Una sensación de alarma cubre mi cuerpo y empujo su brazo.
–Estoy bien –Quint luce sorprendido, pero no particularmente herido.
–Tu amigo tiene razón –dice Carlos–. Podrías tener una conmoción cerebral. Deberíamos…
–No es mi amigo –lo interrumpo. Es un reflejo. Ya empecé, así que continúo con un dedo en alto–. Además, he visto la manera en que maneja los resultados de laboratorio. Discúlpenme si no tengo mucha confianza en el diagnóstico del doctor Erickson.
–Bueno, suena como ella –dice Ari.
Me estiro para tomar el borde de la mesa y la uso para incorporarme. Apenas me pongo de pie, me siento mareada. Me estabilizo en la mesa y cierro los ojos con fuerza.
Llevo mi mano libre a mi cabeza. Hay un golpe, pero por lo menos no estoy sangrando.
–Prudence –dice Quint, sigue estando demasiado cerca–. Esto podría ser serio.
Giro para mirarlo tan rápido que algunas estrellas aparecen y desaparecen en mi visión e interrumpen mi respuesta apresurada.
–Ah, ¿ ahora decides tomarte algo seriamente? –digo mientras las estrellas empiezan a disiparse.
–¿Por qué me molesto?
Retrocede un paso, desanimado y luego frota su nariz.
–¿ Por qué te molestas? No necesito tu ayuda.
Su expresión se endurece y alza sus manos rindiéndose.
–Claramente.
Pero, en vez de marcharse, se estira para tomar algo detrás de mí. De repente está tan cerca que presiono mi cadera contra la mesa con una ráfaga de pánico. Quint toma la pila de servilletas que esos idiotas rechazaron y se voltea sin prestarme atención, sin siquiera notar mi reacción. Lanza las servilletas sobre la bebida derramada en el suelo y comienza a limpiar. Empuja las húmedas con la punta de sus tenis.
–¿Pru? –Ari toca mi codo–. En serio, ¿deberíamos llamar a una ambulancia? O podría llevarte al hospital.
–Por favor, no –suspiro–. No estoy desbarajustada o algo así. Me duele un poquito la cabeza, pero eso es todo. Solo necesito un paracetamol.
–Si puede utilizar palabras como “desbarajustada” correctamente, es probable que esté bien –dice Trish y puedo notar que está tratando de colaborar–. Tienes sed, ¿cariño?
Extiende el vaso de agua hacia mí, pero sacudo la cabeza.
–No, gracias, pero creo que iré a casa. –Giro hacia Ari–. Mi bicicleta está afuera, pero…
–Te llevaré en el auto –replica sin dejarme terminar. Se hunde en nuestra cabina y toma nuestras cosas.
–Gracias –murmuro. Siento que debería decir algo, hacer algo. Carlos y Trish, Quint y Morgan siguen todos allí, observándome. Bueno, Quint está lanzando las servilletas húmedas en un cesto de basura y evita mirarme a los ojos, pero los demás tienen la mirada clavada en mí, expectantes. ¿Se supone que debo abrazarlos o algo?
Carlos me salva, apoya una mano sobre mi hombro.
–¿Me llamarías mañana o pasarías por el restaurante después de la escuela o algo? Quiero saber que estás bien, ¿sí?
–Sí, por supuesto –digo–. Mmm… el karaoke… –miro a Trish detrás de él–, de hecho, es una buena idea. Espero que lo sigan haciendo.
–Todos los martes a las seis –replica Trish–. Por lo menos, ese es el plan.
Sigo a Ari hacia la puerta trasera. Hago un esfuerzo consciente para no mirar a Quint, pero siento su presencia allí de todos modos. El retorcijón en mi estómago se siente culpable. Solo estaba intentando ayudarme, probablemente no debería haberle respondido así.
Pero tuvo todo el año para ayudar; es demasiado tarde.
Ari empuja la puerta y estamos en el estacionamiento con suelo de grava detrás de Encanto. El sol acaba de ponerse y el océano trae una brisa refrescante, llena de sal y familiaridad. Me siento revivida instantáneamente, a pesar del dolor en mi cabeza.
