Òscar Vilarroya Oliver - Palabra de robot

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En los últimos años los robots han experimentado los avances más espectaculares de su historia, en especial en el campo de la comunicación. Gracias, entre otras, a las aportaciones del lingüista y experto en robótica belga Luc Steeis, los robots han adquirido la capacidad para comunicarse eficazmente con los humanos, así como para crear un lenguaje propio que les sirve para dialogar con sus semejantes robóticos. Estos avances en el campo de la inteligencia artificial están sirviendo incluso para responder a algunos de los enigmas del lenguaje humano: ¿cómo aprendemos a hablar?, ¿a qué corresponde el significado de las palabras?, ¿qué relación existe entre el lenguaje y nuestras capacidades cognitivas?, ¿qué importancia tiene la comunicación en el significado de las palabras? Palabra de robot viaja por e tiempo y en el espacio de la investigación científica, en un itinerario fascinante que nos descubre lo que sabemos sobre el funcionamiento del cerebro humano en lo que respecta al lenguaje.

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El tercer conferenciante, el psicólogo Karl Lashley, advierte que esta semejanza es inexacta, ya que el ordenador es una máquina digital y el cerebro es analógico. Su disertación central se titula «El problema del orden serial en la conducta», y es un ejemplo de giro copernicano dentro de la concepción de la actividad cerebral porque consigue que con su exposición se cierre una tradición secular. Con argumentos claros y sencillos, y ejemplos radicales, vacía de valor teórico la corriente psicológica de moda en esos tiempos, el conductismo, y propone los aspectos centrales a los que se dedicaría la nueva ciencia de la conducta.

El segundo conferenciante, uno de los primeros teóricos computacionales, Warren McCulloch, propone una hipótesis sobre cómo el cerebro procesa la información estableciendo un paralelismo entre lo que él denomina aparatos lógicos. A partir de las ideas expuestas en un artículo que publicó con Walter H. Pitts en 1943, presentó la prueba de que una red construida por elementos que obedeciesen a una simple regla de activación con un límite y produjesen una señal binaria de salida podía, en teoría, computar cualquier tipo de función.

Las diferencias entre los modelos de von Neumann y McCulloch, abismales a pesar de exponer enunciados cercanos, sobre todo en contraposición con Lashley, han impactado no sólo en la evolución posterior de las ciencias computacionales y neurobiológicas, sino incluso en la epistemología y la filosofía de la mente de los últimos cincuenta años. Sin embargo, el origen de sus diferencias comenzó mucho antes.

LOS ORÍGENES

Se dice que fue en la Grecia clásica donde nació la tradición de reproducir el razonamiento. Entre otros, Anaxágoras de Clazomenes, el filósofo presocrático, maestro de Eurípides y Pericles, que vivió aproximadamente entre el 500 y el 428 a. C., introdujo el concepto de mente tal como lo entendemos hoy en día. Otros intentaron reproducir algunas de sus habilidades –el mecanismo de Antiquitera (aproximadamente el 80 a. C.) intentó modelar los movimientos de los cuerpos pesados–, aunque de una manera muy rudimentaria.

Fue también entonces cuando se empezó a sospechar que el sistema nervioso tenía algún papel en la actividad mental: Alcmeón de Crotona (aproxidamente el 500 a. C.) localizó los procesos mentales en el cerebro. Sin embargo, otros distinguidos pensadores todavía dudaban de esta hipótesis. Aristóteles propuso, por ejemplo, que el cerebro servía para refrescar la sangre, mientras que otros, como Platón, defendieron la doctrina que entendía la mente como una entidad no material separada del cuerpo humano.

La esencia de las diferencias entre Alcmeón y Platón originó una tradición filosófica occidental representada por diferentes corrientes que fueron perfiladas sobre todo a partir de Descartes y que adoptaron una de las dos versiones de signo contrario del mismo principio, oposición que subsiste con extrema vitalidad en nuestros días: unos están convencidos de que el cerebro, la biología, es imprescindible para entender las capacidades mentales y, en consecuencia, basan su estudio en una estrategia que considera el conocimiento de los fenómenos neurobiológicos como una condición necesaria, aunque no suficiente, para entender los fenómenos mentales; los otros afirman que los fenómenos cerebrales son irrelevantes para la comprensión de los fenómenos mentales, ya que pertenecen a un nivel de análisis y reproducción independiente.

