro para despedirse, antes de seguir cada una su camino, con el pastelito caliente en el bolsillo, tratando de mantener el buen humor a pesar del invierno, el trabajo duro, y sus juveniles deseos no realizados.
Cuando el señor March perdió su propiedad por tratar de ayudar a un amigo en problemas, las dos chicas mayores rogaron porque les dejaran trabajar, al menos para asumir su propia manutención. Sus padres aceptaron, considerando que nunca era demasiado temprano para comenzar a inculcar esfuerzo, disciplina e independencia, y ambas se pusieron a trabajar con la buena voluntad que, a pesar de los obstáculos, siempre termina por triunfar.
Margaret encontró un puesto como institutriz y se sentía millonaria con su pequeño sueldo. Como ella misma decía, “disfrutaba del lujo”, y su preocupación principal era la pobreza. Le costó más que a las otras afrontarla porque podía recordar los tiempos en que la casa era hermosa, la vida estaba llena de tranquilidad y gustos, y las carencias de cualquier índole eran desconocidas. Trataba de no ser envidiosa o inconforme, pero era natural que una jovencita como ella quisiera tener cosas bonitas, amigos alegres, logros y una vida feliz. Donde los King siempre veía todo lo que anhelaba, pues las hermanas mayores de los niños acababan de entrar en sociedad, y Meg veía con frecuencia refinados vestidos de fiesta y ramos de flores, presenciaba animadas charlas sobre obras de teatro y conciertos, partidas de trineo y diversiones de toda clase, y veía gastar dinero en bagatelas, un dinero que le habría servido mucho. La pobre Meg poco se quejaba, pero una sensación de injusticia a veces le amargaba el ánimo hacia todo el mundo, pues aún no apreciaba lo rica que era en las bendiciones que por sí solas hacen la vida feliz.
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