2.2.4. Autocrítica de este período maniqueo
Agustín interpreta este período como de máxima gravedad. Lo compara con los cuentos de fábulas.
Adoctrinado por los maniqueos llega al materialismo más aberrante, como lo demuestra su concepción pansiquista5 del universo, su incapacidad de pensar y admitir otra realidad que la corpórea, convirtiendo tanto a Dios como al principio del mal en masas corporales.
De esta manera fue descendiendo a las profundidades del abismo, prostituido, obnubilado, hambriento de verdad, sumido en una angustia vital.
El maniqueísmo lo metió en un círculo vicioso del que era muy difícil salir. Dada su concepción del mal, Agustín nunca se reconocía pecador, pues el pecado era una fuerza externa del hombre.
Viviendo bajo el impulso de la visión de la carne, llegó a tal extremo que hasta su misma madre lo apartó de su mesa.
En resumen, Agustín condensa esta etapa diciendo: “Casi nueve años, durante los cuales continué revolcándome en aquel abismo de lodo y tinieblas de error, hundiéndome tanto más, cuantos más esfuerzos hacía por salir de él” (L. III, c. XI).
2.2.5. Otros aspectos de la vida de Agustín
Muchos de los aspectos de la vida de la primera etapa de la adolescencia se arraigan en el corazón de Agustín. Durante este tiempo se une en concubinato a una mujer, madre de su hijo Adeodato.
Cayó en la consulta de las artes matemáticas por afición y porque no ofrecían sacrificios en sus adivinaciones. Su maldad estriba en que sujeta la libertad humana al determinismo de los dioses. Esta práctica de la adivinación estaba bastante arraigada en él.
Tanto en el ejercicio como en la enseñanza de la retórica lo guiaban los mismos fines que le inculcaron cuando la estudiaba. La vanidad, el deseo de lucrar, la falsedad.
Durante este tiempo milita en contra de la Iglesia, apartando a su amigo del alma de la verdadera fe y tratando de que renunciara al bautismo después de haberlo recibido en tiempo de enfermedad grave (Cf. L. IV, c. IV). Tiene por su amigo una sincera amistad; pero por no ser una amistad unida por la caridad, cuando muere el amigo se queda sin consuelo por no saber amar humanamente a los hombres y poner su corazón totalmente en realidades humanas. Así se describe a sí mismo ante la pérdida de su amigo en un texto bellísimo que refleja no sólo la sensibilidad de Agustín, sino también su falta de orientación:
“¡Oh locura, que no sabe amar a los hombres humanamente! ¡Necio, que padece en demasía por las cosas humanas! Así era yo entonces. Me enardecía y suspiraba y lloraba y me turbaba y no hallaba descanso ni consejo. Llevaba a cuestas mi alma despedazada y ensangrentada, impaciente de ser llevada por mí, y no hallaba donde ponerla. Ni descansaba en los bosques amenos, ni en los juegos, ni en la música, ni en lugares olorosos, ni en banquetes espléndidos, ni en los placeres del lecho y del hogar, ni, finalmente, en los libros ni en los versos. Todo me causaba horror, hasta la misma luz” (L. IV, c. VII).
En relación con las personas se guiaba por la valoración de los hombres, no por el juicio de Dios. Se tiene a sí mismo como una persona influenciable, llevada y traída por las opiniones de los demás.
La orientación de la vida de Agustín está resumida en esta frase: “Amaba las bellezas de orden inferior” (L. IV, c. XIII). Refleja su estado de pecado cuando describe cómo fue engañado y engañador, soberbio, supersticioso, vanidoso, ávido del aplauso, arrastrado por la concupiscencia.
2.3. Última etapa de la adolescencia
Este período se caracteriza por el abandono del maniqueísmo, la caída en el escepticismo y su progresivo acercamiento a la fe de la Iglesia católica. Una vez desilusionado por las ideas de Manes, adscribe a la idea de los filósofos que sostienen: “Que se debe dudar de todas las cosas y que ninguna verdad puede ser comprendida por el hombre” (L. V, c. X). Agustín, consecuentemente, desesperaba –después del apasionado amor a la verdad que había experimentado– por encontrar la verdad alguna vez, o el que hubiese un camino para llegar a ella y, por lo tanto, ni pensaba que estuviera en la Iglesia.
