En esa época, su madre, Louise, cuidaba a bebés en su propia casa. O más bien, en casa de Jacques, como se obstinaba este en corregir. Por la mañana, las madres le dejaban a sus hijos. Stéphanie recuerda a aquellas mujeres, apresuradas y tristes, que al salir pegaban la oreja a la puerta. Louise le había enseñado a oír sus pasos angustiados en el corredor del rellano. Algunas volvían a su trabajo enseguida, después del parto, y depositaban a sus minúsculos bebés en los brazos de Louise. También le entregaban en unas bolsas opacas la leche que se habían extraído de los senos durante la noche y que ella guardaba en la nevera. Stéphanie recuerda los botecitos ordenados en las baldas con los nombres de cada niño. Una noche se levantó y abrió uno que llevaba el nombre de Jules, un bebé de mejillas coloradas que la había arañado con sus uñas puntiagudas. Se lo bebió de un trago. Nunca olvidó el sabor a melón podrido, agrio, que se le quedó en la boca durante varios días.
Los sábados por la noche solía acompañar a su madre, que hacía de canguro en unas casas que a Stéphanie le parecían inmensas. Aquellas señoras, bellas e importantes, dejaban en las mejillas de sus hijos una huella de carmín, mientras salían por el pasillo. A los maridos no les gustaba esperar en el salón, molestos por la presencia de Louise y Stéphanie. Daban zancadas de un lado a otro, con una sonrisa estúpida en los labios. Reprendían a sus esposas mientras las ayudaban a ponerse el abrigo. Antes de salir, la mujer se agachaba, haciendo equilibrios sobre sus finos tacones, y secaba las lágrimas de las mejillas de su hijo. «No llores más, cariño. Louise te va a contar un cuento y te va a mimar, ¿verdad que sí, Louise?» Louise asentía. Retenía enérgicamente al niño que se resistía, gritaba, reclamando a su madre. Había veces en que Stéphanie los odiaba. No aguantaba que pegaran a Louise, que se dirigieran a ella como pequeños tiranos.
Mientras Louise acostaba a los pequeños, Stéphanie registraba en los cajones, en las cajitas de adorno. Sacaba los álbumes de fotos, ocultos en las mesas bajas. Louise se ponía a limpiar. Lavaba los cacharros, pasaba un trapo por la encimera de la cocina. Doblaba la ropa que la señora había descartado para salir esa noche y dejado en desorden sobre la cama. «No te pagan para lavar los cacharros —le decía Stéphanie—. Ven a sentarte conmigo.» Pero a Louise le encantaba. Le encantaba ver el rostro feliz de los padres que al regresar observaban que, además de hacer de canguro, les limpiaba la casa gratuitamente.
Los Rouvier, para los que trabajó durante varios años, las llevaron una vez con ellos a su casa de campo. Louise trabajaba y Stéphanie estaba de vacaciones. Pero ella no había ido allí, como los niños de los dueños, a tomar el sol y a atiborrarse de fruta. No había ido allí para incumplir las reglas, acostarse tarde y aprender a montar en bici. Si Stéphanie estaba allí era porque nadie sabía qué hacer con ella. Su madre le decía que se mostrase discreta, que jugara en silencio. Que no diera la impresión de que se estaba aprovechando. «Por mucho que digan que en cierto modo estas son también nuestras vacaciones, no les gustará que te diviertas demasiado.» En la mesa, se sentaba al lado de su madre, lejos de los señores de la casa y de sus invitados. Recuerda que la gente hablaba, no paraba de hablar. Su madre y ella bajaban la vista y comían en silencio.
A los Rouvier les costaba aceptar la presencia de la niña. Les molestaba, era un malestar casi físico. Sentían una vergonzante antipatía hacia aquella niña torpe, morena, de rostro sin expresión y con aquel bañador descolorido. Cuando se sentaba en el salón, junto al pequeño Hector y a Tancrède, para ver la televisión, los padres no podían evitar sentirse incómodos. Siempre acababan pidiéndole algún recado —«Stéphanie, rica, ve a por mis gafas, que me he dejado en la entrada»— o le decían que su madre la esperaba en la cocina. Por fortuna, Louise prohibía a su hija acercarse a la piscina, sin necesidad de que los Rouvier intervinieran.
