Y con paso ligero seguí a Dorish hasta donde me llevaba.
—Aquí es, señorita. Entre. Este es el maletín de las cuartillas.
Dorish, terriblemente pálida y perversa, puso las cuartillas en mi pecho e hizo que las abrazara.
—Sí, así, fuertemente, como quien abraza a un hijo que no ha visto en mucho tiempo. Ahora, yo, de rodillas, besando sus manos que han de hojear una y cien veces las cuartillas en que está anotada toda mi vida infernal.
Yo me quedé estática. El barco comenzó a cabecear y todas las cosas que había en el camarote caían al suelo. Aquel estupendo cuadro, mientras viva, estará dentro de mi cerebro y de mi corazón.
Lima, fecha, siglo XX
Desde el abordaje, no he vuelto a ver a Dorish Dam. Sé que se quedó en Lima, mas no me quiso decir dónde se iba a alojar. La busqué en vano por todas partes. No la encontré. A esta mujer la envolvía un solemne misterio…
Tengo en mi poder las páginas que me entregó en el barco y que ella ha titulado Confesiones de Dorish Dam. No sé por qué han temblado mis manos ante el contacto de los papeles que los hay de todos los colores. Seguramente, fue escribiendo al azar, en cualquier sitio, en cualquier momento, cuando su capricho la empujaba a dejar anotado en papel lo que iba viviendo.
Todavía no me he atrevido a leer las Confesiones de Dorish Dam. Es inaudita la pereza a pesar de que Dorish me ha interesado enormemente. ¿Será miedo o desilusión de saber de su vida puesto que ella ha dado a la mía una nota de profunda meditación?
Los muchachos vocean por las calles «El Comercio». Vocean: «El suicidio de una noble dama».
Mi corazón ha dado un brusco vuelco de angustia: me he quedado muda… Los muchachos siguen voceando: «El extraño caso de Dorish Dam».
La boca se me puso amarga y los ojos se me humedecieron y entre mí repetía: ¿Dorish, pero fue cierto lo que me dijiste? «Voy a hacer un largo viaje, pero no sé en qué estación he de quedarme, si en el Purgatorio, el Cielo o el Infierno». Dorish, ¿en qué solemne misterio te envolvió la vida? ¿Eras tan aventurera que quisiste ir a la última aventura de la vida que es la muerte? ¿Quién te inoculó la sangre del pecado? No sé cómo juzgar el último acto de tu vida si de heroico o de cobarde. Yo creo que es mitad heroísmo y mitad cobardía. Sí, heroico, porque te has ido a lo desconocido, penetrando al misterio; y de cobardía, porque has sido débil al no soportar la lucha de la balumba de tentaciones que danzan incesantemente en el mundo terrestre. Pero, con todo, el suicida es un admirable y formidable loco, es un enfermo de sensaciones. Quién sabe qué espíritu malévolo o divino le tira de la mano…
Dorish, ¿tan pronto te cansaste de la jornada de tu vida? ¿Sangraron mucho tus plantas de zigzagueo del camino? ¿Fue tan pesada la cruz que doblegó tus hombros y rendida del peso protestaste de ella? ¿Fue intencional o sin querer penetraste por todas las puertas del pecado? ¿Fue que caíste al abismo descuidadamente o alguien te arrojó a él? Si así fue ¿por qué no te levantaste de la fatal caída y te erguiste como águila o león y devoraste al traidor? ¿O te gustó la caída y te quedaste ahí para que los demás se rieran de ti haciendo de tu persona un cínico instrumento? ¿Acaso te vendaron y te lanzaron al mundo al azar, a la merced de los payasos y los vampiros? Pero ¿y tu alma y tu corazón qué hicieron? ¿Protestaron, consintieron? No lo sé, Dorish. Eras demasiado bella para ser buena y demasiado sensible para ser mala. ¿Había en tu persona una doble naturaleza? Dorish, ¿o fuiste una mártir o una criminal? Lo ignoro aún. Voy a dar lectura a tus confesiones.
Principian así:
CONFESIONES DE DORISH DAM
Tiene que ser un espíritu artista, con alma de ángel y cerebro de Salomón, para que pueda comprender justamente mi existencia nómada, compleja y fatal.
Era una perla lujosamente guardada dentro de un estuche de finísimo cristal. Estuche tentador que fue violado por una mano vampiresa robándose la perla para lucirla insolentemente en el capricho de fiestas de cínico placer.
Cuando era muy niña perdí a mis padres. Mi padre fue Lord Dam y mi madre Lady Wast, ambos nacidos en Londres y poseedores de una gran fortuna. Viajeros incansables, que por azar del destino llegaron a Lima y me engendraron a mí. A los pocos años, ávidos por la insaciable sed de la inquietud de viajar, me entregaron al cuidado de una nodriza francesa. Yo entonces tenía seis años. Hasta ahora no he podido comprender por qué tan tierna me dieron al cuidado de una nodriza y una tía que no tendrían mayor interés por mí que mis padres. No sé si por falta de amor, si por el temor de que siendo tan tierna los distintos climas me causaran la muerte, por un brutal exotismo tan propio de la raza inglesa o por un misterio que no he alcanzado a descifrar. Lo único que sé es que aquello fue inhumano, aunque en la belleza e insolencia del siglo XX haya seres que aprueben tales actos. Aunque a la luz y al cinismo del siglo, haya quienes glorifiquen el error y coronen la audacia del malévolo.