Esta actitud ante la búsqueda de la sabiduría apaga la pasión más fuerte de Agustín, que se encuentra desorientado, perdido, lleno de inquietudes.
Desde esta situación de desesperanza comienza su apertura a la fe. Durante su progresivo acercamiento a la Iglesia aún persiste, y en ocasiones se arraigan, las secuelas de la vida pecadora de Agustín. Así la vanidad, el deseo de honor, el dinero, el deseo carnal y su entrega a las relaciones sexuales fuera del matrimonio, son otros tantos aspectos que nos revelan desde qué abismo de destrucción deberá comenzar a edificar su nueva vida de fe.
Desde el gran día en que había descubierto la sabiduría hasta los 30 años, Agustín se da cuenta que no sólo no había avanzado nada, sino que estaba peor:
“Y sobre todo me admiraba, recordando con sumo cuidado cuán largo espacio de tiempo había pasado desde mis diecinueve años, en que empecé a arder en deseos de la sabiduría, proponiendo, hallada ésta, abandonar todas las vanas esperanzas y engañosas locuras de las pasiones. Ya tenía treinta años y todavía me hallaba en el mismo pantano, ávido de gozar los bienes presentes, que huían y me disipaban” (L. VI, c. XI).
De nuevo confiesa: “Pero así era yo” (L. V, c. X).
3. PECADOR EN EL INICIO DE LA JUVENTUD
Cuando Agustín entra en esta edad está ya a un paso de la conversión. Es el tiempo de la crisis y del inicio de los grandes cambios. Tenía ya treinta años. Una de las notas características de Agustín, la vanidad, continúa haciendo nido en su personalidad.
Sigue ardiendo en el corazón de Agustín el deseo de amar y ser amado, sea como sea, y sin freno. La relación con las mujeres es una de las cosas que le impedían acercarse a Dios. Reconoce que ha llegado a esta edad, envuelto en tal nebulosa, con el corazón tan perdido, que casi no llega ni a tener conciencia de sí mismo.
También confiesa haber llegado a conocer a Dios sin darle la gloria que se merece. Describe así su estado desde el borde de la conversión:
“¿Quién y qué era yo? ¿Qué no hubo de malo en mis acciones, y si no en mis actos, en mis dichos, y si no en mis dichos en mi voluntad? Pero, Tú, Señor, eres bueno y misericordioso penetraste la profundidad de mi muerte y tu brazo extrajo del fondo de mi corazón un abismo de corrupción” (L. IX, c. I).
El estado de pecado en el que se encuentra Agustín no es algo superficia1, como polvo que se retira simplemente frotando. Es una situación arraigada, profunda, que toca sus mismas raíces. Es, en el fondo de su corazón desorientado hacia el pecado, de donde surgen sus afectos o sus acciones. El autor, con su habitual viveza de imágenes nos narra esta realidad del pecado y cómo había hundido sus raíces en la estructura de su personalidad:
“Ligado no por cadena ajena, sino por mi propia férrea voluntad. El enemigo se había apoderado de mi voluntad y con ello había fabricado una cadena, aprisionándome. Mi voluntad perversa se hizo pasión, la cual, servida, se hizo costumbre, y la costumbre no contrariada se hizo necesidad. Y con éstos a manera de eslabones trabados entre sí, que por esto la llamé cadena, me tenían oprimido en dura servidumbre” (L. VIII, c. V).
Imágenes como estar atado, cadenas que aprietan, voluntad atada de manos, esclavitud, servidumbre, se suceden en el libro de Confesiones para indicar el estado de su autor. El mismo pecado, con sus actos libres, ha ido entretejiendo la red de la costumbre que lo envuelve en sus mallas, hasta esclavizarlo y crearle la necesidad de hacer lo que hace, hasta convertirlo en siervo de sus instintos.
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