Delia Colmenares - Confesiones de Dorish Dam

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Confesiones de Dorish Dam es la primera novela peruana con temática lésbica. Esta apasionada historia, escrita probablemente en 1929 por Delia Colmenares, retrata la vida personal, amorosa y social de una joven de clase alta limeña, quien va descubriendo los distintos placeres que la vida le tiene reservados.
La protagonista es Dorish Dam, una estilizada, elegante y delicada mujer de veinticinco años que se debate entre la vida independiente, con autonomía de su cuerpo y de su sexualidad, y la moral religiosa y las buenas costumbres. Huérfana y heredera de una gran fortuna queda al cuidado de una nodriza y una tía desde muy pequeña, estudia en un colegio de monjas y muy joven conoce a la Baronesa de Solimán, una mujer mucho mayor que ella, quien es su maestra, su amante y la causa de muchas de sus desgracias. Al lado de ella vivirá momentos que cuestionan su forma de vida, la harán perder la razón y hasta la vida.
Esta intensa novela, escrita hace casi cien años, lleva como temas centrales el amor, el sexo, la muerte, el dinero, los lujos, las orgías y las drogas. Además, nos permite conocer la Lima de inicios de los locos años veinte. Este libro es un clásico de la literatura peruana que ha vuelto para quedarse.
Delia Colmenares (1887 – 1968) nació en Piura y durante sus primeros años de escritura se dedicó al periodismo y a crear obras teatrales que llegaron a ser puestas en escena. Publicó sus primeros textos en la revista limeña Lulú y luego en La Prensa. Entre sus publicaciones se encuentran el poemario Iniciación (1922), la novela Epistolario del soldado desconocido (1926) y el poemario Colapsos (1950). La fecha de publicación de Confesiones de Dorish Dam es un misterio, pues en la edición original no aparece este dato, aunque lo más probable es que haya sido en 1929. A pesar de haber tenido una producción literaria importante, se sabe muy poco sobre ella y su obra. Murió en 1968.

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El filósofo

Bello orador es el teólogo. Porque sí, es una filosofía tan sabia que ni el mismo Salomón hubiera podido darle a esa frase una precisa síntesis de su valor. Porque sí, sencillamente, es una resolución de la voluntad.

Yo, que desde lejos escuchaba tan profunda discusión y teniendo a mi lado un montón de flores, estrujándolas, fijé la mirada en el teólogo que tan bellamente había defendido a la mujer. Ese hombre me encantaba, me atraía. Tenía que agradecerle a la Baronesa una fiesta tan original y hermosa. Llena a cada hora de sensaciones gratas. ¡Ah! el talento de la Baronesa. Cómo ha podido su cerebro organizar una diversión tan hermosa y exótica, con libertades de cortesana y caprichos diabólicos de artista. Con todo, me sentía feliz en ese ambiente. La discusión seguía:

La Baronesa

Ahora, que cesen las filosofías, eso es algo muy serio. Y para serio tenemos la vida que es una filosofía inexplicable. Maestro, aunque ría de mí, la vida es tan complicada que hasta la misma filosofía se aturde. Si he hablado mal, válgame la buena voluntad de haberlo dicho. El mundo dice que es una tragedia donde cada ser humano tiene que hacer el papel que le tocó. Aquí creo que estoy en una verdad al decir que el papel debe hacerlo cada uno lo mejor que pueda.

El crítico

No, porque si el papel es el de un criminal que lo haga bien, señora Baronesa, según su criterio, no, yo no estoy con ello, no.

La Baronesa

Los críticos tienen el criterio de criticar las cosas según su lógica y su talento. Por eso, el crítico, según mi razonar, no podrá jamás hacer el juicio puro sobre el puro arte porque no lo siente. Para ser un sincero crítico hay que ser primero artista y después crítico, porque si no lo es, no alcanzará a comprender lo que el artista comprendió.

El poeta

Esto si ha sido una gran filosofía, Baronesa.

La cantante

Terminemos esta charla. El tiempo huye. Esta charla es para académicos. Aquí no hemos venido a una cátedra. Vamos a divertirnos.

Y el grupo de los doctos se disolvió. Unos se perdían tras de los cortinajes, otros se aunaban y se recostaban. Cada uno se divertía a su capricho. Hubo un momento de silencio. La fiesta se había marchitado. Las lámparas se apagaban lentamente quedando solo una tenue claridad.

Yo también me levanté de donde estaba. Quise rondar los salones en el silencio ¡Oh, belleza de aquel momento de vivir! Qué encanto: curiosear.

Los salones olientes a vinos, a flores, a humos. No se sentía sino murmullos de almas... En la quieta penumbra distinguía los rostros lívidos, pálidos y jadeantes de los convidados. Todos descansaban. El filósofo sonreía y olía cocaína de una cajita. El pintor y el poeta estaban recostados juntos. El sexo lo invertían. La cantante estaba entre los brazos del crítico.

