Marissa Meyer - Karma al instante

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Prudence es… Prudence. Está segura de que nadie puede hacer nada en el mundo mejor que ella. Especialmente el flojo e irresponsable de su compañero de Biología: Quint. Y el universo parece estar de acuerdo con ella, porque luego de un hilarante accidente despierta con la capacidad de provocar karma al instante a las personas y comienza a castigar toda mala acción a su alrededor: de actos de vandalismo a chismes maliciosos. Todos reciben su merecido. Todos… excepto Quint. Que parece ser inmune a sus poderes. ¡¿QUÉ TIPO DE BROMA CÓSMICA ES ESA?! Cuando Prudence comience a trabajar durante el verano en el Centro de rescate de animales marinos de su ciudad, descubrirá que quizá Quint no es el tonto irresponsable que creía, sino que alguien increíblemente noble y… bastante lindo. Y también deberá aprender una lección: EXISTE UNA DELGADA LÍNEA ENTRE LA GENEROSIDAD Y LA CODICIA, LA VIRTUD Y LA VANIDAD, EL AMOR, EL ODIO… Y EL DESTINO.

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Flexiono mis dedos, buscando la palabra correcta.

–¿Lindo?

Le lanzo una mirada fría.

–Puedes conseguir alguien mejor.

Yo no estoy interesada –se ríe.

Algo en la manera en que lo dice parece insinuar que no estuviera diciendo algo. Ella no está interesada, pero…

Las palabras quedan suspendidas en el aire. ¿Está sugiriendo que yo lo estoy?

Asqueroso.

Cruzo mis brazos firmemente sobre mi pecho.

–Pensaba decir inepto. Y egoísta. Llega tarde a clase todo el tiempo, como si lo que estuviera haciendo fuera mucho más importante que lo que estudiamos. Como si su tiempo fuera más valioso y entonces está bien que llegue diez minutos tarde, interrumpa al señor Chavez y que todos tengamos que hacer una pausa mientras él se acomoda y hace una broma tonta al respecto como… –Utilizo una voz más grave para imitarlo–. “Ah, hombre, ese tráfico de Fortuna, ¿no?”. Cuando todos sabemos que no hay tráfico en Fortuna.

–Bueno, no es puntual. Hay cosas peores.

–No lo entiendes –suspiro–. Nadie lo entiende. Tenerlo como compañero de laboratorio ha sido doloroso de verdad.

Ari se queda sin aliento de repente. El auto cambia de dirección. Me aferro a mi cinturón de seguridad y giro mi cabeza mientras los focos delanteros encandilan el parabrisas trasero. No sé cuándo el auto deportivo apareció detrás de nosotras, pero están peligrosamente cerca del parachoques. Me inclino para mirar por el espejo lateral.

–¡Había una señal de alto allí atrás! –grita Ari.

El auto deportivo empieza a acercarse y retroceder, su motor suma revoluciones.

–¿Qué quiere? –grita Ari ya está en el límite de la histeria.

Aunque tiene su licencia, todavía le falta confianza detrás del volante. Pero algo me dice que tener un auto errático en tu cola alteraría hasta los conductores más experimentados.

–Creo que quiere superarnos.

–¡No estamos en una autopista!

Estamos en una calle residencial angosta, todavía más limitada por las filas de vehículos estacionados en ambos lados. El límite de velocidad es solo cuarenta kilómetros por hora, que estoy segura de que Ari respeta a la perfección. Sospecho que eso solo irrita más al conductor detrás de nosotras.

Es ruidoso y muy grosero.

–¿Cuál es su problema? –grito.

–Me detendré –dice Ari–. Tal vez… Tal vez una mujer esté dando a luz en el asiento trasero o algo así.

La miro sin poder creerlo. Ari puede excusar comportamiento inexcusable.

–El hospital está para ese lado –replico y señalo hacia la dirección opuesta con el pulgar.

Ari se acerca a la acera. Encuentra un lugar entre dos autos estacionados y hace su mejor esfuerzo para calcular el ángulo; no es una tarea fácil por el largo de su auto. De todos modos, deja suficiente espacio para que pase el otro vehículo.

El motor acelera otra vez y el auto deportivo pasa a toda velocidad. Logro ver a una mujer en el asiento del pasajero con un cigarrillo encendido. Le hace un gesto obsceno a Ari cuando pasa a toda velocidad.

