Brianna Callum - Nuestra asignatura pendiente

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Emily cree que el amor no tiene cabida fuera de los libros. Para ella, las historias que la llevaron a la fama son pura fantasía. Entonces decide emprender un viaje para reencontrarse con sus raíces a través de la historia de su abuela y descubre que ambas renunciaron a todo por amor, pero de un modo completamente distinto: Malak se fue de su país para poder casarse, Emily levantó muros a su alrededor para que nunca más le rompieran el corazón.
Los aromas, los sabores y los paisajes de Marruecos la harán reencontrarse consigo misma y desenterrar un amor que llevaba años dormido.

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Y nosotros, que formábamos parte de ese entorno y, al mismo tiempo, de nuestro propio mundo, caminábamos. Caminábamos y fingíamos indiferencia cuando nuestras manos se rozaban. Entonces contenía la respiración durante un segundo, aunque después la soltaba despacito para no delatar la emoción que me provocaba sentir tu piel contra la mía.

Te miré de reojo mientras hablabas. Teníamos que hacer un cartel para el instituto, así que exponías todas las ideas que se te pasaban por la cabeza. Diseñar se te daba bien: siempre dabas con alguna ocurrencia que te hacía destacar entre los demás. De hecho, el paseo por el parque formaba parte del proyecto.

Comenté algo y volví a mirarte. Seguías concentrado en tu discurso; y yo, en tu perfil. Nunca llegarías a participar en un concurso de belleza, pero yo tampoco. Aunque, para mí, hacía años que te habías convertido en el chico más guapo de todos: con tu pelo oscuro, corto pero alborotado, y tus ojos marrones, que lo miraban todo intensamente. La nariz recta acababa de perfilar el rostro, que siempre tenía una expresión amable, y una boca que me moría por besar. Me preguntaba si conocías mis deseos.

Me obligué a apartar la mirada para no quedar en evidencia, aunque me pareció que, durante una fracción de segundo, eras tú quien me miraba. Sentí como los nervios me nacían en la boca del estómago y tuve miedo de hablar por si tartamudeaba. ¿Cuántas veces había soñado despierta, amparada por la soledad de mi habitación, imaginando que tú sentías lo mismo? ¡Ya había perdido la cuenta! El simple hecho de pensarlo mientras estabas a mi lado fue como si un terremoto desestabilizase la tierra y, con fuerza descomunal, me hiciese perder el equilibrio.

Quería mirarte otra vez, pero no me atrevía.

Después de la excursión, y ya fuera del parque, nos dirigimos a Notting Hill para acabar el trabajo en tu casa. Durante el camino, la tentación nos llevó a atravesar el mercadillo de Portobello, que hervía de actividad por el centenar de tiendas y puestos variados que lo formaban.

Se nos acercó una mujer de mediana edad, que se interpuso en nuestro camino para impedirnos seguir avanzando. Llevaba una cesta repleta de flores colgada del brazo y algunos ramos en la mano.

—¿No quiere comprarle rosas blancas a su novia, joven? —te preguntó mientras te ponía un ramo delante de la cara.

Me puse roja como un tomate ante la confusión de la señora, pero tú solo parpadeaste.

—Ella no es… —empezaste a decir, pero no acabaste la frase. Me miraste, y esta vez anticipé que algo cambiaría entre nosotros. Lo que pasó después fue extraño e increíblemente poderoso, como si una onda eléctrica nos atravesara. El nudo que tenía en la boca del estómago se intensificó; y no quiero ni imaginarme cómo debía tener las mejillas. El tiempo se detuvo, aunque solo para nosotros, y quise creer que sentías lo mismo que yo. Volviste a mirar a la mujer, tanto las rosas blancas que llevaba en la mano como las flores de la cesta—. Rosas no, fresias —dijiste.

La mujer asintió, mostrándose conforme. Cogió un ramito multicolor y te lo entregó a cambio del dinero que ya le ofrecías. Después de darte las gracias, se alejó canturreando en busca de otros clientes, aprovechando que varias personas se encontraban cerca.

Con una tranquilidad envidiable, alargaste el brazo y me diste las flores. Yo era un manojo de nervios.

—Para ti —pronunciaste con un tono casi solemne; después retomaste la marcha porque la vendedora por fin había dejado el camino libre.

