Si logramos descubrir esto llegaremos a penetrar en el esfuerzo que tiene que hacer para superar esta situación. De esta manera apoyaremos la tesis de que la conversión es un proceso, al menos en el caso de Agustín.
1. PECADOR EN LA INFANCIA Y LA NIÑEZ
Agustín comienza la historia de su vida pecadora con una pregunta retórica: “¿Quién me podrá recordar el pecado de mi infancia?” (L. I, c. VII).
Su pregunta no le parece inútil, ya que nadie está limpio de pecado ante Dios, porque ha sido concebido en pecado, porque los otros niños demuestran lo que cada uno es de niño y ha descubierto niños envidiosos o porque deseaba, llorando, el pecho de su madre.
Agustín se detiene en los pecados de la ‘niñez’, pues ya de esa época tiene recuerdos.
Los pecados concretos que nos narra eran pequeños, casi sin importancia: no estudiar, desobedecer los mandatos de los padres o los maestros, jugar desatendiendo los deberes, mentir, robar cosas de la alacena o la mesa, discutir, envidiar. En todos estos actos, tan veniales, descubre, sin embargo, una cierta intencionalidad muy peligrosa que luego se iría intensificando en las actitudes vitales (Cf. L. I, c. XIX).
Así reconoce que durante la niñez no se guiaba por elegir lo mejor y más conveniente, sino aquello que le resultaba más agradable; se apasionaba a las fábulas, hasta tal punto de descuidar las letras y dedicarse a la gramática y poder así leer las falsas historias.
El niño Agustín se dejaba llevar por un incontrolado viento de triunfo, de sobresalir entre sus compañeros; por una afición desmedida a los espectáculos y juegos de los mayores; ardía en deseos de ser alabado; la alabanza de los demás era el único criterio que tenía para discernir si vivía honestamente. También lo arrastraba la gula.
El punto clave del pecado, en aquel tiempo, lo pone Agustín en esto: “Mas en lo que yo ciertamente pecaba era en buscar no en Él, sino en sus criaturas, en mí mismo y en los demás los deleites, las honras, las verdades. De esta manera caía en dolores, confusiones, errores” (L. I, c. XX). De tal manera que hace este juicio final de su infancia: “De niño, yacía, miserable, en el umbral de tales costumbres..., temía más cometer un barbarismo que cuidaba de no envidiar, si lo cometía, a aquellos que lo habían evitado” (L. I, c. XIX).
2. PECADOR DURANTE LA ADOLESCENCIA
Este período que transcurre entre los catorce y los veintiocho años, es la época en que Agustín vive intensamente una vida de pecado. Durante este tiempo se arraigan los criterios falsos, se habitúa a los caminos errados, da rienda suelta a sus afectos, anda metido en la vorágine de la sexualidad, se ciega por la verdad engañosa, se entrega a la vanidad y el orgullo...
“Quiero ahora recordar las fealdades de mi vida pasada, las corrupciones carnales de mi alma (…) recordando en la amargura de una revivida memoria mis perversos caminos y malas andanzas. (…) Durante algún tiempo de mi adolescencia ardía en el deseo de saciar los más bajos apetitos y me hice como una selva de sombríos amores. Se marchitó mi hermosura y aparecí ante tus ojos como un ser podrido y sólo atento a complacerse a sí mismo y agradar a los demás (L. II, c. I).
Este es el gran período en que Agustín se hunde, encuentra el hambre de la verdad, se afilia al maniqueísmo2, se desilusiona de él, accede al escepticismo3, descubre a Platón y al fin da con la fe católica. Es una etapa apasionante, rica en matices, inabarcable, digna no sólo de la inteligencia de Agustín, sino de su calidad humana. Agustín es mucho más grande por persona que por inteligente.
Este capítulo lo dividiré en partes, según los diversos períodos de esta época.
2.1. Primera etapa de su adolescencia (de los 14 a los 18 años)
El punto culminante de esta época coincide con el despertar de la sexualidad, que acontece a los 16 años.