Sí, entregada a una nodriza francesa y a una tía inocente, puesto que le faltaba carácter y carecía de voluntad.
A los ocho años se me puso en el Colegio del Sagrado Corazón con todo el lujo consiguiente de millonaria e hija de un lord. Allí no se me decía nada, se hacía todo a mi capricho. Claro está, cómo me iban a decir algo si todos los fines de mes, las «buenas madrecitas» recibían una gran renta. Qué educación la que se me daban: la mayoría del tiempo era empleado en rezos, novenas, confesiones y comuniones y algunos cuartos de hora en francés, bordados y música, y el resto en recreo. ¿Y la instrucción sólida, la instrucción y cultura para afrontar la vida? Aquello era un mito. Querer saber del mal del mundo para no caer tan fácilmente en él era pecatus; ser liberal y franca en todos los actos era pecatus; no ensalzar ridículamente a los representantes de Cristo era pecatus; y, en fin, a todo ser de clara inteligencia que presentaba las cosas desnudas sin el cínico manto de la hipocresía era llamado anormal. Horrenda barbaridad, como si la religión cristiana fuera una pantalla que cubre la luz. Perdonen las «madrecitas» que diga la verdad. La verdad es amarga, pero hay necesidad a veces de decirla para regenerarnos. Pues bien, allí, en ese colegio de donde en lugar de salir bañada de modestia se sale bañada de vanidad y de soberbia, estuve ocho años y salí a la edad de dieciséis para habitar en la casa de la tía donde mis padres me dejaron confiada. Yo era una mujercita que me mandaba sola y que estaba acostumbrada a que nadie me hiciera una observación. Mis padres, al poco tiempo de irse de mi lado, murieron. Murieron yo no sé si por castigo, de peste negra, allá por Bombay. Y digo castigo por haberme dejado tan tierna como si fuera cualquier cosa, vedándome del calor y del cariño paternal. No sé si pueda llamarlos malditos o perdonarlos y rogar porque estén en el Paraíso.
Mi vida, pues, desde tierna, fue como un barco sin timón a merced del oleaje del mar. Barco que tuvo un malvado timonel que por recrearse le echó a pique. Este timonel fue la Baronesa de Solimán con quien entré al mar de las tentaciones...
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EL PALACIO DE LA BARONESA DE SOLIMÁN
El palacio de la Baronesa de Solimán se lucía soberbiamente en el amplio y hermoso Paseo Colón. Bello palacio en cuyos aleros calados, semejando finísimos encajes de Bruselas, se paseaban impávidas e inquietas blancas y tornasoladas palomas mensajeras. Estas, cuando en las mañanas la Baronesa iba al jardín que rodeaba el palacio, se le posaban en los hombros y en la cabeza, y luego volaban alrededor de los surtidores que en lluvia continua mojaban constantemente los rojos rosales que quedaban junto a las dos escalinatas de mármol rosa que conducían hacia el primoroso hall de la parte alta del palacio. A la subida de cada escalinata había un maravilloso desnudo que era el comentario del vulgo y la admiración del artista que gozaba de la línea purísima. Estupendos desnudos de Afrodita. En la parte alta del frente del palacio, bajo la preciosura del alero, había doce cariátides de lindos rostros y primorosos senos. La Baronesa era una exquisita escultora y en cada pieza de su palacio era irresistible la tentación de tener por lo menos una o dos estatuas de los mejores escultores del mundo. Además, en su amplio estudio escultórico había infinidad de modelos hechos por ella en sus horas felices de inspiración. Mujer caprichosa e inteligente. Lo decía el raro arreglo de su palacio. En la pieza anterior de su estudio había un salón que llamaba «Las palmeras». Y en efecto era algo raro, caprichoso, miliunanochesco. De noche, aquello era fantástico. En el salón no había ni un solo mueble. Únicamente debajo de cada palmera cuatro o seis almohadones de seda y de vivos colores. Y en el salón había doscientas palmeras. Pavos reales dorados, blancos y azules paseaban entre los almohadones abriendo sus colas que eran bellísimos abanicos. De noche, por una grande ventana de cristales, cuando había luna, entraban sus rayos; y cuando no, era la combinación celeste artificial, hecha a propósito para dar una especial belleza, un encanto de una faja de luz, tenue, que venía de lejos para que las cosas no se percibieran claramente, sino fantásticas, como sombras… Tal era la originalidad artística y extraña de la Baronesa de Solimán que, con sus cuarenta y ocho años bien conservados, era el encanto de quien la trataba. Atrayente en extremo: en sus ojos grandes y negros había algo de diablesco, de divino, de seductor. En conjunto, era una mujer que incitaba al amor y al deseo.
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