Otro aspecto de las relaciones con colegas concierne a la pertenencia a cierta comunidad laboral. Una Facultad de Derecho u otro departamento académico de una universidad, cuando funciona bien, funciona como una empresa común de todos o la mayoría de los profesores, investigadores y administradores que trabajan ahí. La imagen pública de una Facultad de Derecho (quizá incluso atestiguada por medio de ejercicios públicos formales de evaluación, como ocurre en el Reino Unido en la actualidad) depende, entre otras cosas, de su fuerza como comunidad de investigación. El trabajo de cada participante se nutre en cierta medida del de todos los demás y la reputación del conjunto es valiosa para el reconocimiento del trabajo de cada uno de sus miembros. El respeto hacia el bien común de esta comunidad es otro posible elemento en la motivación de un autor. Cualquier cosa que refuerce el bien común también es buena para uno mismo, pero no de una manera instrumental.
Esto nos acerca a lo que podría caracterizarse como pura motivación académica, aunque no sea idéntico a ella. Una razón, y quizá la más fundamental, para escribir y reflexionar sobre el tema de este libro es tratar de llegar a la verdad sobre el razonamiento práctico en la moral y el Derecho. Un autor debe creer que en sus escritos surgirá alguna nueva verdad, o algún aspecto de la verdad que nunca se ha comprendido adecuadamente, expuesta con una claridad única y apasionante. La verdad es importante por sí misma, y la verdad sobre el pensamiento práctico también es útil, ya que comprenderla puede ayudar a otras personas (así como al autor) a desenvolverse mejor en la práctica de vivir.
El interés por la verdad que ocupe un lugar en la deliberación del autor es más o menos toda la motivación razonable que puede tener cualquier lector ordinario (dejando a un lado casos especiales como revisores de libros y estudiantes que deben leer los libros establecidos en un curso) para prestar su atención a tal obra. Si no contiene alguna nueva idea, alguna verdad o verdades mejor comprendidas y mejor articuladas, ¿por qué la iba a leer nadie? Estos pensamientos motivan o deberían motivar a un autor no solo a seguir escribiendo, sino también a escribir bien, con ingenio y sabiduría, con los lectores finales de su obra en mente. De este modo, el bien de ellos es también el bien del autor —y aquí, de nuevo, asoma la cabeza la cuestión de la reputación como una cuestión secundaria—.
Hasta ahora esta historia se ha contado en términos de «incentivos». Es una historia sobre las razones que tiene un autor —este autor, de hecho— para escribir un libro y prepararlo para su publicación. Sin tales incentivos, ¿cómo podría hacerse jamás un trabajo de este tipo —o, para el caso, un trabajo de cualquier tipo—? Sin embargo, para el momento en que la obra está en manos del lector, los incentivos se han agotado. Si fueron suficientes, habrá un libro que leer, y, si no, no se plantea la cuestión. Los incentivos conciernen a algo que debe hacerse y pueden motivar suficientemente a hacerlo o no. Así que, después de que el trabajo esté hecho, ¿qué pasa con los incentivos para hacerlo?
La respuesta parece ser que sobreviven como razones de un tipo explicativo o de un tipo justificativo. Están disponibles para ayudar a responder preguntas como: «¿Cómo ocurrió que este autor escribiera este libro? ¿Qué razones tenía para hacerlo, y qué razones tenía para hacerlo justamente de esta manera?» En tanto que razones de este tipo, pueden ser sometidas al menos a dos formas de evaluación, la histórico-biográfica y la crítico-racional. La primera se refiere a su exactitud o su adecuación como explicación histórica de la actividad y el logro de un autor concreto. ¿Es verdad que MacCormick estaba motivado por cierto tipo de orgullo para cumplir con sus planes tal como había anunciado, o por un sentido del honor, o de fidelidad a los compromisos que adquirió con varias personas, junto con algunas expectativas de aumento de sus ganancias por los derechos de autor de la publicación? ¿Eso era todo o había tal vez otras motivaciones no reconocidas, o incluso, como podría suponer un freudiano, motivaciones inconscientes o subconscientes (qué represión sexual puede haber tras esas frases tan delicadamente construidas)?
