Adolf Tobeña Pallarés - Mártires mortíferos

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¿Por qué hay gente que se inmola en público con la intención de causar el mayor número de muertos posible? ¿Qué mecanismos se activan en sus cerebros para llegar a ese extremo? ¿Qué resortes psicológicos llevan a los kamikazes al sacrificio? ¿Cuál es el perfil, la personalidad y el carácter de las personas propensas a la inmolación? Atender todas estas cuestiones constituye una necesidad perentoria, sobre todo desde que esta forma de terrorismo activo se ha convertido ya en la principal amenaza para la democracia y la prosperidad del ser humano en el mundo. De hecho, el goteo incesante del terrorismo suicida y los episodios apocalípticos que se han derivado de aquél han marcado los ritmos vitales, políticos y sociales del inicio del siglo XXI. Las respuestas que han dado hasta ahora los historiadores y analistas a este fenómeno no han sido del todo satisfactorias, y a menudo incluso han venido marcadas por la improvisación. Este libro muestra cómo la biología evolutiva y la neurociencia pueden contribuir a describir y entender mejor esta opción bélica tan excepcional como dramática que viene del enfrentamiento entre grupos humanos.

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Los kamikazes japoneses patentaron el modelo moderno de la inmolación atacante en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y, desde entonces, los hombres-bomba o los comandos-bomba habían ido surgiendo, con frecuencia cambiante, para sembrar la muerte y generar terror, en los conflictos periféricos cronificados que asolan diversas regiones del globo. El 11 de septiembre del 2001, sin embargo, la percepción de excepcionalidad de ese fenómeno viró por completo. Ese día el mundo contempló, sobrecogido, la magnitud de la devastación infringida en Nueva York y Washington, en pleno corazón del imperio occidental, por suicidas de filiación islámica usando aviones comerciales, repletos de pasajeros, como bombas volantes para impactar contra edificios. El estupor dio paso enseguida a un escalofrío de aprensión que ha quedado instalado en las conciencias como una premonición de futuras inmolaciones ofensivas de resultados quizá mucho más terribles. El espectro del terror total ha recorrido el globo y las conjeturas apocalípticas sobre la posibilidad de un desastre nuclear o biológico, usando esas tácticas inmolatorias, son analizadas como un escenario plausible.

Timothy Garton Ash, uno de los historiadores contemporáneos más consultados por los dirigentes políticos de Occidente, se quejaba (El País, 26-9-2001) de que «entre las toneladas de interpretaciones y análisis que se han escrito a raíz del ataque suicida a los centros neurálgicos del poder USA, no he visto todavía uno que explique qué hay en la mente de un joven ingeniero de unos treinta años procedente de una familia acomodada de Arabia Saudí, que ha estudiado en Hamburgo, que se instala en Estados Unidos, que viaja por todo el país, que cursa estudios de vuelo a lo largo de varios meses y que acaba asaltando un avión para estrellarlo contra las Torres Gemelas o el Pentágono. Hay que intentar entender ese fenómeno del terrorismo doctrinal porque nadie ha conseguido explicarlo tal vez porque sea demasiado peligroso meterse dentro».

Tres años largos después de aquello y al cabo de un diluvio de interpretaciones continuamos igual de perplejos. En la extrañeza de Garton Ash había un desasosiego peculiar: el del especialista honrado consigo mismo que reconoce encontrarse sin estiletes ni periscopios adecuados para identificar, de manera convincente, el vector o los vectores esenciales que alimentan una amenaza que señorea sobre el escenario mundial. El sospechoso principal es la doctrina fanatizante. Pero Ash acotaba su desazón al preguntarse cómo puede ser que alguien que no reúne, en principio, ninguno de los atributos que suelen presumirse en los desesperados (pobreza, aislamiento, desmoralización, acorralamiento, ignorancia, etc.), consiga la determinación para proceder con un cálculo y una audacia tan insospechadas y espectaculares. Topamos pues con la conjetura de la potencia enfervorizadora y agonística de las doctrinas fanatizantes. De los guiones incitadores de la pasión exterminadora.

