Paulino Cuartero 13tiene razón.
–¿Con irme qué ganaría la pobrecita?
–Pero tú...
–Yo, olvídalo.
–Por lo menos estarías vivo.
–No sé hacer nada.
–A nadie le faltará un trozo de pan en Francia, en Argelia, en América. 14
–¿Qué se me ha perdido a mí en Santa Elena?
–No eres Napoleón. Lo sientes: pero no lo eres.
–Estoy ya medio muerto.
–Es decir, medio vivo. Vivo.
–Emigrado, ¿a mi edad?
–No lloriquees. Tienes, o mejor dicho aún no tienes cincuenta años. Te quedan muchos por delante. Y emigrados hay cientos de miles de españoles.
–El problema no soy yo, sino Claudia.
Algo he adelantado, piensa Cuartero. Remacha:
–No seremos emigrantes sino desterrados.
–Es lo mismo. (Miente.) 15
–Como quieras, no vamos a discutir. ¿Cómo me voy?
–Conmigo.
–¿A dónde?
–A Alicante.
La seguridad de su amigo hace mella en el chamarilero. Por unos momentos no piensa en su hija sino en su negocio al que, quieras que no, se ha acostumbrado. Y en sus libros. Su incómoda comodidad. Vuelve atrás:
–¿Y querrá la Concha cargar con la niña?
–Eso, tú sabrás.
–¡Qué ha de querer! No conoces a la gente. ¿Por qué ha de cargar con la niña? ¿Y el negocio?
–No faltará postor.
–Es fácil de decir.
–¿No tienes a nadie?
–No. A Marcelo, un muchacho que a última hora me ayudaba, lo mataron... en Brunete. 16
–Algún vecino, algún competidor.
–Todos son...
El gesto despectivo de Juan Valcárcel dibuja, mejor que nada, su agrio concepto de la vida.
–Ciérralo.
–¿Y de qué vivirá la niña?
–Lo primero que tienes que hacer es hablar con quien la cuida.
–No va a querer.
–Tú, como siempre, pesimista de oficio. Pero hazlo en seguida.
–¿Cuándo te vas?
–Cuando hable con el Gobernador, paso por ti.
–Será inútil.
–A ver.
Don Juanito no ha pensado nunca en separarse de su hija; jamás de su negocio. No por nada sino porque así es su vida. Irse, enfrentarse con algo nuevo le parece disparatado. No porque tenga ninguna ilusión. Vive porque sí. Leer, lo único que le distrae, siempre podrá hacerlo, en cualquier parte, y discutir acerca de la revolución, de la francesa, claro está, supone que también. Por eso la cárcel no le asusta. Morir tampoco: si hay nada después, ¿para qué preocuparse? Y si no, no dejará de haber bibliotecas en el Limbo, que es donde, hace tiempo, ha decidido que deben enviarle si hay justicia. Si no la hay, tanto monta.
Entraba Concha.
–Óigame.
–Usted dirá.
–Es posible que me marche.
–¿Usted también?
–Ah, ¿pero es que se va?
–¿Yo? No. (Asunción.)
–Usted, ¿se quedaría cuidando a la niña?
–Claro.
–¿Y con el negocio?
–¿Qué sé yo de eso?
–No es difícil. Podría buscar a alguien que la ayudase.
–Como usted diga.
Juan Valcárcel se queda estupefacto.
–Y perdone, pero es hora de que la niña tome algo, ¡con lo que me ha costado encontrar un puñado de arroz!
La mole sube la escalera, haciéndola rechinar, como siempre, en el tercer escalón. 17Suena la campanilla de la puerta de la tienda; entra un mocito, de luto, sin dejar tiempo a Paulino Cuartero para rematar su triunfo.
–¿El señor Valcárcel?
–¿Qué quieres?
–Vengo de La Mastaba .
La Mastaba , una funeraria de la calle de Colón. 18
–¿Quién se ha muerto?
–Dicen que su mujer.
Es más la sorpresa que el dolor. Hace ocho años que Ángeles está recluida en el Manicomio Provincial. 19Fue a verla hace quince días; la encontró como siempre: flaca, ida, callada, sin conocer a nadie. Perdida. Ahora había muerto.
–¿Cómo no me han avisado antes?
–No lo sé.
–¿A qué hora es el entierro?
–A las cuatro.
–Lo siento –dice Cuartero–; si no tienes inconveniente, te acompaño.