La víspera del día en que acababan las vacaciones, Hector y Tancrède invitaron a unos amiguitos vecinos a jugar con el trampolín recién estrenado. Stéphanie, que les llevaba muy poco, hacía unas piruetas impresionantes. Saltos mortales, acrobacias que suscitaban gritos entusiastas de los demás niños. Madame Rouvier no tuvo más remedio que pedir a Stéphanie que se bajara para dejar jugar a los demás. Se acercó al marido y con una voz compasiva le dijo: «Mejor es que no le propongamos más que venga. Tiene que ser muy duro para ella. Le debe de entristecer ver todo lo que no está a su alcance». El marido sonrió, aliviado.
Myriam lleva esperando toda la semana que llegue este día. Abre la puerta de su casa. El bolso de Louise está sobre un sillón del salón. Oye unas voces infantiles cantando. Una ratita verde, unos barquitos que navegan sobre el agua, y algo que gira, algo que flota. Entra de puntillas. Louise está arrodillada en el suelo, inclinada sobre la bañera. Mila moja el cuerpo de su muñeca pelirroja en el agua y Adam aplaude con sus manitas mientras canturrea. Con delicadeza, Louise retira montoncitos de espuma y los posa en la cabeza de los niños. Se ríen de esos sombreros que vuelan cuando ella sopla.
Mientras regresaba a casa en el metro, estaba impaciente como una enamorada. No ha visto a sus hijos en toda la semana, y hoy se ha prometido a sí misma que se dedicará por entero a ellos. Se meterán juntos en su cama. Les hará cosquillas, los besará, los apretará contra ella hasta que se mareen y protesten, agobiados por sus abrazos.
Escondida detrás de la puerta del cuarto de baño, los observa e inspira hondo. Siente una necesidad apremiante de alimentarse de la piel de sus niños, de besar sus manitas, de oírles decir «mamá» con sus voces agudas. De golpe se siente sentimental. Es la consecuencia de ser madre. A veces se vuelve un poco boba. Ve en hechos corrientes algo excepcional. Se emociona por nada.
Esta semana ha estado llegando tarde a casa a diario. Los niños ya dormían, y, al marcharse Louise, en alguna ocasión se ha tendido junto a Mila, en su camita, para respirar el olor delicioso del pelo de su hija, un olor químico a caramelo de fresa. Esta noche les permitirá lo que habitualmente les prohíbe. Comerán debajo del edredón unos sándwiches untados con una pasta de mantequilla salada y chocolate. Verán una película de dibujos animados y se acostarán tarde, acurrucados todos juntos en su cama. Por la noche, le darán patadas en la cara, dormirá mal por temor a que Adam se caiga.
Los niños salen del agua y corren a lanzarse, desnudos, a los brazos de su madre. Louise se pone a ordenar el cuarto de baño. Limpia la bañera con un estropajo, y Myriam le dice: «No hace falta, no se moleste. Es tarde. Márchese a casa. Ha debido de ser un día muy duro». Louise finge que no la oye y, agachada, sigue frotando los bordes de la bañera y ordenando los juguetes que los niños han dejado tirados.
Dobla las toallas. Vacía la lavadora y destapa la cama de los niños. Deja el estropajo en un armario de la cocina, saca una olla y la pone en el fuego. Impotente, Myriam la observa moverse de un lado para otro. Intenta convencerla. «No se preocupe, lo haré yo.» Intenta quitarle la olla de las manos, pero Louise la sujeta con fuerza. Con delicadeza, aparta a Myriam. «Usted tiene que descansar —le dice—. Estará agotada. Aproveche para disfrutar de sus hijos, voy a prepararles la cena. Ni siquiera me verá.»
Y es verdad. A medida que pasan las semanas, se esmera en convertirse a la vez en invisible e indispensable. Myriam ya no la avisa si se va a retrasar en el despacho y Mila ha dejado de preguntar cuándo llegará mamá. Louise está ahí, sosteniendo ella sola este frágil edificio. Myriam acepta esa sobreprotección. Cada vez se desentiende de más tareas, se las encomienda a una Louise agradecida. Es como esas siluetas que en el teatro, a oscuras, cambian el decorado del escenario. Levantan un diván, corren con la mano una columna, un tabique de cartón. Louise se mueve entre bambalinas, discreta y poderosa. Maneja los hilos sin los que la magia no existe. Es Visnú, la divinidad nutricia, celosa y protectora. Es la loba a cuyos pechos ellos acuden a beber, la fuente infalible de la felicidad del hogar.
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