Le sentaba bien la presidencia. Paladeaba el poder con gusto norteño. Era un improvisado de la política pero, con sonrisa franca y alegre carácter, se dejó guiar por su pragmatismo reuniendo bajo la sombra de la silla presidencial a hombres notables. Al igual que Porfirio Díaz, dejó hacer en todos los ramos de su administración, pero las decisiones de orden político se concentraban en última instancia en su voluntad.
A nadie resultó extraño que llegara al poder un general, ranchero, escasamente culto y fanático de los toros. “Tenía Obregón la preparación de la clase media pueblerina que lee el diario de la capital y media docena de libros principalmente de historia” —escribió Vasconcelos—. Lo verdaderamente sorprendente fue su apuesta por el nacimiento de una cultura propia, puramente mexicana. Bajo su gobierno fue creada la Secretaría de Educación Pública. José Vasconcelos —su titular y el más notable de los ministros del gabinete— emprendió una cruzada educativa que se desarrolló entre la realidad y cierta utopía romántica y personal.
EL OTRO CENTENARIO
El 21 de mayo de 1920, Álvaro Obregón recibió a José Vasconcelos en la estación del ferrocarril. Llegaba a la Ciudad de México luego de varios años de exilio debido a su manifiesta oposición a Carranza. El general y el intelectual ya se conocían, pero la escisión revolucionaria de finales de 1914 los llevó a tomar distintos bandos. El movimiento rebelde contra Carranza —que como una paradoja aquel mismo día había sido asesinado—, los unió nuevamente.
Vasconcelos ocupó la rectoría de la Universidad Nacional a instancias del presidente interino, Adolfo de la Huerta. Una vez en el poder, Obregón lo ratificó y apoyó el proyecto de crear una Secretaría de Educación; hasta entonces, la educación no contaba con su propio ministerio, siempre había estado unida a las bellas artes.
Mientras se organizaba el nuevo ministerio, Vasconcelos tuvo que involucrarse con una ocurrencia del nuevo gobierno: celebrar el Centenario de la consumación de la independencia en 1921 con una serie de fiestas y espectáculos populares, para darle un sentido distinto de las que organizó con fastuosidad el gobierno de Porfirio Díaz en 1910.
La celebración era un despropósito dadas las circunstancias del país. México atravesaba por una terrible situación económica; las arcas públicas estaban vacías; la sociedad se encontraba polarizada aún por el asesinato de Carranza; la nueva administración no contaba con el reconocimiento del gobierno de Estados Unidos, las vías de comunicación estaban destruidas mayormente luego de tantos años de guerra. Parecía evidente que no era momento para fiestas. José Vasconcelos, ministro de Obregón, escribió al respecto: “nunca me expliqué cómo un hombre de juicio tan despejado como Obregón se dejó llevar a fiestecitas”.
Y sin embargo, nadie pudo detener el proyecto del “otro” Centenario. El comité organizador se encargó de preparar desde conciertos de ópera hasta desfiles militares; música popular en las principales plazas, corridas de toros, cine, teatro, juegos deportivos. El mes de septiembre comenzó acompañado de grandes recepciones, banquetes y fiestas. Vasconcelos diría al respecto: “...El alboroto de las fiestas emborrachaba a la ciudad, deslumbraba a la república.”
Diversos y emotivos fueron los eventos del Centenario de la consumación de la independencia. La programación de la temporada de ópera estuvo a cargo de un hombre que era un fanático y además practicante del bell canto: el expresidente Adolfo de la Huerta. Se organizaron verbenas populares en el Zócalo y “noches mexicanas” en el Bosque de Chapultepec. Del 11 al 17 de septiembre, se conmemoró la ‘Semana del niño’, con la realización de conferencias, exposiciones y festivales infantiles y el día 15 más de 70 mil niños de diversas escuelas de la república, juraron lealtad a la bandera mexicana.
Durante una semana las puertas de teatros y cines se abrieron para que la gente pudiera ingresar a las funciones de manera gratuita. Además, se vendieron decenas de miles de boletos a un precio bajísimo —subsidiados por el gobierno— para que los obreros pudieran asistir al teatro con sus familias.
