—Cállate, bufón. Te hemos llamado para que nos hagas reír.
—Muy bien, Baronesa.
El pobre bufón comenzó a cantar:
Dicen que las solteronas
cuando se están pasando
y se ven jamonas
andan regañando
a las pollitas
por sus amores
a solitas
con los señores…
Ja, ja, ja, —el filósofo reía—. Tiene gracia.
—¿Por qué, filósofo?
—Baronesa, porque tiene gracia el bufón.
—A mí me parece estúpido. A ver si eres más feliz en otra cantata.
A mi lado cuchicheaban el pintor y el poeta diciendo que la Baronesa se había enojado por la copla del bufón que le venía bien a ella.
El bufón comenzó de nuevo:
Dicen que los vejetes
tienen hoy día
a pesar de sus ribetes
la gran osadía
de querer gozar
muy largo y a oscuras
con las niñas puras
que se dejan engañar.
—Ahora sí que me rio con ganas —dijo la Baronesa.
—Voy a premiarte, bufón. ¿No ves que la copla ha estado como para el filósofo?
—Baronesa, esta copla va por la otra que ha sido dedicada a usted —respondió el filósofo.
Yo temí un desagrado entre el filósofo y la Baronesa. Pero no, eran tan amigos que resolvieron ambos reír grandemente. Para eso habían hecho traer al bufón.
Dominico se retiró del grupo y yo también. Para ninguno de los dos tenía gracia el pobre bufón. Por el contrario, veíamos en él al obrero que trabaja para que no le falte el pan. El trabajo de este hombre era el de hacer reír a los demás. La orquesta de flautas y arpas comenzó a tocar. El bufón desapareció de la sala. Algunos de los invitados veían fantásticos mundos a consecuencia del mucho vino. El vino comenzaba su alegre o diablesca acción.
Un grupo de artistas discutía seriamente, mientras otros recostados en divanes se acariciaban gozando de la libertad de aquella fiesta romana, especie o casi bacanal. Quién iba a criticar allí si todos eran civilizados y si para ellos no existía prejuicio ninguno. Era el arte y el vicio unidos. Quién iba a hablar mal si todos eran de la misma sociedad de «embriagarse de lo que cada uno desee».
La mesa lira en que habíamos comido lucía un bello desorden de bandejas, flores, copas y luces. Seis eran los artistas que hablaban en tono bullicioso y en tema serio. Yo, desde lejos, escuchaba. La Baronesa se me acercó y besándome la frente me dijo:
—¿Estás contenta? ¿Te gusta la fiesta? ¿De qué quieres embriagarte?
—De saber y de entender todas estas cosas que estoy viendo y oyendo.
—Haces muy bien, escucha, mira y practica.
Al ver la Baronesa que miraba atentamente a los seis artistas que discutían se alejó de mí.
Así hablaban los seis artistas:
El pintor
No les parece que debemos inclinarnos ante la seriedad de las canas de uno de los más grandes filósofos que con nosotros comparte de esta fiesta. Está pensativo el filósofo. Algún nuevo tratado de filosofía seguramente le preocupa. ¿Será la filosofía del que se divierte o la virtud del que no se divierte?
El filósofo
No, ni una ni otra cosa es. Estoy en el tratado de la filosofía del mediocre. Estoy pensando en el pobre bufón. En aquel hombre que tal vez en medio del dolor tiene que divertir a los otros por la grave necesidad de tener que vivir fuere como fuere.
El crítico
Ya comprendo. Ahora quieren hacer virtud del bufón que divierte, donde solo hay el negocio como otro cualquiera. Hágame a mí también virtud, puesto que digo la verdad de los demás.
El filósofo
Tú chanceas, crítico. Siempre vives de burla.
El teólogo
Porque siempre vive del comentario de los otros.
El crítico
Calla, tú, traficante de creencias y rebuscador de religiones y de falsos dioses.
El teólogo
Sí, traficante, pero de almas para que tengan una sola creencia religiosa, una elevada fe de bien. Para que no tengan falsos dioses.
El crítico
¿Cuál es el Dios que tú quieres que sea el único?
El teólogo
Cristo. Aquel divino mártir de las catorce estaciones en su vía crucis. Cristo, únicamente él.