Se habían vuelto a hacer amigos por medio de Ambrosio Villegas. Solían reunirse todos los días en el Museo. 20Sin nada que hacer, Paulino había ido a la tienda de Valcárcel para ver –de paso– una colección de obras teatrales sueltas, del XVII, que el baratillero había conseguido. 21Le convenía, de hecho se las regalaba. Pero ¿qué hacer –ahora– con ese bulto?
La familia es un animal extraño –negro, informe, con mil patas– que solo sale a la superficie con la muerte de uno de sus miembros. Y aun así no se la ve nunca entera. Los santos no se celebran con la misma unanimidad –y menos ahora–; los nacimientos pasan inadvertidos; a las bodas faltan los enfadados con este o con aquel –a más de ser dos las familias–. Solo la muerte de una de sus partes es capaz de reunirlas: se quedan todos mirándose con extrañeza y asombro.
–¿Este es este?
–¿Este es aquel?
Velas, mantos, abrigos, café, coñac, flores, coronas, callados chismorreos.
–¿Quién es este?
–¿Quién es aquel?
–No nos vemos nunca.
–¡Cómo ha crecido!
–¡Cómo ha envejecido!
Teatro del siglo XIX. Ya nadie se quiere. Solo en los pueblos, y aún...
Van por la calle de Lauria. 22
–Tú no la conociste, ¿verdad?
–No.
–Tu hermano, sí.
De cómo Fernando Cuartero, vallisoletano, como Paulino, había venido a parar a Valencia hacía cerca de veinte años, tras una segunda tiple, era una historia de la que solo se acordaba Pilar, de cuando en cuando, para ejemplo de liviandades masculinas. Pilar, en París, Rosario, hecha pedazos, en Barcelona. Y ahora él, en Valencia. ¡Señor!
–¿Ya no haces teatro?
–¿Te parece poco este que vivimos?
Una comedia o un drama: todo él en un velorio. No es mala idea: redondearla estos días en que no tiene nada que hacer.
Los pésames. El ataúd. Las velas. Indudablemente le habían cortado la cabeza. Era una equivocación. Ahora bien, en estos tiempos absurdos y revueltos no había por qué armar un escándalo. Pero ¿por qué la habían guillotinado? Siempre había sido más bien reaccionaria. Sí, por girondina...
A Juanito Valcárcel lo que le importa, ante todo, es la Revolución Francesa. Ha leído todos los libros que han caído en sus manos acerca del asunto; no han sido pocos en los cuarenta años que lleva de leer por lo menos tres o cuatro horas al día. 23
–Te vas a volver ciego.
–No sé para qué te sirve tanto destrozarte los ojos.
–¡Qué ganas de perder el tiempo!
–¿No tienes otra cosa que hacer?
¿Quién no se lo había dicho en casa? Los padres, la mujer. Se alzaba de hombros, teóricamente, que, de hecho, a lo sumo, no hacía sino levantar los ojos o quitarse las gafas para ponérselas otra vez y continuar leyendo los avatares de la Convención, los discursos de Desmoulins, las proclamas de Saint-Just. 24A fuerza de leer historias enfocadas favorablemente a unos u otros no tuvo –por lo menos hasta 1936– posición en favor de nadie. Lo que le entusiasmaba era la Revolución Francesa, en bloque.
Lo mismo le sucede con su insania. Sabe muy bien que la seguridad de su locura demuestra lo contrario; le consta –¿por qué?– que el que piensa –o sabe– está loco y no lo está. La prueba es que no delira ni desatina ni disparata. Tasa. Pero, cosa extraña, saber es muy distinto que estar seguro. Y está seguro de haber perdido la razón sin haber perdido la de vivir. Sucedió y está archivado el año 1928. Exactamente el 28 de octubre, precisamente porque no recuerda a consecuencia de qué lectura. Eso es aparte. La Revolución Francesa –y algo de Garibaldi– es una cadena de oro que le une al pasado y le deja franca la salida a su laberinto sin saber exactamente a qué atenerse. Ahora bien, si se pone a pensar en serio –cuando se queda solo– que no es muchas veces porque se duerme entonces rápidamente, sabe cuántos dedos tiene en una mano, y aun en dos. Lo que no acaba de comprender es por qué Ángeles perdió la chaveta. Los médicos, tampoco; lo que no le extraña, nunca les tuvo en mucho.
Читать дальше