1 ...8 9 10 12 13 14 ...24 Me lamo los labios y sacudo los hombros intentando entrar en el estado mental para presentarme. No soy una gran cantante, eso lo sé. Pero lo que me falta en talento innato, lo compenso con presencia en el escenario. Soy Prudence Barnett. No creo en la mediocridad o en intentos desganados y eso incluye hacer mi mejor esfuerzo en cantar en un karaoke en una trampa para turistas tenuemente iluminada en la calle principal. Sonreiré. Jugaré con la multitud. Hasta tal vez baile. Supongo que, si bien mi voz no me hará ganar premios, eso no significa que no pueda divertirme.
Relájate. ¿No, Quint? Veamos cómo te subes al escenario y te relajas.
Los primeros acordes de Instant Karma! estallan en los parlantes. No necesito el monitor con la letra. Sacudo mi cabello y empiezo a cantar.
– ¡El karma instantáneo te alcanzará!
Ari me vitorea para darme ánimos. Le guiño un ojo y puedo sentirme disfrutando la canción. Muevo las caderas. Mi corazón se acelera con tanta adrenalina como nervios. Mis dedos estallan como fuegos artificiales. Manos de jazz. La música suma tensión y planeo hacer mi mejor esfuerzo para canalizar a mi John Lennon interno y la pasión que le ponía a su música. Mi mano libre se estira al cielo y luego cae hacia la multitud, estoy señalándolos.
– ¿Quién te crees que eres? ¿Una superestrella? ¡Tienes razón!
Estoy intentando saludar a Carlos, pero no lo encuentro, y pronto termino señalando a Quint en cambio. Me sorprende encontrarlo observándome con tanta atención. Está sonriendo, pero de manera asombrada, casi perplejo.
Mi pulso se me escapa, vuelvo a concentrarme en Ari, quien está bailando en la cabina y agita sus brazos en el aire.
Tomo el palillo imaginario en mi mano y golpeo el platillo imaginario al mismo tiempo que la batería introduce el estribillo. Me siento casi mareada cuando canto:
– Bueno, todos brillamos, como la luna… y las estrellas… ¡y el sol!
La canción se desdibuja en una melodía familiar y en estrofas queridas. Muevo los hombros y estiro mis dedos hacia el cielo. Canto el final a todo volumen. No me atrevo a volver a mirar a Quint, pero puedo sentir su mirada sobre mí y, a pesar de mi determinación para que su presencia no me ponga nerviosa, estoy nerviosa. Lo que me impulsa todavía más a aparentar estar tranquila . Hubiera sido distinto verlo ignorarme u observarme avergonzado. Pero no. En ese segundo que encontré su mirada, había algo inesperado allí. No creo que fuera solo diversión o sorpresa, aunque creo que definitivamente lo sorprendí. Había algo más que eso. Estaba casi… fascinado.
Estoy pensando de más. Tengo que dejar de pensar y concentrarme en la canción, pero estoy en piloto automático mientras repito la letra y la melodía empieza a desvanecerse…
– Como la luna y las estrellas y el sol...
Cuando termina la canción, improviso una reverencia pronunciada y hago un gesto con mi mano hacia Quint de la misma manera que él se inclinó hacia mí en clase esta mañana.
Y, sin embargo, el grito de aliento de Quint es el más fuerte del bar.
–¡Excelente, Pru!
Siento un calor subir por mi cuello e incendiar mis mejillas. No es vergüenza; se parece más a una ráfaga, a un brillo por su aprobación indeseada y totalmente innecesaria.
Mientras me alejo del micrófono, no puedo evitar echarle un vistazo. Sigo energizada por la canción y visto una sonrisa en mis labios. Me mira y por un momento, solo un momento, pienso: está bien, tal vez sea semi decente. Tal vez hasta podríamos ser amigos. Siempre y cuando no tengamos que volver a trabajar juntos.
Para mi sorpresa, Quint alza su vaso, como si estuviera brindando conmigo. Y eso hace que me dé cuenta de que lo estoy mirando.
El momento se desvanece. La extraña conexión se quiebra. Hago fuerza para despegar mi mirada de él y regreso a mi cabina, donde Ari me aplaude con entusiasmo.
–¡Estuviste genial! –dice y no puedo evitar sentir cierto desconcierto educado–. ¡Todo el lugar estaba fascinado!
Sus palabras me recuerdan a la mirada de Quint durante la canción y me sonrojo todavía más.
–De hecho, lo disfruté más de lo que pensaba.
Alza las manos para chocar los cinco. Todavía estoy a unos metros de distancia, paso por la cabina en la que estaban sentados los universitarios, aunque ya se marcharon.
Me estiro para chocar su mano.
Olvidé la bebida derramada. Mis talones se resbalan. Me quedo sin aliento, muevo mi cuerpo intentando recuperar el equilibrio. Es demasiado tarde. Agito los brazos, mis pies salen disparados del suelo.
Caigo con fuerza.
6 
Prince suena en los parlantes, pero nadie está cantando. Mi cabeza se siente como si hubiera sido golpeada por una camioneta. Las palpitaciones dentro de mi cerebro están en perfecta coordinación con la batería de Raspberry Berret , una canción sobre una mujer que tiene una boina color frambuesa que consiguió en una casa de ropa usada.
Necesito tres intentos para abrir los ojos. Cuando lo logro, me acosan las publicidades neón de tequila y una pantalla reproduciendo uno de esos videos extraños de karaoke de los ochenta que no tiene nada que ver con la canción. Me encojo de dolor y vuelvo a cerrar los ojos. Ari quiere llamar una ambulancia. Carlos también está hablando, seguro y tranquilo, pero no puedo entender qué está diciendo.
–Está bien, Pru –dice otra voz, más grave. Una voz que suena muy parecido a… ¿Quint?
Pero Quint nunca me llamó “Pru”.
Una mano se desliza detrás de mi cabeza. Siento dedos en mi cabello. Mis ojos luchan para volver a abrirse y, esta vez, la luz es menos intensa.
Quint Erickson está arrodillado junto a mí, me observa con una expresión que es extrañamente intensa, en especial con esas cejas oscuras encorvadas sobre su mirada. Es tan diferente de su sonrisa tonta habitual que me genera una dolorosa risa.
–¿Prudence? –parpadea–. ¿Estás bien?
Las palpitaciones en mi cabeza empeoran, dejo de reírme.
–Bien. Estoy bien. Es solo que… esta canción…
Quint mira el monitor como si se hubiera olvidado por completo que había música sonando.
–No tiene sentido –continúo–. Nunca encontré una boina frambuesa en una casa de segunda mano. ¿Tú sí?
Aprieto los dientes por la segunda ola de palpitaciones en la cabeza. Probablemente debería dejar de hablar.
–Podrías tener una conmoción cerebral –Quint está todavía más serio.
–No –gruño–. Tal vez, ay.
Me ayuda a sentarme.
Ari está a mi otro lado. Trish Roxby también está cerca, se muerde una uña. Al lado de ella, hay una camarera con un vaso de agua que seguramente es para mí. Hasta la amiga de Quint, Morgan, abandonó su teléfono al fin y me mira casi como si le importara.
–Estoy bien –digo sin arrastrar las palabras. Por lo menos, creo que no lo hago. Me da confianza y las repito con más énfasis–. Estoy bien .
Ari levanta dos dedos delante de mi rostro.
–¿Cuántos dedos ves?
–Doce –respondo seca mientras la miro con el ceño fruncido. El dolor punzante de mi cabeza empieza a ceder y entonces me doy cuenta de que Quint sigue sosteniéndome, sus dedos están enredados en mi cabello.
Читать дальше