2.Hay señales primadas de identificación grupal (caracteres físicos, voz, ornamentos, rituales, etc.) que inducen un procesamiento neurocognitivo sesgado: prefiguran el surgimiento de los vectores de la lealtad progrupal al tiempo que constituyen rutas preferenciales para el adoctrinamiento combativo.
3. Las creencias encapsuladoras (dogmatismos, sectarismos, integrismos) se engarzan en esos resortes facilitados del procesamiento neurocognitivo para maximizar la conflictividad intergrupal (guerras de ideas).
4.Hay diferencias constitucionales en la proclividad individual a la lealtad progrupal y a la alianza agonística que prefiguran los roles individuales distintivos (liderazgo frente a seguidismo), en las células combativas que actúan como vanguardias en los conflictos grupales.
5.Existen, asimismo, perfiles neurocognitivos discernibles para las predisposiciones temperamentales que distinguen a fanatizadores y fanatizados.
6. Las doctrinas totalizantes (etnocentrismos, religiones e idearios utopistas) optimizan el funcionalismo de los agonismos sociales y se comportan como vectores particularmente infectivos para azuzar la conflictividad intergrupal.
Si conseguimos reunir datos que fundamenten las hipótesis anteriores, estaremos en condiciones de concluir que los conocimientos acumulados por la Psicología Social, la Biología del Comportamiento y la Neurobiología podrán ser usados para complementar las múltiples cautelas contenidas en los contratos sociales vigentes. Las estrategias para mitigar la peligrosidad de las doctrinas fanatizantes deberían tenerlos en cuenta.
CAPÍTULO 1
¿POR QUÉ MATAN? ¿POR QUÉ SE INMOLAN MATANDO?
¿Matar y morir por un ideal, por una doctrina compartida? ¿Sacrificar la propia vida y eliminar vidas ajenas por el bien de un incierto destino común? La potencia de esas pasiones suscita, de ordinario, reacciones de desazón y perplejidad. La pasión doctrinal es un atributo psicológico que causa extrañeza. Cuesta empatizar con ella si se está fuera de la burbuja cognitiva y emotiva que la cobija. Cualquier otra de las pasiones humanas destructivas puede desvelar reacciones de proximidad porque podemos reconocer resonancias múltiples en nosotros mismos. Matar por celos, por venganza o por codicia entra dentro de lo pensable. También hay creencias impulsoras en esos arietes lesivos, pero son de índole estrictamente privada. La beligerancia de los fanatismos políticos, religiosos o ideológicos suscita distancia, sin embargo, porque hay en ellos elementos que van más allá de los resortes de los intereses individuales. El doctrinarismo combativo se nutre de unas visiones y unas metas compartidas con otros individuos. De ahí la inquietud de quien se lo mira desde el periscopio íntimo.
Esas pasiones por un sujeto ideatorio de naturaleza colectiva no sólo persisten en un mundo gobernado por la tecnología ultraeficiente, sino que se renuevan sin cesar. Los doctrinarios que matan y se inmolan matando ejercen, además, una poderosa fascinación sobre un cupo siempre disponible de voluntarios dispuestos a enrolarse en esos dispendios tan exagerados. Eso es lo que debemos intentar explicar porque se ha convertido, en los últimos tiempos, en un factor de inestabilidad determinante en las cuitas más severas a escala local o global.