La Baronesa echaba en el pecho desnudo de una de las bailarinas gotas de miel que luego tomaba con sus labios ávidamente, y así eran los cuadros de aquellos salones. A mi cerebro vino la visión de una bacanal romana... Sí, pero era una fiesta a la romana con todos sus refinamientos, con toda la alta y degenerada civilización del siglo. Yo buscaba en los salones al joven teólogo y no lo encontraba. Pasé a la puerta baja donde quedaba uno de los jardines interiores. Este jardín estaba todo iluminado; es decir, había multitud de foquitos eléctricos en las ramas de los rosales, en los jazmines y en los nardos dibujando primorosamente sus ramas. Hacía el efecto de una fiesta veneciana. En este jardín había algunas parejas haciéndose descaradamente el amor. Yo llevaba mi tapado de felpa color vino en el brazo. Una de las parejas se acercó a mí y me dijo:

—¿Qué pasa? ¿Se marcha usted? Se marcha clandestinamente y sola. No lo permitiremos. La fiesta aún no termina.

Yo me puse el tapado. El aire estaba helado. Sentí por mi espalda como si una cuchilla finísima hubiera hecho en ella muchos cortes.

—No —repuse—. No me marcho aún.

—¿Busca a alguien?

—Sí.

—¿A quién?

—Al joven teólogo.

Una risa irónica se dibujó en el rostro de la pareja.

—El joven teólogo —me contestaron— acaba de irse a los salones de arriba. Allá puede encontrarlo.

Di a la pareja una mirada de desconfianza y volví de nuevo hacia arriba. Al pasar por uno de los salones, me di cuenta de que el joven a quien yo buscaba estaba recostado sobre una ventana que daba al jardín. Vacilé en ir hacia él. ¿Para qué? ¿Qué se figuraría? Y pensando esto se me arrancó el collar de perlas que llevaba puesto por el nerviosismo con que mis dedos jugaban con él. Un suave ¡ay! que lancé al ver que las perlas de mi collar se deshebraban y caían sobre la fina alfombra haciendo arabescos hizo que el joven teólogo volteara hacia mí la cara.

—Usted —dijo— y corrió a mi ayuda. ¿Cómo ha sido esto? Su lindo collar se le ha deshebrado.

Y recogiendo los dos las perlas, las fuimos colocando por el momento en una de las puntas de mi rojo tapado.

—¿No le parecen —continuó— las perlas sobre su tapado gotas de llanto?

—¿Por qué dice eso?

—Por nada. Es una metáfora, señorita Dorish.

Y volcando la conversación le dije:

¿Qué hacía usted tan solo en esa ventana? ¿Qué contemplaba? ¿Por ventura pensaba en Cristo en San Francisco de Asís o en Santa Teresa?

—No, no pensaba nada... Pensaba...

—¿En qué?

—En esta fiesta de la Baronesa de Solimán.

—¿Verdad que es bella y extraña esta fiesta?

—Dice bien, extraña y bella, pero más que extraña y bella, creo que es fiesta de crápula.

—¿De crápula?

—De refinada civilización maligna.

—No está usted en su medio entonces.

—No. Tiene razón. No es este mi medio. No me gusta la crápula.

—¿Para qué ha venido entonces a esta fiesta?

—¿Para… porque se trataba de una fiesta de artistas y creí que no iba a usarse drogas ni tóxicos? Es usted tan joven... ¿No se da cuenta de lo que pasa aquí?

—Sí, si me doy cuenta de que pasa algo extraño, pero yo estoy encantada de todo esto que veo. Es la primera vez que asisto a una fiesta de estas. Estoy encantada. ¡Oh! Todas estas cosas raras que veo me gustan mucho. ¿No le parecen bellos los salones? Que cada cual se divierta a su capricho. Que se amen como mejor les parezca. La forma es lo de menos. Creo que todos aquí somos de confianza: estamos entre artistas, entre camaradas. ¿Quién va a hablar mal?

El joven teólogo me quedó mirando con extrañeza. Parecía que mi pequeño discurso le había emocionado.

—Quién va a hablar mal —murmuró— ¿Quién va a hablar mal? Es usted tan niña. Recién le han abierto hoy las puertas de una vida que no conoce. Yo quisiera ser un hermano suyo para salvarla, Dorish.

—Salvarme... A mí... ¿De qué?

—De todo esto que está viendo.

—Pero si es tan bello, ¿cómo quiere privarme de ello?

—Pobrecita niña. Aquella Baronesa... no la mire usted, da nauseas, va a perder su buen corazón. No vuelva a venir a otra fiesta de estas, Dorish. Se lo suplico. No venga.

—¿No venir? Para ello la Baronesa me ha entrenado en muchas cosas de la vida, y esta fiesta la ha hecho para mi debut de mujer. ¿No le parece que mi debut ha sido espléndido? Me han aplaudido bastante y todos quisieran hacerme suya... Hasta usted, sí, hasta usted.

—¡Dorish!

—Sí, escuche, porque yo soy fascinante por bella y por mi natural don de danzar que ya llega a la perfección gracias a mi maestro ruso que se empeña en que domine la coreografía. Soy fascinante, todos se enamoran de mí, hasta las mujeres...

¿No sabe? Voy a ser sincera con usted, voy a hablarle claro. No me da vergüenza, más vergüenza es para mí ser hipócrita. Sí, amigo Dominico, la Baronesa es mi gran enamorada. Mejor dicho, ella me hace el amor. ¡Es encantador! Cuando recién me conoció me regalaba continuamente flores, perfumes, bombones. Iba con ella a todas partes. Luego, me besaba diciéndome palabras muy bonitas, como que yo era tan buena y tan linda que por ello me admiraba y me quería... Tal como si fuese un macho enamorado de una hembra.

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