La finalidad de sus estudios era adquirir elocuencia para poder engañar en el foro (Cf. L. III, c. III). A lo largo de estos estudios Agustín descubre sus actitudes: le movía el deseo de sobresalir por encima de los demás a causa de la soberbia y vanidad.
2.1.5. Sus motivaciones
Así, durante esta época, sigue la inclinación de agradarse a sí mismo. Otra de sus fuerzas motrices es el deseo de agradar a los demás. Este deseo lo lleva a jactarse ante sus amigos, hasta de actos que no había hecho o a exagerar los cometidos. El quedar bien, equipararse a otros aun en lo malo, el no ser menos, el miedo a lo que pudieran decir de él lo lleva a un determinado comportamiento. Todo esto nacía de su afán por sobresalir apoyado en la vanidad y el orgullo.
Además de estas motivaciones es necesario destacar la atracción que el mal, en cuanto mal, ejerce sobre Agustín. Hay un hecho significativo: Agustín, aun reconociendo la insignificancia del acto; le da una gran importancia por su significado, por los motivos que lo llevaron a realizar un robo, por ejemplo. Así la maldad del hurto no está en la materialidad de lo que robó, sino en el pecar por pecar, en el amor al mal, a la misma iniquidad. En esta acción no buscó el atractivo que las cosas tienen en sí mismas y por lo que se pueden apetecer, ya que él no necesitaba unas peras robadas.4
El pecado para Agustín no está sólo en pecar, contra un objeto más o menos grave, sino en la maldad del corazón que aparece en las obras por muy insignificantes que éstas sean. Por eso exclama lleno de amargura: “He aquí mi corazón, Señor,... del que tuviste misericordia cuando estaba en lo profundo del abismo. Que te diga ahora mi corazón, qué era lo que allí buscaba, para ser malo de balde... Era feo y lo amé; amé perecer, amé mi defecto” (L. II, c. IV). Cuando Agustín vislumbra este abismo de maldad que anida en el corazón humano, y en el suyo en concreto, se vuelve a Dios para alabarlo no sólo por los pecados perdonados, sino por los que pudo llegar a cometer y Dios lo libró.
2.1.6. Juicio crítico de este período
Agustín se autocritica implacablemente y hace de esta etapa un juicio muy duro que merece la pena destacar a fin de que penetremos mejor la situación en que se encuentra un verdadero pecador que quiera convertirse.
Piensa que estuvo totalmente desviado, desorientado, del camino: “Me aparté de ti y anduve errado (…) Dios mío, en mi adolescencia, descaminado en demasía de tu firmeza y convertido en tierra estéril” (Cf. L II y III). Esta desviación fue tan grande que tiene que confesar que pecó mucho. El fruto de todo este comportamiento fue la nada.
Con un acento lleno de pena y humildad testimonia esta etapa de su vida con esta expresión: “Así era mi vida. Pero, ¿era vida, Dios mío?” (L. III, c. II).
2.2. Se incorpora en el maniqueísmo - Segunda etapa de su adolescencia
Hasta ahora hemos analizado la situación de pecado de Agustín en lo que se refiere a la sexualidad, la vanidad, la condescendencia con los diversos impulsos de su alma. Pero, hay una parte muy importante en él, dada la grandeza de su mente, que es fundamental para poder acercarse a su estado de pecado: se trata de la contaminación de las ideas o el pecado de la inteligencia o de la mente.
El hombre es una unidad y cuando un nivel de la personalidad está desorientado, también participan de su desviación todos los demás. Agustín es un hombre pecador desde el instinto más oculto hasta la raíz de su mismo pensamiento. En este momento nos adentramos en el pecado de la mente, que el mismo Agustín nos lo presenta de esta manera: “Los errores y las opiniones falsas contaminan la vida si la misma razón está viciada” (L. IV, c. XV).
El error de la mente obnubila su inteligencia del mismo modo que las pasiones ofuscan su voluntad (Cf. L VII c. I).
