Miranda notó que le temblaba un poco el pulso; aunque siempre le pasaba en los segundos previos a una presentación. Respiró hondo e impostó la voz para responder. Enseguida se tranquilizó y empezó a disfrutar del evento.
Kyle percibió el nerviosismo inicial de Miranda, aunque al cabo de unos segundos pareció tranquilizarse y, mientras hablaba de un tema que se notaba que la apasionaba, un aura mágica la rodeó y arrastró a Kyle sin piedad.
Recordó cuando, de pequeños, Milly le relataba historias fantásticas que se inventaba en el momento, propiciadas por cualquier impulso que le pusiera en marcha la imaginación. Y se sintió inmensamente feliz al descubrir que no había dejado morir ese don maravilloso con el que había nacido y que se había convertido en los cimientos de una exitosa carrera. Se la notaba radiante, plena.
Al volver a verla, tenerla tan cerca y respirar su poderosa energía, Kyle cayó en la cuenta de que dieciséis años no habían sido suficientes para olvidarla. Su cuerpo, su mente y su corazón la habían reconocido de inmediato, y ahora reaccionaban ante su presencia. La reclamaban como si el tiempo no hubiese pasado, como si sus errores no se hubiesen interpuesto entre los dos.
«¿Qué voy a hacer con todos estos sentimientos?», se preguntó, con cierta angustia. Durante los cuarenta y tantos minutos que duró la presentación, Kyle no pudo apartar los ojos de Emily. Reafirmó que conservaba esa aura luminosa y radiante que lo había cautivado de pequeño, así como que seguía teniendo la sonrisa más bonita que había visto nunca. Aún era ella, su Milly, aunque ahora utilizaba otro nombre.
Cuando la presentación acabó, el público acudió en masa a la mesa donde los autores firmaban ejemplares de la antología. Kyle compró uno de manera mecánica y se puso en la fila. No estaba seguro de qué le diría a Emily, pero la espera lo había envalentonado y no se iría de allí sin hablar con ella.
Cuando apenas quedaban un par de personas en la tienda, le llegó el turno. Dejó el libro sobre la mesa y lo empujó hacia adelante con suavidad mientras Miranda respondía a una lectora, la cual le había hecho un comentario mientras su compañera le firmaba el ejemplar.
—Me he reconocido en el protagonista —señaló Kyle con la voz ronca cuando la otra mujer se alejó.
Miranda alzó la vista durante unos segundos, aunque no reparó en las facciones del hombre. La sonrisa le iluminaba el rostro.
—¿Te refieres a que te has sentido identificado? —le preguntó. Volvió a bajar la vista mientras abría el libro con la intención de firmarlo.
Kyle le cogió la mano que tenía sobre la cubierta para captar su atención. La reacción fue inmediata, justo como esperaba, porque alzó la cabeza, sorprendida, y lo miró fijamente.
—No. Me he reconocido en él.
—¿Có… cómo? —preguntó, aunque al estudiarle las facciones empezó a sospechar cuál sería la respuesta. Se le formó un nudo en el estómago y empezó a quedarse sin aire. Recordaba esos ojos oscuros, los había descrito con precisión en su relato. Nunca imaginó que él llegaría a leerlo.
—Soy Kyle Cameron, el protagonista. Todo lo que has contado en el relato forma parte de mi historia —declaró sin darle tregua con la mirada—. Y ella eres tú, aunque ahora te hagas llamar Miranda Darcy.
Emily tragó saliva cuando, después de confirmar su suposición, el pasado la arrolló con una vorágine de imágenes que se sobreponían entre sí sin seguir ningún tipo de orden cronológico. Esos flashbacks correspondían a fragmentos de su vida que habían dejado un rastro de felicidad, dolor, ilusión, decepción… los recuerdos la atenazaban y le costaba respirar.
—Kyle… —susurró.
—¿Cómo estás, Milly?
Se quedaron unos segundos en silencio.
—Bien —respondió, por fin, y después sonrió por lo ridícula que le resultaba la escena. Se saludaron como si fueran dos amigos que se acababan de encontrar por la calle un día cualquiera de una semana cualquiera. Sin embargo, la situación distaba un abismo de ser rutinaria, además de que ya no eran amigos; al menos ya no—. ¿Qué haces aquí, Kyle? —le preguntó con voz cansada.
