Aunque yo no pienso que son cosas de niños. Para mi casarme con Junior es muy importante. ¡Es tan guapo!
—¿Y por qué tanta prisa por casaros? —es mi madre la que sigue hablando.
—Para besarnos —digo sin apenas pensar mi respuesta.
Mi padre se levanta de su silla, arrastrándola en el suelo y lo hace al tiempo que da un golpe en la mesa, yo doy un brinco en la silla en la que estoy sentada y frunzo los ojos por el susto. Mi madre sigue riéndose y mi padre comienza a dar vueltas sobre sí mismo acariciándose la coleta en la cual lleva recogido su pelo, ese gesto suele hacerlo siempre que está nervioso. Mi padre, a pesar de que ya es algo mayor, sigue conservando el pelo largo y suele llevarlo recogido.
—Pero ¿tú estás escuchando, Gloria? —dice por fin después de un largo silencio.
—Héctor… —desaprueba mi madre, poniendo los ojos en blanco y mordiéndose el labio inferior. Mi padre es muy exagerado para todo, sobre todo en cuanto a mí se refiere. Soy su niña. Su Victoria. Su Zafer.
—A ver cariño para darse besos no hace falta estar casados. Tú puedes darle besos a Junior cuando quieras y él también puede dártelos a ti —es mi madre la que habla de nuevo, mientras acaricia mi pelo—. Sois como hermanos —arrugo la frente al escucharla.
Pfffff… Creo que mi madre no ha entendido qué clase de besos queremos darnos.
—Eso, nena, tu aliéntala. Dale ánimos —gruñe mi padre, mientras aplaude de forma pausada e irónica. Se me escapa una risita, cuando lo veo tan enfadado y aplaudiendo.
—Pero… es que… nosotros queremos besarnos como los mayores —tapo mi boca al decir esto y abro mucho los ojos.
Mi madre se ríe a carcajadas y mi padre se ha quedado tan tieso, al escucharme, que parece que se ha tragado un palo, está tan tieso más que una vela, su cara se ha quedado blanca y sus ojos se han quedado fijos en mí.
¡Ups!
—¿Y cómo se besan los mayores? —pregunta mi madre.
Resoplo antes de contestar. Es que tengo la impresión de que en estos momentos ella me está tratando como si fuera una niña pequeña y no lo soy. Yo ya soy mayor. Muy mayor. Tengo siete años.
—Pues como os besáis tú y papá y también Aris y Elena —cierro mis ojos, pongo morritos y muevo mi cabeza a un lado y a otro como si estuviera besando a alguien.
Mi madre vuelve a reírse a carcajadas, abro los ojos al escucharla y veo que mi padre sigue igual de tieso y con la cara desencajada. Todo esto parece que cada vez le está gustando menos.
Ahora además su boca está arrugada en señal de enfado y ha cruzado los brazos a la altura del pecho.
¡Oh, oh!
Yo no acabo de verle la gracia por ningún lado a todo esto, es más me estoy empezando a enfadar. Para mí lo de casarme con Junior me parece muy serio y también la mejor idea del mundo mundial.
—Voy a llamar a Aris ahora mismo —dice papá cogiendo su teléfono móvil. Mamá se lo quita de las manos de un tirón. Aris es el padre de Junior y, además, el mejor amigo de mi padre.
—Héctor, cariño, creo que estás sacando todo esto de quicio. No son más que dos niños.
—Serán dos niños y todo lo que tú quieras, pero a mí no me gusta nada que anden con estas tonterías. Que se empieza por un beso y, luego, las cosas terminan como terminan —dice con su tono de voz más alto de lo normal. Parece estar enfadado de verdad. Sí.
Mamá se acerca hasta papá. Él ha vuelto a sentarse en la silla y ella lo hace sobre sus rodillas.
Mamá fija sus enormes ojos azules sobre los míos, que, por cierto, son exactamente del mismo color y me pregunta que quién va a casarnos.
—Vega —respondo sonriendo. Parece que mi madre empieza a tomarse en serio lo de mi boda con Junior. Menos mal.
Vega es mi mejor amiga y además es la hermana de Junior, así que no hay nadie mejor que ella para casarnos.
