La historia de Elena es un ejemplo. La conocimos con protocolos y distancia social un sábado por la tarde. Ella viajó especialmente desde Lincoln, provincia de Buenos Aires, hasta Capital Federal. Nos encontramos con una mujer de 67 años, casada con Miguel hace 40 años, mamá de 3 hijos, abuela de 7 nietos. Ni bien se sentó en el sillón empezó a hablar…
– Nunca fui feliz en mi matrimonio y nadie lo sabe. Me casé con Miguel porque, siendo única hija, mis padres me obligaron y, en ese momento, no pude decir que no. Pero ya estoy grande, me siento en una prisión. Ya no tengo ganas de vivir en una farsa y fingiendo lo que nunca sentí. Es un peso muy grande.
– ¿Cómo es ese peso?
– Una bolsa de piedras en mi espalda y dolor en el pecho. Hasta siento asco estar a su lado, y, encima, Miguel se da cuenta y me pregunta todo el tiempo qué me pasa. Todo lo hice por mis hijos, por el matrimonio…
La escuchamos detenidamente y preguntamos.
– Ya no tienes 27 años… ¿Para qué sigues haciéndolo?
– Por eso estoy aquí. Leí el libro de ustedes y necesito ser una mujer libre.
– ¿Qué crees que puedes hacer entonces? ¿Con qué cuentas para hacerlo?
– Tengo dos jubilaciones por mi trabajo como docente. Debería hablar con Miguel y decirle la verdad, necesitaría hablar con mis hijos y contarles cómo me siento…
– ¿Qué lograrías haciéndolo?
– Dejar de mentirme. Dejar de fingir lo que no es. Poder mirar a mis hijos y no sentirme falsa.
Cinco meses después recibimos un llamado de Elena para pedir otro encuentro presencial. Apareció una mujer sin el corsé de la frustración y eso se notaba en sus ojos. Miguel le había preguntado por qué no lo habló antes porque hubiera sido menos doloroso para ambos, y sus hijos, aunque tensos, le pidieron que se animara a ser libre y feliz porque la amaban. Hoy ella vive en un departamento sola, pero cerca de Miguel. Prometieron separarse, pero sin perder el vínculo, y lo más importante: inesperadamente el encierro pandémico le permitió conocer a un señor de un campo vecino que le está abriendo las puertas al amor que nunca tuvo.
– ¿Qué sientes ahora?
– Que tenía un poder que no conocía, que no me animaba. Y a la vez dejé a Miguel en libertad de acción porque se lo merece.
Vivir atrapados en lo que no sentimos es una pérdida de tiempo para nosotros/as y para quienes nos rodean. No gana nadie. Nada se puede edificar con solidez desde lo que no es o desde lo que no se siente. Es como un castillo de naipes. Miguel lo sabía todo porque tenía más de una evidencia, pero necesitó de la honestidad de Elena para poder comprobarlo. La negación confunde. La sinceridad nos humaniza. Vivir encerrados en lo que no sentimos tiene un efecto devastador para quien lo hace porque es desperdiciar ese derecho que nos constituye: la libertad. Elegir no es perjudicar a nadie, es ser honesto con todos.
El gran enemigo de nuestra libertad son las creencias limitantes que vamos desarrollando a través de mandatos, hábitos, creencias, costumbres. Armamos alrededor nuestro un cerco invisible que con el tiempo resulta más apretado, incómodo, inhabitable. Con las creencias limitantes aparece un empleado servil dentro de nosotros/as que podemos llamar “saboteador interno”. Es el encargado de presentarnos el mundo como una amenaza, las personas como enemigos, el fracaso como única posibilidad, la vida como un sacrificio. Las frases de cabecera de este pequeño gran monstruo son: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, “Ni se te ocurra”, “Ni lo intentes”, “Déjate de molestar”.
Saltar a la libertades volver a respirar aire puro, nuevo y fresco después de haber andado mucho tiempo en nuestro propio laberinto sin salida (aparente). Afuera no está la amenaza como nos dijeron y nos creímos. Afuera está el desafío para desplegar todo lo que somos capaces de ser y hacer.