—¿Cómo has sabido que me gustan las fresias? —te pregunté cuando te alcancé. Me miraste y sonreíste, dedicándome esa sonrisa que te llegaba a los ojos y que me encandilaba. Enterré la cara en las flores para que no pudieras ver que me había vuelto a poner roja. El perfume dulce me embriagó, era delicioso. ¿O me sentía embriagada por el simple hecho de estar a tu lado?

Te paraste otra vez y te giraste para quedar uno frente al otro. Te acercaste y me cogiste la cara con las manos, entonces me atravesaste el alma con la mirada.

—Lo he sabido porque al mirarte veo que eres policromática. Y no se trata de tu ropa, no. Es algo que te envuelve. ¿Tu aura? No lo sé. Solo sé que es como una luz que te rodea…

—Y esa luz tiene mil matices. Eres primavera, colores, alegría… No, rosas blancas, no. Contigo van más las fresias.

—¡Papá! —gritó Bethany—. ¿Por qué no me has dicho que ya te lo has leído?

Kyle parpadeó. No se había dado cuenta de que había hablado en voz alta. Se sentía raro. Confundido. Tanto, que se miró las manos, pero las tenía vacías. Si su hija no hubiese estado delante, se hubiese echado a llorar como un niño. Sentía un nudo en la garganta.

—Es que no lo he leído —balbuceó, todavía inmerso en la historia.

—¿Cómo qué no? ¡Si lo has dicho tal cual está en el libro! ¡Mira! —exclamó molesta, y señaló con el dedo el párrafo que acababa de recitar.

Kyle leyó en voz alta:

—Lo he sabido porque al mirarte veo que eres policromática. Y no se trata de tu ropa, no. Es algo que te envuelve. ¿Tu aura? No lo sé. Solo sé que es como una luz que te rodea y esa luz tiene mil matices. Eres primavera, colores, alegría… No, rosas blancas, no. Contigo van más las fresias.

—¿Ves? Justo cómo has dicho. ¡Te conoces el texto de memoria! ¿Cómo lo has hecho?

—No lo sé, Bethany —mintió, sintiéndose incómodo—. Por favor, come o el desayuno se enfriará —intentó cambiar de tema, pero ni siquiera cuando su hija le obedeció fue capaz de evadirse. Al cabo de varios minutos, la curiosidad lo venció, necesitaba esclarecer lo que estaba pasando—. Y… eh, ¿quién es el autor del libro?

—Es una antología, papá, ya te lo he dicho. Cada relato es de un autor diferente.

—Ah… bueno... Pero, ¿quién ha escrito ese que has leído?

—No me lo he leído entero, papá, solo una escena y ni siquiera la he podido acabar porque me has interrumpido. Estoy segura de que estaban a punto de besarse.

Kyle tragó saliva. Sí, estaban a punto de hacerlo. Lo recordaba tan claramente que el corazón le iba a mil por hora, del mismo modo que cuando lo había vivido.

—Bethany, déjate de tecnicismos. ¿Me dirás quién lo ha escrito?

—Miranda Darcy —dijo por fin.

—¿Miranda Darcy? —clamó entre confundido y ofuscado cuando su hija no pronunció el nombre que estaba seguro que diría. Le quitó el libro de las manos y buscó entre las páginas de información sobre la autora, aunque la concebía como una usurpadora de historias—. ¿Quién cojones es Miranda Darcy? —masculló.

—La autora de ese relato, papá; ¡mi escritora favorita! —indicó con una entonación que daba a entender que la respuesta era más que obvia—. ¿No recuerdas que tengo todas las novelas que ha escrito? ¡Pero si me has regalado unas cuantas! ¿Por qué te pones así? ¿Qué pasa con Miranda Darcy?

—Nada... Nada —repitió, intentando tranquilizarse. No podía quedar como un idiota delante de su hija. Sonrió y, cuando volvió a hablar, intentó que la voz le sonase indiferente—. Solo es curiosidad.

—Mmm, vale... —acotó la joven encogiéndose un poco de hombros, gesto que había heredado de Kyle. Después de mirar la hora, Bethany acabó de desayunar a toda velocidad.

—Si comes así te sentará mal —señaló él.

—Es que tengo que irme, papá. Llegaré tarde a baile, pero tampoco quería irme con el estómago vacío —se levantó con el libro en la mano, aunque enseguida volvió a dejarlo sobre la mesa. Kyle siguió con minuciosidad cada uno de sus movimientos—. No me llevaré el libro, por si quieres saber cómo acaba la historia. Y, por cierto, puedes encontrar información sobre Miranda en su página web.

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