Los datos sociodemográficos sobre los integrantes de los comandos que protagonizaron aquellos raids han sido ampliamente divulgados y componen un retrato-robot singular. Eran varones jóvenes, solteros, procedentes de familias acomodadas o de clase media, multilingües, con educación superior y un dilatado período de instrucción y especialización en tareas combativas. Manejaban unos recursos económicos considerables y llevaban un tren de vida más que holgado. Y los jefes de la organización se ajustan casi punto por punto a ese perfil con algo más de edad, por supuesto. Una élite guerrera pertrechada con un guión integrista. Conviene precisar ahí un punto esencial. La inmolación ofensiva es una táctica guerrera de alta exigencia. No es, primariamente, ni un grito de socorro, ni una demostración de protesta, ni una llamada de atención. Puede cobijar alguna de esas características como componente adicional pero todo eso no constituye el núcleo del asunto. La inmolación atacante es un procedimiento bélico que requiere determinadas cualidades. No todo el mundo está dotado para llevarlo a cabo, quiero decir. Se necesita gente con un talante y un temple muy especiales. De una temeridad, una valentia y una frialdad excepcionales. Guerreros de élite, en definitiva. Para las inmolaciones unipersonales intempestivas (la autodestrucción selectiva con fines testimoniales o propagandísticos) no se requiere tanto coraje. Muchos individuos, doctrinarios o no, con una quiebra en un estado de ánimo ya de por sí desesperanzado pueden ejecutarlas. Pero para culminar una acción minuciosamente elaborada a lo largo de un periodo dilatado de tiempo y que requiere complejos pasos instrumentales, no basta con ser fanático: hay que ser un profesional bien entrenado. Un soldado altamente cualificado y motivado para cumplir con un objetivo mortífero.

Hay ahí, por tanto, una conjunción de diversos fenómenos (pasión doctrinal, encapsulamiento dogmático, talante temerario y profesionalidad atacante) que deberíamos poder abordar para complementar las disecciones de los especialistas en historia y en política. Si queremos construir una respuesta viable que ayude a atenuar las perplejidades de los especialistas habrá que revisar, punto por punto, los engranajes neurocognitivos que hacen posible la clausura dogmática en un grupo y engarzarlos, a su vez, con las motivaciones agonísticas individuales.

Es momento de adelantar que el modelo que nos proponemos elaborar debe proporcionar herramientas de investigación en dos ámbitos ineludibles: 1. Hay que identificar los mecanismos neurocognitivos que hacen posible la conjunción de la fanatización doctrinal con la alianza agonística. 2. Hay que identificar los requisitos temperamentales imprescindibles para dibujar las tipologias individuales que predisponen a idear, planificar y consumar ataques mortíferos (incluyendo los suicidas) y a atreverse, además, a poner en jaque a una sociedad o al mundo entero.

Antes de entrar en materia, sin embargo, nos detendremos un momento en un fenómeno local que ha generado asimismo un sinfín de perplejidades entre los estudiosos.

La letalidad del doctrinarismo etarra

Gabriel Jackson es un académico norteamericano que ha dedicado buena parte de su vida al estudio de la historia contemporánea de España y ha reflejado sus afanes en diversos trabajos muy apreciados. Jackson no solamente posee un buen conocimiento de los antecedentes inmediatos y remotos de la España actual, sino que sigue día a día el acontecer de la vida peninsular porque vive la mayor parte del año en Barcelona y suele participar en el debate de ideas con artículos en los periódicos y con apariciones esporádicas en televisión. ¿Por qué matan? era la pregunta que se hacía [90] a principios del 2000 desde el desconcierto del especialista que no consigue explicarse la perpetuación de la mortandad que ha ido sembrando la organización Euskadi Ta Askatasuna (ETA) desde hace medio siglo.

ETA es un fenómeno singular: un grupo armado de tamaño reducido pero altamente profesionalizado y muy eficiente que ha conseguido enquistar un litigio de soberanía política en un rincón, por otra parte muy bello y amable de Europa, hasta convertirlo en una de las pústulas de la plácida y ordenada vida de las democracias occidentales. El único parangón es el persistente enfrentamiento civil en el Ulster, porque ni el terrorismo corso o el bretón en Francia, o los ocasionales rebrotes de violencia política en Italia, Suecia, Bélgica

o Alemania tienen la relevancia de las acciones etarras ni han llegado a sacudir tan hondamente los cimientos de los estados donde se producen. ETA, en cambio, tiene en vilo a menudo al conjunto de la sociedad española y manda mensajes inquietantes, de paso, a la francesa, aunque prefiere encarnizarse en el flanco Sur, el más propicio por el momento en su ámbito de acción transpirenaico. ETA es un vocero macabro: cumple con la función de alertar que incluso en el seno de las sociedades avanzadas y plurales hay margen para la tozuda reverberación de conflictos sangrientos de índole étnico/nacional.

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