Tras el texto-propuesta de las autoras de Girona nos sumergimos en las observaciones de la profesora Veronica Sekules, de la Universidad de East Anglia, un auténtico referente en el panorama europeo de los trabajos que Unesco está llevando a cabo para desarrollar nuevas alternativas que vinculen a maestros, museos y escuelas. El texto de Sekules (originalmente en inglés «Good and bad behaviour: education and contemporary art in the art museum») aborda de lleno la cuestión de las interpretaciones de los objetos del museo, teniendo en cuenta los diferentes contextos culturales. La complejidad y el potencial de indagación que conllevan dichas interpretaciones son analizadas por Sekules desde la vertiente de las posibilidades que generan los valores compartidos en función de las comunidades. Con referencias a Hooper-Greenhill o Pierre Bourdieu, y refiriéndose a aspectos concretos de la realidad británica, Sekules procede a la valoración del espacio interpretativo que propone el arte actual, uno de los factores más controvertidos en las visitas a museos. La explotación de potenciales como la sorpresa o el desconcierto pueden implicar elementos muy gratificantes para el educador y su alumnado, y también para el público en general.
También el texto de Gloria Picazo nos anima a participar en las propuestas del arte más actual. La directora del Centre d’Art la Panera (de Lleida) nos introduce en el impresionante programa educativo que está llevando a cabo desde este centro, que ha dinamizado de forma extraordinaria el panorama educativo en su territorio, llevando a cabo actividades para públicos escolares que van desde las escuelas infantiles (todas las escuelas infantiles de la ciudad de Lleida participan de sus proyectos) hasta el alumnado universitario, pasando por todas las etapas (primaria, secundaria, bachillerato). El esfuerzo del equipo pedagógico de la Panera es una muestra de las posibilidades que genera el arte (en este caso el arte más actual, así como los artistas más complejos), teniendo muy en cuenta la realidad social del entorno de la Panera. La participación de colectivos que en ocasiones han sido olvidados por los museos (grupos de mujeres, grupos de mayores, grupos de etnia gitana, etc.) convierten esta experiencia en un auténtico laboratorio de experiencias, cuyos resultados se ven compensados por la intensa labor pedagógica que se aporta desde el siempre complejo arte contemporáneo. La mirada introspectiva y la observación de los engranajes sociales son una fuente de inspiración del equipo de la Panera.
Los hilos y la costura, tan afines a las interpretaciones de rango feminista, sirven a Roser Calaf y Olaia Fontal para tejer una serie de interpretaciones y propuestas del patrimonio que van más allá de la conceptualización clásica del término. Como anécdota, pero también corroborando los planos de actuación en los que se urde el presente libro, hemos detectado que la presencia de mujeres en el panorama de la educación artística es patente: once mujeres son las autoras de los textos de Espacios estimulantes, y con ellas tres hombres. Un factor a tener muy en cuenta en este siglo que vivimos, sobre el cual ya apuntábamos hace tiempo que sería el de las ideas de las mujeres (el inmenso colectivo que con más fuerza puede aportar estrategias novedosas para repensar los actuales vínculos entre el individuo y su entorno). Fontal y Calaf introducen metáforas, defienden las interpretaciones plurales y las zonas de tránsito, el patrimonio como hilo de la memoria y la apropiación simbólica de los patrimonios. La aguja sería aquí la educación, y la didáctica el hilo con el cual poder coser dichas telas. Es en esta línea que las autoras defienden el modelo que denominan EACEP: la educación artística como educación patrimonial. De este modo la educación patrimonial se podría entender como un nexo que conectaría el patrimonio con sus legatarios. Al final de su artículo Fontal y Calaf nos ofrecen un conjunto de claves didácticas para generar una asociación entre educación patrimonial y educación artística.
Director del Museo de Arqueología de Alicante (MARQ), centro premiado como mejor museo europeo en 2004 por Unesco, y actualmente director del Museo Nacional de Arqueología Marítima y Centro Nacional de Investigaciones Arqueológicas Submarinas de Cartagena, Rafael Azuar (que en el congreso representó a ICOM España como vicepresidente de dicha entidad) nos ayuda a conocer a través de su texto la realidad de los museos y del patrimonio musealizable valenciano. Con un estudio detallado del territorio y de las actuaciones administrativas, Azuar delimita los factores que influyen en la realidad museística del territorio valenciano. A partir de interesantes contrastes verificados al comparar los equipamientos destinados al arte del conjunto de los museos valencianos con las cifras publicadas a nivel nacional por el Ministerio de Cultura, Azuar establece indicadores cuantitativos y cualitativos que van más allá del mero gesto administrativo. Un texto muy clarificador en lo referido al papel que pueden y deben jugar las instancias administrativas en el conjunto de las actuaciones culturales. Una reflexión muy contrastada, con datos que nos ayudan a entender aspectos como las dicotomías (centros públicos y privados, arte sacro o no religioso, grandes equipamientos frente a museos muy modestos, espacios urbanos versus zonas rurales) y también nos sitúa en un territorio muy práctico, ámbito muy a tener en cuenta cuando hablamos de presupuestos que pueden posibilitar programas educativos de largo alcance.
El capítulo firmado por Dolores Álvarez (Universidad de Granada) defiende un programa que la autora define en función del museo como comunidad de aprendizaje. En primer lugar se trataría de dibujar el modelo de museo que tiene entre sus prioridades el servicio público y, como consecuencia, la construcción del carácter educativo. La idea es ir más allá de usar el museo como recurso para el aprendizaje: que el mismo museo se conciba en su esencia como educativo. En segundo lugar, habría que clarificar de qué tipo de educación se trata, ¿que modelo educativo es necesario implementar en el museo para el aprendizaje?: un modelo no transmisor, sino creador, un modelo que tenga en cuenta la diversidad y la pluralidad de culturas, abierto también al aprendizaje y el intercambio; un modelo inclusivo. Una comunidad de aprendizaje se conceptualiza como un proyecto de incidencia en la sociedad y en la cultura de un entorno local determinado que se genera desde un centro educativo para la inclusión de todas las personas y su entorno. Por último, ¿qué modelo de educación artística en el museo?. Se trataría de un aprendizaje artístico basado en la acción educativa. ¿Cómo desarrollar el aprendizaje artístico en el museo?. El museo no sólo es emisor sino receptor. Su público no sólo es receptor sino emisor de conocimiento artístico. Tras un importante aparataje teórico que estructura la propuesta, la autora defiende el espacio museístico como entidad de competencias compartidas entre públicos y actividad generada. Si la construcción social y cultural del conocimiento está en la base teórica de la comunidad de aprendizaje, la idea sería crear las condiciones para la generación de saberes con procesos estimulantes y significativos, vinculando las experiencias, potenciando las relaciones significativas, los valores comunes para generar conocimiento, capacidades y actitudes, o sea, competencias que nos permitan estructurar formas de vida más solidarias y responsables. Tal y como afirma la autora, las prioridades tradicionales en el museo no tienen por qué perpetuarse, y están dejando de tener sentido en el mundo postindustrial, generador del pensamiento crítico de carácter postmoderno. Cuando se cuestiona la construcción de los saberes por considerarlos construidos sobre concepciones, cuando menos equívocas, de «poder-estar» e incluso «ser». El museo no puede, y no debe, ser ajeno a estas cuestiones y una de sus primeras tareas es replantearse su estatus y su discurso, deja de tener sentido como templo y empieza a tomarlo en tanto que comunidad.
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