2.2.1. Su despertar a la verdad
De la misma manera que hemos visto que Agustín despierta a la sexualidad, así también despierta a la verdad o a la sabiduría. Desde ese momento nace en él una pasión tan grande que el amor a la verdad saldrá vencedor, después de muchos años, sobre cualquier otra pasión de su alma. Sería muy interesante comparar el lenguaje sobre el amor y la sexualidad y el que usa al describir su entrega a la sabiduría.
Esta pasión se despierta en él al descubrir y leer el libro El Hortensio de Cicerón. Este momento es uno de los grandes hitos de su vida. Se encienden sus afectos, arde en deseos de alcanzar la verdad, descubre la estupidez, suspira por la sabiduría: “Aquel libro cambió mis afectos e hizo otros mis deseos. De repente se me desprestigio toda vana esperanza y con increíble ardor del corazón deseé la sabiduría imperecedera” (L. III, c. IV).
2.2.2. Cae en el maniqueísmo
De la misma manera que su deseo de amar y ser amado, lo empujó a buscar toda forma de unión, aunque fueran destructivas, así también el amor a la sabiduría lo convierte en terreno abonado para la acción de cualquier secta. Sensibilizado ante la verdad con toda su capacidad de entrega y apasionamiento se encuentra con los maniqueos.
Agustín se deslumbró con la palabra “verdad” que tenían siempre en sus labios, pero que nunca había encontrado en su corazón. Arrebatado por ella, nos narra que fue seducido como si esa falsa sabiduría hubiera sido una engañosa mujer (Cf. L III, c. VI).
A este movimiento estuvo verdaderamente entregado hasta que se desilusionó. Había creído en él.
2.2.3. La contaminación de las ideas
Agustín, en la secta maniquea, encuentra brillantes palabras sobre la verdad pero sin contenido. El error primordial que recibe de la secta se refiere a la comprensión de la naturaleza de Dios: “Lo que pensaba de ti no era algo sólido y firme, sino un fantasma, siendo mi error mi Dios” (L. IV, c. VII). Era incapaz de comprender a Dios como un espíritu. Por ello tiene que preguntarse por la forma corpórea de Dios. Porque sólo podía imaginar formas corporales. De esta manera se lo imaginaba como un fantasma, cual si tuviera un cuerpo luminoso, imaginándolo como una masa corpórea, que él mismo describe.
“Si no imaginaba que aquel ser incorruptible... que yo prefería a todo lo corruptible, tuviera forma de cuerpo humano, me viera precisado al menos a concebirle como algo corpóreo que se extiende por los espacios, sea infuso en el mundo, sea difuso fuera del mundo por el infinito. Porque a cuanto privaba yo de tales espacios me parecía que era nada…” (L. VII, c. I).
Antes que negar que el hombre era igual a Dios en naturaleza, afirmaba que Dios mismo era mudable y llega a concebir a Dios como sujeto de los predicamentos aristotélicos.
Muy unido al concepto de Dios está la comprensión de la naturaleza del mal. Los maniqueos se preguntan por su origen. Agustín, dócil a la secta, aún no había descubierto el significado del mal, admite los dos principios, el bueno -Dios- y el del mal. Y reflexiona así: el hombre viene de Dios, que es bueno, por lo tanto no hace el mal ni tiene capacidad para ello. Por eso el hombre que hace mal no peca porque no es él quien obra, sino una naturaleza extraña a él. Apoyado en el principio de que no se puede concebir sino aquello que es corpóreo, concibe el mal como una masa material (Cf. L. V).
De esta manera la causa del mal se opone a la de Dios y no ha sido creada, sino que coexiste junto a Dios desde siempre, limitándolo.
También le metieron los maniqueos ideas aberrantes sobre el hombre. Él mismo confiesa no saber lo que es el hombre ni lo que significa ser “imagen de Dios”. Llegó a pensar que era igual a Dios en naturaleza.
Pensaba al hombre como una parte de la masa corporal de Dios. El principio de que todo lo que existe es corpóreo le impedía llegar a un conocimiento de la naturaleza del alma; más aún, la misma facultad de pensar e imaginar no la podía concebir sino de un modo materialista. También en lo que se refiere al comportamiento humano, la moral, su pensamiento seguía rumbos equivocados.
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