Una camarera les tomó nota: té Earl Grey para Emily, English Breakfast para Kyle. Después de que les sirvieran lo que habían pedido se vieron obligados a dejar de dilatar la charla, ya no les quedaban más excusas. Fue él quien rompió el silencio y lo hizo con contundencia.
—Hace dieciséis años las cosas entre nosotros no acabaron de la mejor manera.
—No podían acabar de otra manera teniendo en cuenta las decisiones que tomó cada uno —Emily acentuó sus palabras al arquear una ceja. La mirada inquisitiva que le dirigió y el tono de voz cortante daban a entender más cosas de las que había expuesto de manera explícita.
—Insisto en que la forma no fue justa para nuestra relación.
Milly respiró hondo para no replicar con un exabrupto.
—¿Y cuál crees que hubiese sido la mejor forma? ¿De verdad piensas que había alguna opción mejor?
—Sí, Milly, pero solo he sido capaz de verlo con el paso del tiempo, cuando la vida me ha hecho madurar. Por aquel entonces era un adolescente insensato que no supo valorar lo que tenía, y te juro que lo pagué con creces. Yo te quería de verdad. Y haciendo referencia a tus preguntas, esas que has escrito en el relato, ¡sí! Sentía lo mismo que tú, ¡y desde hacía bastante tiempo! Me gustabas. Mejor dicho, ¡me encantabas! Cuando entrabas en cualquier habitación, esta se llenaba de colores y de magia.
—Sin embargo, no dudaste a la hora de traicionarme —lo interrumpió ella, porque sus palabras la atravesaban como un puñal, haciendo que el engaño fuera aún más doloroso. No fue capaz de contenerse y el dolor amordazó a la razón—. ¡Pero claro, tú eres el primero que dice que el amor no se piensa, se siente! Ya veo que tampoco pensaste esa noche en Brighton —le reprochó con tono irónico.
—No, no pensé, ahí tengo que darte la razón. Pero no tuvo nada que ver con el amor, te lo juro. Fui un irresponsable, un estúpido, y lo acepto. Y te pediría perdón de rodillas si supiera que al hacerlo sería capaz de borrar el dolor que vi en tus ojos ese día, y el que veo ahora mismo.
—No te pediré que te pongas de rodillas, pero tampoco esperes que olvide el pasado y sus consecuencias. Aunque intentes excusarte diciendo que eras joven y no sabías nada de la vida, recuerda que teníamos la misma edad y que en ningún momento se me cruzó por la cabeza engañarte. Tú lo hiciste —le recriminó, y Kyle tuvo que aceptar que lo que decía era verdad.
Hacía dieciséis años, después de ese paseo por Holland Park y de su beso en el mercadillo de Portobello, Kyle y Emily habían empezado a salir. Se conocían desde parvulario, y la complicidad que habían desarrollado a lo largo de toda la vida no hizo más que crecer. El cariño que sentían el uno por el otro enseguida se transformó en un sentimiento más profundo y romántico. Idílico.
Desde entonces, y durante los siguientes dos meses, se vieron cada día y su relación no hizo más que afianzarse. Buscaban cualquier excusa para verse: trabajos del instituto, el estreno de una película que querían ver, el concierto de la banda o artista que les gustaba, algún mensaje para sus padres… Y cuando no tenían ninguna excusa, se la inventaban. Disfrutaban hablando todo el rato, y después disfrutaron de los besos y las caricias furtivas. También acabó llegando el mayor acto de amor, confianza e intimidad que dos personas pueden compartir, donde demostraron con el cuerpo todo lo que sentía el corazón.
Los dos creían que la vida no era más que ilusiones y sueños. Vivían encerrados en una burbuja de perfección, de idílico romanticismo, hasta que ocurrió el desastre...
Había llegado mayo y, con ese mes, las vacaciones del tercer trimestre. Kyle se fue de viaje a Brighton con su familia. Tenía muchos amigos allí porque iba todos los veranos y siempre que tenía vacaciones; además de tener a sus primos ahí. Fueron ellos quienes lo llevaron a esa fiesta en la playa.