—¿Puedo levantarme de la mesa? —pregunto, dando así por hecho que esta conversación ha terminado. Yo no tengo nada más que decir y espero que ellos tampoco.
—Sí —responde mamá.
«¡Bien!», pienso para mí. Solo me ha faltado cerrar uno de mis puños y alzarlo en señal de victoria.
—No — ese es papá.
—Esta conversación no ha terminado, jovencita —dejo caer lo hombros en señal de derrota, bajo la cabeza y noto como mis ánimos se vienen abajo mientras desinflo mis pulmones del aire que he retenido en ellos sin darme cuenta.
Mi padre me alza en brazos, me sienta a horcajadas sobre sus rodillas frente a él, y clava sus enormes ojos color café sobre los míos azules.
—Para poder casaros primero tenéis que ser novios —la voz de mi padre ya no suena tan ruda, parece que se ha relajado un poco.
Humedezco mis labios antes de contestar. Presiento que esto que voy a decirle ahora no va a gustarle nada de nada. Lo sé.
—Pero es que Junior dice que ya somos novios, que lo hemos sido desde siempre. Que los novios se agarran de la mano y se abrazan y nosotros eso ya lo hacemos —hago un silencio y trago saliva antes de continuar—. Junior dice que soy su chica —concluyo.
Mi padre abre mucho los ojos y yo hago lo mismo.
—¿Su chica? ¿Pero…?
—Héctor, cariño, el niño se limita a repetir lo que escucha. Aris dice que Elena es su chica y tú utilizas la misma expresión para referirte a mí—mi madre parece entender todo mucho mejor que mi padre. Mucho mejor. Sí—. ¿Qué esperabas? —sentencia mi madre.
—A ver, nena, yo creo que esto es más serio de lo que tú quieres creer —protesta, una vez más, mi padre.
—No, Héctor, tú le estás dando más importancia de la que tiene. Y esta conversación se termina aquí. Son dos niños. Dos niños que juegan a ser mayores. Dos niños inocentes que creen que el amor es casarse y darse besos. Dos niños y punto. Por favor, estamos hablando de dos críos de siete y diez años —resopla mamá esto último queriendo así dar por terminada la conversación, pero por lo que parece papá quiere seguir con el interrogatorio.
—¿Y desde cuando tú y Junior os agarráis de las manos y os abrazáis? —pregunta intrigado.
Me encojo de hombros y después contesto.
—Pues casi siempre. Porque Junior me agarra de la mano para cruzar la calle. Me abraza cuando saco buenas notas en el colegio. También lo hace para darme la enhorabuena cuando hago algo bien y cuando lloro o hay tormenta y estamos en el parque para que no tenga miedo.
—En eso la niña tiene razón —replica mi madre.
—Nena… —musita mi padre.
Mamá se acerca hasta nosotros y deposita un beso en mi cabeza y otro en los labios de mi padre.
—A dormir —me dice y me da una palmada en el trasero cuando, de un salto, me bajo de las rodillas de mi padre.
Subo las escaleras hasta mi habitación. Abro el armario y revuelvo en él buscando qué ponerme para mi boda con Junior mañana. Mi falda de tul favorita de color rosa, una camiseta negra y mis inseparables botas de lona Converse, también negras. Tengo que buscar un velo.
Junior
—Yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia —dice mi hermana Vega que está ejerciendo de cura mientras Vicky me mira con sus enormes ojos azules y me sonríe. Está preciosa con esa falda, esa camiseta y ese pañuelo que lleva puesto en la cabeza a modo de velo. Es la niña más bonita que nunca he visto. Es la niña más bonita que jamás veré.
—Pero si todavía no nos hemos puesto los anillos —me quejo.
—Yo qué sé. Es la primera vez que hago de cura —protesta mi hermana mientras a Vicky se le escapa una risita nerviosa.
Busco en el bolsillo de mi bañador las dos anillas de las latas de refrescos que le he pedido a Manu, el dueño del chiringuito de la playa donde veraneamos cada año. Es lo que voy a usar como anillo para mi boda con Vicky. Cuando sea mayor le regalaré uno de verdad, pero ahora solo tengo diez años y no tengo mucho dinero. El poco que tenía lo gasté ayer para comprar unas moras negras en la tienda de chuches y regalárselas.
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