En una noche del mes de julio, la Baronesa daba en su palacio un banquete a la usanza romana, remontándose a la lejana época neroniana. En aquel banquete hubo derroche de los siete pecados capitales. Los convidados no pasaban de cien. No había uno solo que no fuera artista. Había poetas, pintores, músicos, bailarinas, dramaturgos, novelistas, etc.
La Baronesa había querido dar una fiesta solo para artistas. Y la fiesta fue brillante y suntuosa. En la sala del banquete había una mesa en forma de una lira cubierta de flores y de centelleantes vajillas. Alrededor de la lira, en lugar de asientos, había una especie de camas con tapices de raso de tonos fuertes. Al centro de la mesa se alzaba una torre de concha de perla rodeada de seis sátiros de cuyas bocas salía el vino para tomar. Los invitados, tanto hombres como mujeres, vestíamos a la romana y otros a la griega.
Los hombres vestián con manto rojo, celeste, violeta, y en la cabeza llevaban puesta una corona de laurel. Las mujeres llevábamos túnicas de tul de tonos tenues, muchas estaban descalzas y en la cabeza lucían una corona de rosas. La orquesta la componía música de arpas y flautas. Había diez bailarinas que danzaban con cestos de manzanas y granadas; parecían vírgenes atenienses. Entre ellas se destacaba una por las maneras trágicas de danzar. Esa era yo. Soberbiamente pálida, terriblemente estilizada, aérea, frágil, deliciosa, había en su ser un complejo y exquisito refinamiento de sensaciones. Semidesnuda, con el cabello dorado y suelto, con los pies descalzos que parecían dos palomas inquietas y los senos, las manos y el vientre temblorosos como lirios mecidos por la brisa en una tarde rosa. La danzarina era como una aparición, como la diosa de la tentación. Y era que había en la artista gestos extraños de vagos exotismos. ¡Oh! La maravilla de la danza que bailaba al compás de las flautas embriagó de locura a los convidados. Qué prodigio de agilidad, que musicalización del cuerpo, qué tropel de encantos los que creaba su carne rítmica en el tentado vaivén de su vientre, en los ondulantes giros de sus brazos, en el enarcar de su cuello y en su entreabierta boca osculante. Bailó múltiples danzas…
—¿Quién es esa maravilla de tentación? —gritó frenéticamente uno de los convidados.
—Es Dorish Dam —exclamó la Baronesa—, es la más bella y aristocrática muchacha que existe en todo Lima. Es una consumada bailarina, es una estupenda artista. He querido dar con ella, una de las más bellas sorpresas que hayáis sentido. He querido presentarla al gran mundo: primero entre un valioso núcleo de artistas y después será entre esa gente que no tiene ningún valor artístico sino monetario e intrigante… Gente «bien», de sociedad.
—Bravo, bravo, Baronesa —repitieron al unísono todas las voces de los convidados.
—Sí, tomemos por ella. Que abran la boca los sátiros y den vino y más vino para celebrar tan magno acontecimiento. Todos de pie para rendir homenaje a la danzarina de los dieciocho años que tan bien y tan artísticamente los sabe llevar.
—¡Saludo por la danzarina!
—¡Salud! A la hija de Terpsícore.
—¡Por la tentadora!
—¡Por la que ha de hacer padecer a los hombres!
—¡Por la manzana de la discordia!
—¡Por la triunfante!
Dejé que pasara el ruido ensordecedor de los elogios y dirigiéndome a la Baronesa, cuya alegría por mi triunfo en su fiesta la mostraba no solo en su rostro sino en todo el cuerpo que no sabía estarse un solo momento en quietud, le dije:
—Baronesa, estoy completamente aturdida de que en esta soberbia fiesta se me haya aclamado como a una enorme artista. La galantería de los convidados me parece excesiva. Yo les agradezco sus palabras tan ardientes como sonoras. Estoy grandemente satisfecha del derroche de elegancia y buen gusto de este banquete. La sabiduría de la Baronesa es enorme. Yo pido que a ella se le aplauda, porque ella, como cada uno de ustedes, son unos consumados artistas. Perdónenme mi pobre palabrería, el que no sepa hablar mejor. Siento rubor, siento que las mejillas me arden y siento frío en mis manos y en mis pies por la vergüenza de que todos ustedes estén atentos a lo que hablo, a mis palabras tan simples, pero es que me han abrumado con el aplauso por mis bailes que no me queda otro remedio que dar las gracias como pueda. Que me disculpen los señores poetas y literatos, que bien quisiera, si estuviera en mí, enseñarles cómo palpita de emoción en estos momentos mi joven corazón.