Esa noche solo había imperado la irresponsabilidad: varios cubatas de más, música, el estado de euforia que llevó al grupo a meterse en el mar, así como las risas junto a la hoguera para paliar el frío. Al ver que Kyle tiritaba, se le acercó una chica un par de años mayor que, con la sensual promesa de hacerlo entrar en calor, lo alejó del grupo. La excitación le hizo perder la cordura, que ya se encontraba bastante nublada por culpa del alcohol, y, sin oponer demasiada resistencia, Kyle se entregó al placer del momento.
El resultado de la ecuación estaba cantado: nueve meses después, Kyle era padre de un bebé precioso, la luz de sus ojos y único consuelo que le había dado su locura juvenil, porque había perdido a Emily y cualquier posibilidad de tener una relación con ella.
—Te aseguro que ya no queda nada de ese chico irresponsable. La vida me obligó a madurar de golpe.
—Me lo imagino. Ser padre es algo muy serio —reconoció ella. Le dio un sorbo al té, que había empezado a enfriarse, y observó a Kyle durante unos segundos.
Había sido el gran amor de su vida, pero también el artífice de su mayor decepción. El único, a decir verdad, ya que Emily se había negado a volver a enamorarse. En consecuencia, ninguna de sus relaciones posteriores había llegado a buen puerto. No había querido involucrarse demasiado con nadie, se había cerrado emocionalmente y había evitado hacer planes de futuro en los que hubiese alguien más que ella. Tampoco había esperado nada de las parejas que había tenido. Con el tiempo llegó a la conclusión de que estaba mejor sola, porque así nadie podría herirla. Además, su carrera no le dejaba tiempo para nada más y escribir era lo único que la hacía sentir plena.
—Es difícil, no te lo voy a negar —respondió Kyle al comentario que le había hecho—. Aunque el principio fue lo más duro —no pudo evitar sonreír ante el recuerdo—. No sabía qué hacer. Todavía era un niño, pero de pronto me encontré solo, criando un bebé.
Milly frunció el ceño.
—¿Solo? ¿Y la madre de tu hija? Deduzco que a día de hoy no estáis juntos, de lo contrario, no hubieses venido a buscarme —se apresuró a aclarar—. Pero todo este tiempo… Creía que vivíais los tres juntos.
—Pauline se quedó en casa de sus padres hasta que nació la niña, después, por sugerencia de los míos, nos fuimos a vivir juntos —negó con la cabeza—. Fue lo peor que pudimos hacer. Esa relación llevaba impresa la palabra fracaso desde el principio. Ella siempre fue una mujer muy independiente, demasiado como para atarse a un chico al que no quería y a una niña pequeña, aunque fuera su propia hija. Convivimos durante unos meses, hasta que hizo las maletas y se fue de casa sin mirar atrás. Desapareció para siempre.
La sorpresa hizo que Milly se enderezara en la silla. No podía creerse todo lo que acababa de contarle.
—¡Kyle! ¿Pauline os dejó? ¿Abandonó a su hija?
—Así es. Bethany ni siquiera gateaba, así que ya puedes imaginarte lo pequeña que era —sonrió, perdido en el recuerdo. Después se encogió de hombros mientras suspiraba, intentando quitarle hierro al asunto, ya que había pasado mucho tiempo y no podían hacer nada al respecto. Levantó la cabeza para mirar a Emily a los ojos y le confesó—: Te juro que no me creía capaz de conseguirlo. ¿Criar solo a un bebé cuando ni siquiera tenía veinte años?
—Pero lo hiciste, ¿verdad? —lo dijo como una afirmación, aunque al final agregó la pregunta.
—Lo hice —respondió él con una enorme sonrisa de satisfacción—. Todavía no sé cómo, pero lo hice.
Debido a la gran amistad que habían tenido, pero sobre todo al amor que habían sentido el uno por el otro, Emily se sintió muy orgullosa de él. Tanto que se le formó un nudo en la garganta. Asintió y se sirvió un poco más de té, el cual se bebió antes de formular otra pregunta.
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