LA CRISTALIZACIÓN

Las dos posiciones, la que podríamos denominar opción formalista y la que, a partir de ahora, llamaremos opción arraigada, llegaron a la madurez a mediados del siglo XX gracias a ciertos instrumentos teóricos, de tal manera que se dieron las condiciones para que estos principios configurasen las bases de una ciencia moderna de la cognición.

Por un lado, el instrumento que permitió el inicio de la disección formalista de la conducta inteligente procede de los trabajos en matemática computacional. Los precursores más significativos son Boole, que impulsó definitivamente la lógica simbólica moderna, y Whitehead y Russell, que configuraron en su obra Principia Mathematica la demostración de que las matemáticas se basan en las leyes fundamentales de la lógica.

Estas ideas permitieron el advenimiento, durante los años treinta y cuarenta, de la matemática computacional, de la cual Alan Turing es el representante más significativo. Genio matemático y hombre infeliz, la sociedad de su época se aprovechó de sus ideas que, una vez aplicadas, han revolucionado la sociedad contemporánea, y después lo relegó a la marginación moral y social por su condición de homosexual. Turing publicó hacia mediados de los años treinta (Turing, 1936, 1950) la prueba que permitió concebir la existencia de una máquina sencilla que podía llevar a cabo cualquier tipo de cálculo o programa codificado en un sistema binario. Eso supuso la primera noción de lo que ahora llamamos ordenador, aunque se nos haga difícil creer que surgió de la imaginación de un individuo.

Por otro lado, faltaba un elemento esencial para el nacimiento de la formalización artificial de la conducta inteligente: la teoría de la información, las ideas básicas que se deben a Claude Shannon, un brillante ingeniero electrónico. Shannon (1938) probó que las operaciones básicas del pensamiento pueden expresarse simplemente a través de dos estados básicos de los interruptores electromagnéticos –el entrañable bit–, idea clave en la teoría de la información moderna. Por primera vez se podía pensar en la información y, por extensión, en los procesos cognitivos, independientemente de cualquier tipo de materialización.

Con estos antecedentes, la necesidad de conseguir, durante la Segunda Guerra Mundial, la superioridad sobre el enemigo, no solamente en el campo de batalla, sino en cualquier ámbito que tuviera implicación en el rendimiento de un ejército, como la información, transformó la voluntad de construir una máquina que reprodujera con más rapidez y más fiabilidad que un ser humano las funciones de cálculo y análisis en un proyecto de guerra. Von Neumann, que introdujo más tarde la idea de programa almacenado; Turing, que logró construir una máquina descifradora; Norbert Wiener, padre de la cibernética al desarrollar prototipos de ordenadores que controlaran las máquinas de guerra, son algunos de los responsables de estos logros.

Sin embargo, las máquinas pensantes requirieron algún tiempo para que los materiales y la teoría las convirtiese en máquinas rápidas y fiables. De hecho, el inicio de la Guerra Fría permitió una avalancha de inversiones gubernamentales para la investigación en estos campos; también permitió dar el siguiente gran paso: conformar la idea de guardar un programa en lugar de guardar solamente información en la memoria del ordenador.

Además de esto, la posición arraigada fracasó en la pretensión de convertirse en el principio de las ciencias cognitivas y se ocultó, más como una intuición que como un principio, detrás del trabajo empírico de la neurociencia. La causa fue la falta de trabajo teórico que favoreció la posición formalista, que se tradujo en un fracaso estrepitoso en las aplicaciones prácticas, como las primeras redes neuronales (Minsky y Papert, 1968).

La posición formalista triunfó, entonces, en la configuración de las ciencias que se propusieron la reproducción de la conducta inteligente y el estudio de los procesos psíquicos y sociales, en lo que hoy en día se conoce como ciencia cognitiva: la inteligencia artificial, con sus hijas: la cibernética y la biónica; la psicología, separada finalmente del conductismo y el psicoanálisis; la lingüística, que desistió de estudiar la lengua como un objeto independiente del ser humano; y la antropología, que se negó a continuar siendo una ciencia folclórica.

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