Los ataques suicidas del doctrinarismo islámico
Cuando el activismo doctrinal usa el suicidio como ariete letal contra los adversarios (sean éstos quienes fueren) estamos ante una táctica combativa que acentúa la perplejidad no sólo del ciudadano ordinario sino de los especialistas en confrontaciones políticas. La sensatez y el cuidado con los que muchos grupos violentos planifican y cometen sus acciones, intentando preservar en la medida de lo posible la integridad de sus efectivos, contrasta con los grandes dispendios en carne de cañón propia que diversas organizaciones han prodigado, en los últimos tiempos, en diferentes partes del mundo. El goteo de inmolaciones mediante ataques suicidas ha sido bastante regular en Palestina, Sri Lanka, Somalia, Chechenia, Cachemira y otros muchos puntos calientes del globo, aunque con periodicidad variable. Esa singular modalidad del terror se ha convertido, sin embargo, en la más temida de todas a partir del cenit destructivo alcanzado en el mayor y más fulminante atentado de todos los tiempos: la voladura mediante el impacto con aeronaves-proyectil del complejo de las Torres Gemelas en Nueva York, y de un ala del Pentágono, en Washington, a finales del infausto verano del 2001. La pregunta ¿por qué mueren matando y destruyendo? se ha convertido en una interrogación persistente porque la inmolación por una causa o un credo no sólo no ha periclitado como método de lucha prediluviano, sino que se ha convertido en el arma más escurridiza de la era tecnológica (tabla II).
Las razzias de los comandos de Al Qaeda sobre Nueva York y Washington del 11 de septiembre del 2001 quedarán fijadas en la memoria histórica como una de las hazañas más espeluznantes concebidas y ejecutadas por el activismo doctrinal. Aquellos raids sirvieron para encender un conflicto que fue bautizado como la primera gran guerra del siglo XXI, entre una alianza dirigida por EE. UU. contra el régimen talibán y los campamentos de Al Qaeda, en Afganistán, y contra sus ramificaciones celulares en diversas partes del mundo. El conflicto cumplió sus primeras etapas con una victoria apabullante para los aliados, aunque no se consiguió eliminar a los cabecillas más significados que, según todos los indicios, siguen manteniendo capacidad operativa. La campaña anglonorteamericana en Irak, en la primavera de 2003, constituyó el segundo gran episodio de esa guerra contra el terrorismo de raíces islámicas, con el objetivo en ese caso de descabalgar un régimen hostil que podía funcionar como base de apoyo para las redes activistas en una región de una importancia económica y estratégica obvia. La victoria volvió a ser expeditiva y aunque se logró apresar a los líderes derrotados, el activismo resistencial continúa muy vivo. Todas las alertas permanecen, por consiguiente, encendidas ante las secuelas y derivaciones que puede deparar una contienda difícilmente clausurable. Y la táctica guerrillera que más preocupa es precisamente la de los ataques suicidas por sus características de máxima imprevisibilidad.
TABLA II Ataques suicidas en el mundo, 2000-2003˚
* Ataques de Al-Qaeda
** Implicación de aliados de Al-Qaeda
*** Ataques de LTTE (Tigres de Liberación de la Tierra Tamil)
° Pueden consultarse datos de 2004 en [5c] que confirman la tendencia global al aumento, con un incremento espectacular en Irak y un descenso significativo en Palestina/Israel.
Fuente: ATRAN, S.: Science, 304, (5667), (2004), 47-48, Material adicional [en línea]:
La inmolación doctrinal sin más víctimas que el propio sacrificado ya es de por sí un comportamiento que provoca una enorme extrañeza porque se suele suponer, con razón, que la cuota del voluntariado para el martirologio es bastante restringida y asignable, en muchas ocasiones, a desórdenes mentales crónicos o desvaríos transitorios de los protagonistas. No siempre es así, sin embargo, porque la historia humana ha registrado episodios de inmolaciones individuales o colectivas con finalidades muy diversas y no necesariamente dependientes de anomalías del cerebro o de crisis tóxicas consignables. Conviene recordar aquí que los sacrificios que hemos convenido en denominar heroicos (salvar vidas ajenas mediante el dispendio de la propia) aparecen con alguna regularidad en muchas situaciones críticas, tanto en circunstancias bélicas como en los periodos más apacibles de la vida de los humanos. Pero una cosa son los sacrificios unipersonales estrictos o los actos desesperados de protesta con ánimo de llamar la atención en pro de una causa y sin provocar más bajas que las del propio finado (la inmolación publicitaria), y otra muy diferente las inmolaciones usadas como ariete destructivo. Cuando se cruza ese umbral estamos ante una de las manifestaciones más sorprendentes de la violencia bélica.
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