Bethany no era tonta e intuía que su padre le ocultaba algo porque la curiosidad que había mostrado por conocer el nombre de la autora del relato no era normal. Y, a pesar de que se moría de ganas por saber la verdad que se escondía tras la historia de la chica policromática, lo conocía lo suficientemente bien como para saber que no le diría nada. Ya se encargaría de averiguarlo más adelante.
Se inclinó para darle un beso en la mejilla a su padre antes de alejarse tarareando Thunder y bailando al compás . Desde el concierto, se había convertido en una de sus canciones favoritas de Imagine Dragons y no podía sacársela de la cabeza.
Kyle esperó hasta oír el sonido de la puerta de entrada antes de coger el libro y buscar el relato correcto. Lo leyó entero y sintió como cada palabra lo transportaba dieciséis años atrás. Cerró el libro y se recostó en la silla, con un brazo sobre la mesa y el otro sobre la pierna. Tenía la mirada fija en la portada, como si ese simple gesto pudiera hacer que la autora cobrara vida ante sus ojos.
No había lugar a dudas: Miranda Darcy era su seudónimo… el de su chica policromática, la representación en carne y hueso de la primavera, de la felicidad misma. Reflexionó y se reprochó el hecho de que podrían haber estado juntos para siempre; sin embargo, su destino había acabado siendo uno muy diferente porque, a causa de una estupidez, ella se había alejado.
Nunca imaginó que volvería a saber algo de Milly, así que ahora no sabía qué hacer. Supuso que habría continuado con su vida, seguramente estaba casada y tenía hijos. Se le formó un nudo en el estómago.
Hacía dieciséis años, cuando todavía eran demasiado jóvenes y no sabían nada de la vida, la situación los había desbordado y no le había quedado otra opción que resignarse y dejarla ir. En cambio, ahora que, de alguna manera y casi de milagro, Milly volvía a su vida a través de su propia historia plasmada en un libro, no podía dejar de sentir que le pertenecía.
Se levantó dispuesto a investigar todo lo que pudiese. Se fue a la habitación a buscar el portátil y volvió a sentarse en la mesa de la cocina. Su intento de mantener la calma no estaba dando resultados, de hecho, los poco segundos que tardó el ordenador en encenderse le provocaron mucha ansiedad.
A Kyle siempre le había costado horrores comportarse como el típico señor inglés y, en ese momento, su parte impaciente e impulsiva estaba a punto de ganar la batalla una vez más. Sin lugar a dudas, había heredado el temperamento italiano de su madre.
Delante de la pantalla iluminada, escribió el nombre de Miranda Darcy en el buscador. Respiró hondo, preso de la adrenalina, cuando aparecieron varios resultados. Y, como si abriera pequeños cofres del tesoro, fue seleccionando los enlaces uno a uno y leyendo el contenido.
Internet no le proporcionó demasiada información personal acerca de la autora, solo su lugar de residencia, Camden Town, y sus redes sociales. En cambio, lo supo todo sobre su carrera: Miranda Darcy era una escritora de éxito con más de una docena de novelas publicadas; Bethany las tenía todas. Este relato era su publicación más reciente y actualmente se encontraba en la etapa de producción de una novela inspirada en la vida de su abuela materna, una mujer de origen marroquí. También descubrió que la antología apenas llevaba un mes en el mercado, que el dinero recaudado iba dirigido a una ONG y que los autores iban haciendo presentaciones del libro en diversas librerías de Londres. El fin de semana siguiente lo harían en Daunt Books, en el barrio de Hampstead, y estaba decidido a ir.
Kyle supo que debía verla. Esa necesidad se le había anclado en los huesos sin piedad y no se iría hasta que no la satisficiera. Se sentía eufórico. Decidido a asistir, apuntó en el calendario del móvil el sitio, la fecha y la hora del evento literario. Le inquietaba pensar que aún faltaban algunos días para el sábado y no sabía cómo lo soportaría. Por un momento, contempló la posibilidad de enviarle un mensaje por alguna red social, pero la descartó de inmediato porque le parecía más sensato hablarlo en persona.
Solo estaba seguro de una cosa: los días que quedaban hasta el sábado se le harían eternos. Entonces, siendo honesto consigo mismo, se dijo que quizá era un castigo justo por todo el daño que le había hecho en el pasado.
2
Sábado, 4 de agosto de 2018
Kyle llegó a la librería media hora antes, pero no se animó a entrar. Al intentar buscar a Emily a través del escaparate, captó movimiento dentro de la librería: un montón de sillas ocupadas, aunque las de los escritores estaban vacías.
En un arrebato, no sabía si de cordura o de cobardía, se dirigió a Polly’s, una cafetería cercana. Una vez dentro, ya que no se atrevió a sentarse en la terraza, se pasó cuarenta eternos minutos preguntándose una y otra vez si debía volver a la presentación o si sería mejor marcharse. Cuando se decidió, el evento ya había empezado y la encargada de la tienda daba la bienvenida al público.
Kyle entró en Daunt Books intentando no llamar la atención, aunque se sintió un poco estúpido. Un poco más de lo que ya se sentía por haber ido hasta allí en busca de… ¿qué?
«¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué he venido a buscar? ¿Un amor que dejé escapar hace dieciséis años? ¿De verdad espero que corra hacia mis brazos y actúe como si nada hubiese pasado cuando me vea?»
Se sentó. El café que acababa de beberse le estaba provocando acidez, o quizá solo era la situación absurda en la que se había metido y que su razón le recriminaba.
Inspiró hondo y dejó la mente en blanco para centrarse en la presentación. Una coordinadora presentaba a los autores uno a uno, los cuales iban subiendo al escenario y sentándose en su sitio. Hasta ese momento no había prestado atención, centrado como estaba en encontrar una cara conocida mientras divagaba sin parar.
Observó el panel, donde había tres mujeres y dos hombres, aunque ninguna era a quién esperaba ver. Se inquietó aún más. No había prestado atención al nombre de esos autores, así que empezó a preguntarse si se habría equivocado y si ese relato que había leído no estaba basado en su historia, sino que simplemente se trataba de una extraña coincidencia.
«¡No! ¡No puede ser!», se dijo. «Los hechos que se relatan en el libro son exactamente como los recuerdo, y las palabras… No puede tratarse de una coincidencia».
Frustrado y enfadado consigo mismo por su absurdo comportamiento, decidió que ya era hora de irse y acabar de una vez por todas con ese asunto, pero entonces la coordinadora anunció a Miranda Darcy.
La adrenalina le recorrió el cuerpo con la fuerza de un tsunami.
Kyle se quedó quieto, con la mirada fija hacia delante. Lo primero que vio fue su espalda. Con un andar delicado y envuelta en un vestido vaporoso de color salmón que llevaba ajustado a la cintura con un fino cinturón marrón y dorado, se dirigió hacia el escenario. El pelo le caía en cascada sobre los hombros. Kyle quería verle la cara, pero no llegaba a hacerlo desde donde estaba, en la última hilera de sillas. La ansiedad se apoderó de él durante unos segundos hasta que, como si la escena se desarrollara a cámara lenta, consiguió distinguirle el perfil y, finalmente, la cara cuando se giró hacia el público y se sentó en la mesa con los demás autores. Entonces, Kyle sintió que la librería se llenaba de luz y colores.
La escritora, con las mejillas encendidas, dio un sorbo al vaso de agua mientras la moderadora daba la charla por iniciada. La primera pregunta fue para ella.
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