2.1.1. El torbellino de los afectos
Agustín describe de un modo brillante, con toda su fuerza retórica, la confusión que vivió a lo largo de esta época. Los deseos, afectos, las pasiones lo empujaban y llevaban a la deriva. Lo vemos apasionado, tanto para lo malo como para lo bueno. El despertar de su sexualidad coincide con un año que no va a clases. Esta circunstancia no ayudó a sobrellevar el fuego de sus pasiones (Cf. L. II, c. III).
Tampoco encuentra un clima propicio para serenarse en la ciudad de Cartago, a la que pasaría a estudiar un año después. Allí Agustín se encuentra con el ambiente propicio para desarrollar sus tendencias. Son muchas las imágenes que usa para descubrir el estado de ánimo que vivía en aquellos años. Sentía como un fuego. Un fuego de pasión que lo hacía arder en deseos, abrasarse, hervir, ser azotado por varas de hierro candente. Se describe a sí mismo con una imagen, cual si se hubiera pervertido, convertido en salvaje o en fiera en medio de la selva: “me hice como una selva de sombríos amores”.
Sus afectos lo sumen en la confusión, como si estuviera rodeado de niebla, o sumergido en un abismo de vapor, o sumido en la oscuridad. El símbolo del mar le sirve también para reflejar la tormenta de su vida. Como enormes olas se suceden sus afectos sin acantilados que las contengan.
Empujado por el ímpetu de las pasiones, se derrumbó. Encadenado, embotado el corazón, arrebatado y, en fin, dominado por las pasiones a las que se entregó y tienen la dirección de su vida y lo rodean, adheridas a él como una enredadera o zarza o como un nudo que lo sujeta, difícil de desatar.
2.1.2. Desbordado por el deseo de amar y ser amado
Agustín se siente fuertemente impulsado por la noble pasión del amor. “Todavía no amaba, pero amaba el amar... Buscaba qué amar, buscando el amar... Amar y ser amado era la cosa más dulce para mí” (L. III, c. I).
Este impulso impresionante de su amor no se vería libre de la tormenta que anidaba en sí mismo. Así lo reconoce cuando escribe: “Del fango de la concupiscencia carnal... se levantaban nieblas que, oscurecían y ofuscaban mi corazón, hasta no discernir la serenidad del amor del vicio de la sensualidad” (L. II, c. II).
De tal manera que, según su narración, la nota característica de vivir durante este tiempo el amor es la ‘extralimitación’: “No guardábamos compostura” (L. II, c. II). Lo cual se manifiesta en una praxis muy concreta de relación sexual fuera del matrimonio, de la que narra un caso concreto y un deseo fuertísimo de una mujer tenido durante la celebración de la comunidad cristiana.
El modo cómo Agustín vive su amor se nos revela en los criterios que lo regía a lo largo de esta etapa: dejar de adulterar y fornicar le parecían comportamientos ‘femeninos’; no concibe el amor sin la relación corporal y el amor está indisolublemente unido al ejercicio de la sexualidad. Tanto él como sus padres tenían un comportamiento que se podría resumir en esta expresión: “No podía conseguir la plena serenidad” (L. II, c. II).
2.1.3. La afición a los espectáculos teatrales
Agustín tiene una afición enorme a ellos hasta sentirse ‘arrebatado’. Una vez convertido los rechaza porque eran un incentivo para las pasiones, pues sentía complacencia en las torpezas de los amantes representadas por los actores y se gozaba con sus pecados. Además eran una locura, había que gozarse en el dolor que se fingía o representaba, y tanto mejor era la obra cuanto más llegaba al espectador y le provocaba las lágrimas. Junto a la afición del teatro también nos recuerda su entusiasmo por los juego, afición que ya tenía desde niño.
2.1.4. Falsa finalidad de sus estudios
Durante este tiempo comienza en serio su carrera de retórica y elocuencia. Lo que él nos cuenta sobre la finalidad y los estímulos para estudiar son una clara muestra de la desorientación y desviación de su vida.
Читать дальше