Saltar a la libertades un pacto de lealtad con nuestros principios y, también, ser menos vulnerables a la mirada de los otros o a las críticas de los demás. Eso seguirá existiendo siempre, ¿alguien puede evitarlo?, ¿alguien puede prohibirlo? Nuestros talleres siempre están llenos de gente arrepentida por no haber hecho de sus vidas lo que siempre creyeron que debían hacer. Escuchamos frases como:
—“Me hubiera gustado estudiar danza, pero ya estoy grande para hacerlo”. Baila como si nadie te estuviera mirando.
—“Murió mi marido y se acabó el mundo”. ¡Señora! ¿Usted nos habla desde Marte?
—“Ya renuncié al sexo”. ¿Quién le aceptó la renuncia?
Vidas limitadas en vida y permaneciendo en un lugar de insatisfacción, sin rumbo, sin alas. ¿Hasta cuándo? ¿Para qué?
Saltar a la libertades plantarse con firmeza en aquello que creo, que estoy convencido/a y que, además, tengo fundamentos –basados en hechos– para sostenerlo, aun cuando lo que sostengo va en contra de lo que otros piensan o creen. Plantarse no es pelear por mi libertad, sino trabajar por ella. ¿Cómo hacerlo? Demostrando a los demás el valor que tiene para mí esa libertad por la que trabajo y el impacto positivo que puede generar en los demás. Al hacernos libres les estamos permitiendo a los demás, también, ser libres.
Somos, cada día, una hoja en blanco donde todo o casi todo está por hacerse, aunque tengamos un pasado rico, potente, ejemplar. La mejor obra de nuestra vida es la que todavía no hemos hecho porque tiene todas las posibilidades de ser más perfecta si contamos la experiencia vivida. No siempre es fácil. A veces hay que atravesar turbulencias en pleno vuelo. Cada tanto hay que plantarse y dar pelea. De vez en cuando la protesta por algo que creemos justo nos coloca en un lugar diferente. Ser consecuentes y persistentes en nuestro sueño nos mantiene vivos y nos permite alcanzarlo desde la paz, con entusiasmo, aportando alegría. Eso no siempre nos viene de afuera, hay que buscarlo en nuestro interior para que los demás se contagien.
Saltar a la libertades preguntarse acerca de nuestro compromiso. Compromiso no es obligación, es identificar al servicio de qué están orientadas nuestras acciones. ¿Con qué me comprometo? ¿Para qué lo hago? ¿Para lograr qué? ¿Con quiénes? Respondiéndome estas preguntas ya estoy poniéndole un propósito a mi vida, y al hacerlo me convierto en un enorme junco capaz de sortear todos los vientos y tempestades.
El compromiso es el respeto que me estoy dando con quien soy y con quien aspiro ser. Es el “autorrespeto” que no necesita de la consideración de los demás porque tiene la aprobación más importante: la mía. No es hacer lo que se quiera sin que me importe nadie. ¡No! Libertad no es libertinaje. La libertad necesita de la responsabilidad, el libertinaje nos empuja al caos. El compromiso es el maravilloso entramado de acuerdos, alianzas, redes, que voy tendiendo para generar un viento que sople a mi favor y me ayude a llegar más lejos y en mejores condiciones. Al mismo tiempo, es chequear cuáles son los límites para no desbarrancar y tener que empezar todo de nuevo. Es una línea delgada de derechos y obligaciones que tenemos como ciudadanos del mundo, de pedidos y ofertas, de elegir a qué le digo que sí y a qué le digo que no.
El compromiso es un pasaporte para ayudar a construir lo que falta, para edificar lo que los demás están necesitando, el legado que dejo para hacérsela más fácil a otros, para iluminar a quienes no saben por dónde es el camino. Es necesario tener bien en claro que hay consecuencias todo el tiempo, hagamos mucho, poquito o no movamos un dedo. El “no hacer” también tiene consecuencias y suelen ser más negativas que cuando nos equivocamos. Aun cuando no elijo, ya estoy eligiendo no elegir. La quietud tiene precios altísimos. El movimiento, resultados sorprendentes.
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