Ari conduce un auto celeste turquesa de los sesenta; un auto bestial que sus padres le regalaron para su cumpleaños número dieciséis. Intenta no darle mucha importancia, pero su familia tiene dinero. Su mamá es una de las agentes inmobiliarias más exitosas del país y ha hecho una pequeña fortuna vendiéndoles casas de vacaciones elegantes a personas muy adineradas. Así que cuando Ari se enamora de algo completamente impráctico como un auto vintage, no es una gran sorpresa que uno aparezca en su garaje. Lo que podría ser suficiente para que algunos adolescentes se crean mejor que los demás, pero su abuela, que vive con ellos, parece tener bien controlado ese aspecto. Sería la primera persona en bajar a Ari del pedestal si alguna vez se comportara como una malcriada, aunque no creo que haya motivo de preocupación con Ari. Básicamente es la persona más amable y generosa que conozco.
Intento ayudar a Ari a cargar mi bicicleta en la parte trasera de su auto, pero me urge a que entre en el auto y me quede tranquila. El dolor de cabeza volvió a empeorar, así que no discuto. Me dejo caer en el asiento del copiloto y me reclino contra el respaldo.
A veces pienso que Ari intenta vivir su vida intencionalmente como si estuviera en un documental de época. Viste casi todas prendas vintage, como el jardinero amarillo-mostaza que tiene ahora, conduce un auto vintage y hasta toca una guitarra vintage. Aunque conoce mucha más música contemporánea que yo, su verdadera pasión son los cantautores en auge de los setenta.
Una vez que aseguró mi bicicleta, Ari ocupa el asiento del conductor. Abrocho mi cinturón de seguridad mientras mi amiga realiza con cuidado el procedimiento orquestado de revisar sus espejos, aunque no es posible que se hubieran movido desde que estacionó hace unas horas.
Todavía está acostumbrándose a conducir con cambios, y solo ahoga el motor una vez antes de entrar en la autopista principal. Es una gran mejora desde que recibió el auto por primera vez y apagaba el motor unas cincuenta veces seguidas antes de poder avanzar.
–¿Segura de que estás bien? ¿Podría llevarte al hospital? ¿Llamar a tus padres o a Jude?
–No, solo quiero ir a casa.
–Estaba tan preocupada, Pru. –Se muerde el labio–. Te desmayaste de verdad.
–Solo por un segundo, ¿no?
–Sí, pero…
Apoyo mi mano sobre la de ella y digo con seriedad:
–Estoy bien, lo prometo.
Su rostro cede antes que sus palabras. Después de un segundo, asiente. Suspiro y miro por la ventana. Pasamos por tiendas de helados y boutiques que son tan familiares como mi propia habitación. No me había dado cuenta de que era tan tarde. El sol acaba de caer detrás del horizonte y la calle principal es como el set de una película. Las palmeras están rodeadas de pequeñas luces blancas, los negocios pintados de colores pastel brillan bajo los anticuados faroles de la calle. En una semana, este pueblo estará repleto de turistas de vacaciones que traerán algo parecido a una vida nocturna con ellos. Pero, por ahora, la calle se siente casi abandonada.
Salimos del centro hacia los suburbios. Las primeras calles tienen mansiones; la mayoría son segundos hogares para las personas que casi pueden pagar propiedades con vistas a la playa. Pero pronto atravesamos un vecindario común. Una mezcolanza de estilo misión y colonial francés. Techos de tejas, paredes de estuco, ventanas pintadas vivazmente y canteros rebalsados de petunias y geranios.
–No te enojes –dice Ari e inmediatamente me molesta la predicción de que me enojaré–, pero creo que Quint parecía un buen chico.
Me relajo, me doy cuenta de que, por algún motivo, estaba esperando un insulto. Pero Ari es demasiado dulce para criticar a alguien. Incluso, evidentemente, a Quint Erickson.
– Todos –resoplo– creen que Quint es un buen chico hasta que tienen que trabajar con él. –Hago una pausa y pienso–. No es una mala persona. No es un idiota o un bravucón ni nada como eso. Pero es solo tan… tan…
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