—Cuando lo leí… —explicó señalando el libro—, retrocedí dieciséis años. Nos vi en Holland Park, en el jardín japonés de Kyoto y en el mercadillo de Portobello. Recordé la conexión que había entre nosotros, lo que sentíamos… todo. Reviví lo nuestro, Milly.
—Kyle, nunca hubo un « lo nuestro » —lo interrumpió con firmeza y minimizando adrede media vida de amistad—. Podría haber pasado algo entre nosotros, pero acabó antes de que le diera tiempo a empezar —completó haciendo referencia al breve romance que habían compartido.
—Aunque digas que no le dio tiempo a empezar, te aseguro que sí lo hizo, Emily, y fue precioso —replicó ignorando sus palabras—. Hace dieciséis años me resigné a perderte y, durante todo este tiempo, he vivido como anestesiado. Pero tu relato me ha hecho despertar de golpe y me he dado cuenta de que podríamos haber resuelto las cosas de otra manera. ¿Por qué tuvimos que distanciarnos?
Emily dejó ir un resoplido, incrédula.
—¿Justamente tú vienes a preguntarme por qué nos distanciamos? —inquirió entre dientes, esforzándose para no gritarle. Negó con la cabeza—. Esto es demasiado. Además, no me parece que sea ni el momento ni el lugar apropiado para mantener esta conversación.
Kyle echó un vistazo a su alrededor. Solo quedaban tres o cuatro lectores alrededor de la mesa, pero tenían el personal de la librería a poca distancia. Asintió con un gesto.
—Tienes razón, este no es el lugar adecuado. Lo siento, pero esta historia, nuestra historia, ha despertado muchos sentimientos en mí… —hizo una pausa a propósito para que la razón le ganase el pulso a los sentimientos. El intento fue un fracaso, así que, cuando volvió a abrir la boca, las palabras le salieron sin filtro—. Echo de menos lo que había entre nosotros, Milly. Ni te imaginas hasta qué punto quiero recuperarlo…
—Te voy a ser sincera, Kyle, no sé si lo dices en broma o si estás tan loco como para decirlo en serio —dudó. Desde donde estaba, Emily miró a su alrededor para comprobar que era el último de la fila. Los pocos lectores que quedaban delante de la mesa estaban distraídos con los demás escritores.
—Lo he dicho porque realmente lo siento —se detuvo de manera abrupta al contemplar una posibilidad que esperaba que no fuese cierta—. ¿Estás enamorada de otra persona?
—No —respondió rotundamente—, pero eso no significa que correré a tus brazos. Esto es un sinsentido y lo sabes.
—Lo único que sé es que quiero que me des otra oportunidad. Para mí fue importante, y resulta evidente que para ti también, si no, lo habrías olvidado. Y no intentes negarlo porque la historia que has escrito me da la razón. Recuerdas cada momento, cada escena, cada palabra… Lo que sentíamos a flor de piel y en el alma. Cada párrafo que has escrito atesora nuestra historia.
—Excepto el final, Kyle. «Nuestra historia» no acabó como en el relato —murmuró con un deje de tristeza en la voz. Por el rabillo del ojo, vio que los últimos lectores se alejaban de la mesa.
—Nuestra historia quedó inconclusa, pero podemos continuarla justo como has descrito en el libro. Estar juntos, tener esa felicidad imperecedera. Es nuestra asignatura pendiente, Milly. Hagamos realidad la parte de la historia que nos falta. Nuestro amor, que era perfecto, lo vale.
—Ese es el problema, Kyle: no lo era. Al quedar inconcluso, ha acabado siendo más platónico que real; poético. Todos estos años que hemos pasado separados han hecho que lo veamos precioso y perfecto, que obviáramos las aristas dolorosas. No pretendas opacarlo intentando algo que estoy segura de que no prosperará. Lo que pudo ser quedó en un punto lejano en el tiempo y hoy permanece idealizado en la memoria. Déjalo como está.
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