Me cubre una ola de furia.

Aprieto los puños, las uñas se hunden en mi palma. Imagino que los golpea un rayo de justicia kármica. Que les estalla una llanta y los hace salir de la calle, chocar con un poste de teléfono y…

¡BANG!

Ari y yo gritamos. Por un segundo, pienso que fue un disparo. Pero luego, vemos el auto, casi una calle más adelante, dando vueltas fuera de control.

Estalló un neumático.

Llevo una mano a mi boca. Se siente como mirar un video en cámara lenta. El auto gira ciento ochenta grados y milagrosamente no golpea a los demás vehículos estacionados en los costados de la calle. Sube a la acera y solo se detiene cuando el parachoques se incrusta en –no un poste de teléfono– una palmera gigante. El capó se arruga como una lata de aluminio.

Por un momento, Ari y yo nos quedamos congeladas y miramos el accidente boquiabiertas. Luego Ari lucha por desabrochar su cinturón y abrir su puerta a toda velocidad. Corre hacia el accidente antes de que pueda pensar en moverme, y cuando lo hago, es para relajar mis puños.

Siento un cosquilleo en los dedos, están al borde de estar entumecidos. Los miro, mi piel se tiñe de naranja por la luz de la calle.

Coincidencia.

Solo una extraña coincidencia.

De alguna manera, encuentro la manera de buscar mi teléfono y llamar a la policía. Para cuando termino de darles la información, mi mano dejó de temblar y Ari está viniendo hacia mí.

–Todos están bien –dice sin aliento–. Las bolsas de aire se activaron.

–Llamé a la policía, estarán aquí pronto.

Asiente.

–¿ estás bien? –le pregunto a mi amiga.

–Eso creo –Ari se hunde en su asiento–. Solo me dio un susto terrible.

–A mí también.

Me estiro y tomo su mano.

Cuando me mira, su expresión es dolorosa.

–Es horrible, pero cuando sucedió… Ese primer segundo después de que chocaron, mi primer pensamiento fue que…

No termina la oración.

–Se lo merecían –finalizo por ella.

Su rostro luce culpable.

–Ari, estaban siendo groseros. Y conducían erráticamente. Odio decirlo, pero es verdad , se lo merecían.

–No lo dices en serio.

En vez de responder –porque estoy bastante segura de que lo digo en serio–, retiro mi mano de la de ella.

–Solo me alegra que nadie esté herido –digo–. Incluyéndonos.

Estiro mi mano hacia mi cabeza, el golpe parece estar disminuyendo.

–No creo que mi cabeza pueda soportar otra colisión esta noche.

Karma al instante - изображение 24

Karma al instante - изображение 257 Karma al instante - изображение 26

Mi dolor de cabeza casi ha desaparecido a la mañana siguiente, pero todavía siento una leve sensación de mareo que nubla el interior de mi cerebro cuando imprimo la tarea sobre el pez rape y lo que escribió Jude sobre el tiburón peregrino mientras me visto.

–Último día –le susurro a mi reflejo en el espejo del baño. Las palabras son como un mantra, me motivan mientras me cepillo los dientes y desenredo los mismos nudos en mi cabello de todas las mañanas. Último día. Último día. Último día .

Me desperté casi una hora más tarde de mi horario habitual y ya puedo escuchar el caos de mi familia a todo ritmo en la planta baja. Papá puso un disco de Kinks y es una de sus canciones más vivaces y animadas, Come Dancing . Papá tiene la teoría de que empezar la mañana con música que te hace sentir bien, automáticamente hará que tengas un día maravilloso. Quiero decir, creo que tiene algo de razón y creo en empezar el día con el pie correcto con tanta frecuencia como sea posible, pero a veces sus canciones alegres a la mañana son más chillonas que inspiradoras. Todos en la familia han intentado decírselo en diferentes ocasiones, pero desestima las críticas. Creo que puede que ya tenga lista la lista de reproducción para este verano.

Ellie –con cuatro años y llena de Grandes Emociones– está gritando por encima de la música sobre quién sabe qué. Hay días en los que siento que la vida de Ellie es solo un gran berrinche. “No, no me daré un baño”. “No, no quiero usar calcetines”. “No, odio esas galletas”. “Ey, Lucy está comiendo mis galletas, no es justooooo”. Escucho un golpe y algo cae por las escaleras seguido por el grito de mamá.

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