Nuevos aplausos estallaron en la sala mareante de lujo y esplendor. Una voz débil y afeminada exclamó:
—Sea bienvenida y admirada, Dorish, la que profesa el culto a Terpsícore. Regocijémonos y bebamos que el tiempo huye y hay que vivir embriagados de algo como dijo Baudelaire.
—Bravo, valiente, poeta, adelante, improvise unos versos a Dorish —dijo una voz ronca.
—Maestro, me obliga a algo que yo deseo vivamente, pero que ahora no lo podría hacer como lo anhelo.
—Anda, muchacho, es una fiesta de artistas. Aquí no hay jurado que dé premio y que por ello haya que tener miedo. Aquí no somos esos señores académicos que en su estupenda vanidad andan poniendo puntos y quitando letras al lenguaje para hacer rabiar a los otros, a los no académicos.
—Magnífico. Maestro, me ha alentado, voy a inspirarme, pero antes que abran las bocas los sátiros y me den vino. Yo amo a Baco que da la alegría y el fuego, porque el vino da impulsos para todo.
Las bocas de los sátiros se abrieron y parecían cintas rojas y doradas los chorros de vino que de ellas salían. El poeta niño, grácil y pálido, con los ojos negros como abismo y la mirada vaga, después de apurar varias copas de licor y de derramar una de ellas sobre su ropa, parándose de su asiento (¡Oh! Poeta memorable, pálido poeta clásico con rostro de mártir) con voz temblorosa describió hermosamente los bailes:
A DORISH DAM
¡Oh! Dorish Dam, yo quiero creer que tú has vivido
de reina de las danzas en el numen de Dante
cuando iba dando a su comedia el colorido
de su admirable Infierno torvo y espeluznante.
Tú has tenido que estar en sus cerebraciones,
en el vaivén de ideas diabólicas cuando
pensaba a su Beatriz entre extrañas pasiones…
Tú has tenido que estar en su Infierno, danzando,
y, por eso, tú tienes ese algo inimitable
de exótico y de bello de una mujer de Sueño,
que comprende del ritmo de la línea inestable,
del secreto de la geometría de Ensueño.
Y si no fuese así, no serías la hermosa
princesa enamorada de múltiples bellezas
que nadie como tú, sultana deliciosa,
nos las enseñas con adorables rarezas…
Y es el milagro: Anitra, danza desconcertante,
todo un bello poema de amor grande y fiero.
Pero ofreciéndole oro como si fuese amante
Y ella bailando loca con su alegre pandero.
¡Oh! Rubinstein. ¡La alegre bacanal tentadora!
Qué bien que te interpreta la sabia danzarina
embriagada en la fiesta... ¡Dorish Dam pecadora
en la gran bacanal roja, exalta y domina!
Y está qué misteriosa, supremamente triste
en esa Muerte de Asa: supremamente bella…
En esa Muerte de Asa, trágica padeciste;
la palidez tenías de solitaria estrella.
Místico Buccalossi. La danza del Incienso
Dorish envuelta en humo muy triste se lamenta
hecha sacerdotisa pide a su Dios inmenso
aplaque su amargura que es tan honda y cruenta.
¿Y la linda muñeca de linda porcelana?
La muñeca costosa, de frágil figurita;
bailando el dulce vals, se hizo una filigrana...
Si tú supieras cómo te pones de bonita.
Marcha fúnebre la danza que cuenta de la muerte.
Danzarina siniestra, desfalleces qué bien
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