El poeta
Yo estoy con el teólogo. No hay poema más bello que el de la «Pasión y muerte». Jesús de Nazaret, espíritu divino, regó su sangre por los mortales y su huella santa ha quedado en el mundo por los siglos de los siglos. Quien lo niegue es un desequilibrado. La religión de Cristo es la única religión verdadera. La prueba de ello es la que más creyentes tiene y sobre la que se ha escrito cosas más bellas.
La cantante
La Biblia, por ejemplo…
El poeta
¡Ah! «El Cantar de los Cantares». ¿Queréis algo más hermoso?
La cantante
Filósofo, ¿qué opina de esto de religiones?
El filósofo
Con tal de que cada cual crea en algo superior, bien puede ser su dios y adorarlo, una planta, una estrella, el sol o la luna. Todo ello no llegamos a comprenderlo. Pero en sí, hay algo que tememos y respetamos. No importa la forma de adoración ni el nombre que le ponga. Que el espíritu se eleve puro hacia el Dios que adoramos, eso es todo, porque al querer el ser humano discernir, comprender de la existencia de ese algo superior, sería caer en la locura. Hay una leyenda sobre San Agustín. Se dice que este santo, una noche, yéndose a las orillas del mar y mirando hacia el cielo, se preguntaba quién habría hecho a Dios y no pudiendo explicárselo y sintiéndose con el cerebro confuso, oyó que una voz misteriosa le decía: «Desiste de tu idea, eso no lo podrá comprender mortal alguno. Es como si quisieras ahora contar cuántas estrellas tiene el cielo».
El crítico
Hermosa filosofía. ¿Quiere ahora el filósofo contarnos algo sobre la creación del mundo y sobre el valor de Adán y Eva?
El teólogo
¿Y el filósofo al describirnos a la pareja, a quién va a darle la supremacía espiritual y material?
La cantante
Claro que a nosotras. A la mujer, la supremacía espiritual; y al hombre, la material, la bruta. Baronesa, Baronesa, venga pronto. Se discute de algo grave.
El poeta
La Baronesa está pensativa, no oye ahora. Fuma. Fíjense que sigue con atención las espirales que se forman del humo de su cigarrillo. Crea seguramente alguna maravillosa escultura. Está embelesada.
La cantante
Baronesa, interrumpa su sueño, venga.
La Baronesa con la mirada cansada y soñolienta se puso de pie y arrojando sobre un platillo de oro el cigarrillo acudió presurosa a la llamada de la cantante.
La Baronesa
¿De qué se trata? ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?
El poeta
Usted estaba seguramente embebida en alguna creación.
La Baronesa
Sí, una cabeza… Un cuerpo…
El crítico
De hombre o de mujer.
El pintor
¡Qué indiscreción!
La Baronesa
Creaba la copia de un cuerpo divino de mujer.
La cantante
Magnífico, porque lo ideal pertenece a la mujer. Baronesa, se discute aquí sobre si la supremacía espiritual nos pertenece a nosotras o no. Dé su fallo.
La Baronesa
Que dé el fallo el pálido y meditabundo teólogo.
El teólogo
Sí, la supremacía espiritual le pertenece a la mujer, porque se eleva fácilmente sobre las cosas sublimes. Tiene el don de la rápida comprensión y de un hondo sentimiento. Sus fibras son más sensibles que las del hombre; por eso, se eleva siempre a lo «azul». Llamemos en este caso «azul» a todo lo bello. Y pese a quien le pese de los que estamos aquí. Que lo repliquen y lo diga el pintor, el poeta y la escultora, que tienen alma de artistas, por qué la mujer espiritualmente es superior al hombre. ¿Acaso porque fue hecha para gobernar moralmente el mundo por medio de su ingenio y hermosura?
La serpiente fue sabia al darle el dominio, al dirigirse a Eva para dar el principio, el discernimiento del bien y del mal por los siglos de los siglos. ¿Por qué la serpiente no se dirigió a Adán? Porque Eva era hecha del barro purificado, porque era su presencia el objeto triunfante de su obra, porque la mujer es lo más hermoso que hay en la creación. Porque sí. Este porque sí, que el filósofo lo analice si quiere y dé explicación.
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