El Centenario de la consumación propició el estreno de obras patrioteras. La compañía del Teatro Principal estrenó La bandera trigarante de los hermanos Alberto y Alejandro Michel. Los cronistas de espectáculos criticaron severamente el uso de la bandera con fines políticos. En el Teatro Esperanza Iris se presentó una zarzuela titulada Las fiestas del Centenario , al final, en una apoteosis en la que aparecían personajes políticos mexicanos, figuraba el general Álvaro Obregón, presidente de la república, al lado de Hidalgo, Juárez, Porfirio Díaz y Madero, caracterizados fielmente por los actores. Irónicamente al aparecer el actor caracterizando a don Porfirio una estruendosa ovación no se hizo esperar; en cambio, un silencio incómodo se produjo cuando hizo su entrada el personaje de Carranza —asesinado el año anterior, presumiblemente por los sonorenses—. En funciones posteriores fueron suprimidos ambos personajes.
Las fiestas por el Centenario de la consumación no tuvieron ni la importancia, ni el lujo ni el impacto de las de 1910. Indudablemente fueron días de entretenimiento para la gente, pero no dejaron nada más. El nuevo régimen ni siquiera podía justificar históricamente la conmemoración pues Iturbide había sido arrojado al infierno cívico de la patria y desde la época de Maximiliano no se le rendía reconocimiento.
Paradójicamente, unos días después de concluidos los festejos, el congreso retiró el nombre de Iturbide en letras de oro que se encontraba en el muro de honor de la cámara. José Vasconcelos escribió: “nunca se habían conmemorado los sucesos del Plan de Iguala y la proclamación de Iturbide, ni volvieron a conmemorarse después. Aquel centenario fue una humorada costosa. Y un comienzo de la desmoralización que sobrevino más tarde.”
LA MEXICANIDAD, ÍMPETU DE LA CULTURA
“Al decir educación me refiero a una enseñanza directa de parte de los que saben algo, en favor de los que nada saben —expresó José Vasconcelos—; me refiero a una enseñanza que sirva para aumentar la capacidad productiva de cada mano que trabaja, de cada cerebro que piensa [...] Trabajo útil, trabajo productivo, acción noble y pensamiento alto, he allí nuestro propósito. Esto es más importante que distraerlos en la conjugación de los verbos, pues la cultura es fruto natural del desarrollo económico...”
El 29 de septiembre de 1921 fue creada la Secretaría de Educación Pública y el 12 de octubre siguiente, José Vasconcelos asumió el cargo como secretario. Comenzó así una intensa campaña en contra del analfabetismo y a favor del desarrollo de escuelas rurales, de la creación de bibliotecas, del impulso a las bellas artes, de la edición de libros. Había un proyecto nacionalista atado a la cultura universal.
“La obra de la secretaría debía ser triple en lo fundamental, quíntuple en el momento —escribió Vasconcelos—. Las tres direcciones esenciales eran: escuelas, bibliotecas y dirección de las bellas artes. Las dos actividades auxiliares: incorporación del indio a la cultura hispánica y desanalfabetización de las masas. Cuando nosotros empezamos a crear no había, ni en la capital, una sola biblioteca moderna bien servida”.
La virtud de Obregón fue permitirle a Vasconcelos hacer y deshacer. Desde la trinchera de la Secretaría de Educación Pública, el ministro alentó el surgimiento de la mexicanidad, parida por la revolución y desconocida hasta entonces por la sociedad mexicana.
Del afrancesamiento porfiriano quedaban sólo escombros. La cultura, la educación, el conocimiento del nuevo estado debía abrevar de dos fuentes: los clásicos de la cultura universal y los valores mexicanos. Vasconcelos se comprometió con su idea, proyectó obra espiritual y obra material. Por cuatro años México se convirtió en la capital cultural de América Latina, el viejo sueño bolivariano de la unidad continental parecía cumplirse al menos en el ámbito de la educación y la cultura.
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