La precisión explicativa, siempre que uno intenta realmente captarla, resulta ser un asunto de historia, de la biografía. Como tal, es inherentemente particularista. Se examina la vida de una determinada persona y se intenta averiguar qué la motivó, y qué es lo que explica las diferentes cosas que hizo a lo largo de su vida o en algún periodo de esta, para poder explicar los libros que ha escrito y otras cosas que ha logrado hacer. El gran libro de Nicola Lacey sobre H. L. A. Hart1 es un buen ejemplo. Su hábil lectura y uso de los diarios y otros papeles personales de Hart, junto con los registros públicos, proporcionan una vívida imagen del carácter de Hart. Esto, a su vez, hace posible entender o al menos hacer conjeturas informadas sobre las razones por las que Hart escribió ciertos libros que transformaron la comprensión del Derecho para al menos una generación de lectores interesados. Por supuesto, en todo caso real, como el de Hart, o el de Karl Llewellyn2 tal como lo ha representado William Twining, también se hace un ejercicio de interpretación y de conjetura. Siempre hay cierto grado de incertidumbre en este tipo de explicación, por muy detallado que sea el relato y por muy excelentes que sean los materiales de referencia disponibles. En cualquier caso, independientemente de cuál sea la verdad del asunto y de qué dificultades y conjeturas implique el intento de llegar a ella, esa verdad es sobre una persona en concreto y sobre la secuencia de sucesos concretos que constituyó su vida.
El examen crítico-racional de las razones que se presentan para dar cuenta de ciertas acciones o actividades de una persona concierne a su adecuación como razones justificativas. Es decir, concierne a su adecuación como una teoría de una acción racional, no su precisión histórica o biográfica como explicaciones. «Ningún hombre que no fuera un zopenco escribió nunca, excepto por dinero», dijo el Dr. Johnson. Para él, solo una de las razones que se han ofrecido en la anterior explicación es una buena razón para hacer este trabajo. Si va a ganar dinero preparando un escrito, entonces hágalo. Si no, no lo haga. En efecto, si el esfuerzo que se debe invertir es desproporcionado respecto de los beneficios que se obtendrán, se debe dirigir la atención a alguna otra cosa más provechosa.
Nótese que esta no es una afirmación sobre la auténtica motivación de ninguna persona. Ciertamente, como un asunto de historia personal, alguien puede haber escrito un libro únicamente por un sentido del honor, o de orgullo, o de compromiso con la verdad. Sin embargo, tal persona, según Johnson, es una zopenca. Esas no son buenas razones en absoluto para invertir la inmensa cantidad de tiempo y esfuerzo que se requiere para escribir un libro, o como mucho proporcionan algunas débiles razones adicionales para hacerlo. Por ejemplo, en un caso en el que las ganancias económicas sean conjeturales o parezca probable que solo sean suficientes para compensar por el esfuerzo invertido, esas razones pueden inclinar la balanza solo lo justo para que sea racional seguir adelante con el proyecto.
Debemos señalar aquí que la afirmación del Dr. Johnson no hace que esta visión sea correcta. Johnson defiende un análisis económico de la autoría, pero no está necesariamente en lo cierto. Se puede discutir. Podemos argumentar que el orgullo de la autoría, la fidelidad a los compromisos, al honor y a la preocupación desinteresada por la verdad son valiosos por sí mismos. Se pueden ofrecer buenos argumentos a favor —y en contra— de todo eso, y puede incluso que finalmente unos argumentadores razonables estén en desacuerdo sobre qué es aceptable como una buena razón para que alguien escriba (o haga cualquier otra cosa). Al menos, y quizá esto sea más probable, puede que estén de acuerdo sobre qué cuenta como una razón adecuada o aceptable, pero difieran sobre la relativa importancia o el peso de las razones cuando se trata de formarse un buen juicio sobre qué hacer en la vida.
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