Lidia Yuknavitch - La cronología del agua

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De los escombros de su problemática juventud,
Lidia Yuknavitch teje una asombrosa historia de supervivencia. Una memoria que es un canto a la búsqueda de la belleza, la expresión personal, el deseo —hacia los hombres y las mujeres—, y el poder sanador del nado. En
La cronología del agua la vida queda expuesta, desnuda. Es una vida que navega y trasciende el abuso paterno, la adicción, la autodestrucción y la insoportable pérdida de una hija. Es la vida de una inadaptada —una que recorre un camino feroz y no transitado hacia la creatividad— en un ejercicio de reconciliación y amor propio.

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Lo primero que metí en la maleta negra fue una petaca y una caja con lo que en su momento fue pelo de mi madre.

Liberación

Nacer tiene muchas implicaciones, como cuando dejamos atrás una vida para empezar otra nueva o lo que se siente al coger un avión para dejar atrás el hogar familiar con dieciocho años mientras ves el aeropuerto menguar seguido de la tierra encogida y de la mierda de franja de arena que es Florida, alejándose hasta desaparecer. Una niña ligera como el agua surcando el cielo.

Iba a Lubbock, en Texas. Cuando llegué allí, fuera lo que fuese aquel lugar, me sentí por fin liberada. Mi propia habitación mis propios amigos mi propia comida mi propio alcohol mi propia música mi propio sexo mi propio dinero mis propios pensamientos mi propio cuerpo mi mi mi propia libertad para ser quien quisiera donde quisiera y como quisiera. Todo eso emergió como un volcán dentro de mí, como si algo que hasta entonces había estado reprimido en lo más profundo de mi cuerpo necesitara explotar. Como se sienten todos los universitarios, aunque éramos pocos los que llevábamos la ira escondida en la piel y los huesos. Cuando el avión aterrizó en Lubbock mi entrenadora de natación me estaba esperando en el aeropuerto. La mujer que pagó por mí.

Me llevó un par de semanas adaptarme a Lubbock.

Hasta mayo de 2009, aquel sitio, amigos míos, había sido un lugar seco. No me refiero a árido, aunque es lo bastante árido como para sentir que te ahogas. Estaba prohibido beber alcohol, excepto en bares y restaurantes a ciertas horas. Para conseguir alcohol había que conducir veinticinco minutos o más hasta una licorería. Luego volvíamos, metíamos la carga sigilosamente por la noche, nos colábamos por la entrada lateral de la residencia de las chicas y subíamos varios tramos de escaleras con maletas enormes llenas de cervezas o con botellas metidas dentro de los pantalones.

Vivir en Lubbock era extremo: había un olor a mierda de vaca tan penetrante que hacía que te llorasen los ojos y que daba unas peculiares arcadas, y tormentas de aire caliente y polvo naranja que impedían hasta que te vieras las manos; si te aventurabas a salir, era como si te atacaran unos pequeños alfileres endemoniados y perversos.

Avenida Q, plaza de Buddy Holly. Una estatua grande de bronce de Buddy Holly. Búscala en Google. Buddy está rodeado por unas placas en honor a grandes artistas como Waylon Jennings y el respetable Mac Davis. La primera semana de septiembre se celebra el Budfest, que conmemora el cumpleaños de Buddy Holly. Durante el festival, los habitantes del oeste de Texas se disfrazan de Buddy y de su mujer, se emborrachan y… pegan gritos.

Prairie Dog Town. Imagina un terreno muy grande en medio de la nada rodeado por un muro de cemento que llega hasta la rodilla. ¿Qué hay dentro? Muchísimos agujeros en la tierra. ¿Y en los agujeros? Perritos de la pradera. Vaya, si estabas sentado en el murete de cemento borracho y colocado en mitad de la noche, lo que tocaba era apuntar con la linterna y tirarles piedras a la cabeza. Como el típico juego de los topos en las ferias, pero en gigante. ¿No es genial?

Sí. ¿Y qué hay de lo llano que es? Si pegas un salto ves Dallas.

Lubbock. Qué gran lugar. En serio, ahorra y ve allí de viaje.

Por la mañana tenía entrenamiento a las 5.30, desayunaba a las 7.00 y empezaba las clases a las 10.00, que terminaban a las 15.00; a las 15.30 tenía entrenamiento con pesas; a las 16.30, natación, y la cena a las 19.00. Me pasaba todos los días menos el domingo con un montón de nadadoras buenorras, y las noches eran para nosotras.

Toda la noche, todas las noches. Todo lo que pudieras disfrutar de la noche hasta las 5.30.

Al mes de conocer a mi compañera de habitación ya estaba enamorada de ella, o algo parecido. Puede que fuera por su aguante bebiendo o por lo bien que se le daba insultar o por el rock and roll que escuchaba o por sus altavoces Bose y su estéreo, que estaban de puta madre; o por ser de Chicago y pensar que los texanos del oeste eran unos cretinos o por los hombros de machote que tenía de nadar a mariposa o por sus tetas grandes o por su bandana o sus vaqueros rotos o por su pipa monodosis. Puede que fuera solo por su nombre. Amy. Amy, ¿qué te apetece hacer? Creo que podría pillarme de ti, quizá un rato… o algo más.

No sé si sabes cómo funcionan las fiestas de nadadores, pero son tremendas. La mayoría de los nadadores universitarios tienen beca. Beca igual a dinero. Había dos gemelas británicas con el pelo de punta y decolorado. Había un montón de barbies texanas, con su laca y su acento sureño. Había una lesbiana increíble que estaba en el último año y una mujer asiática con cuerpo de chico increíblemente guapa y mística. Exótica. Entre las pollas había un larguirucho con el pelo tan rubio que parecía blanco, como el mío; se apellidaba Creamer y caí rendida a sus pies. Había un surfista muy cervecero del sur de California fan de Bruce Springsteen y Elvis Costello. Había un salidorro de Dallas al que le gustaba el country. Había un chico del pueblo de Amy que se encargaba de organizar las fiestas en la residencia de los chicos. Y un buen grupo de nadadores que siempre estaban empalmados y que se afeitaban zonas desconocidas para los chicos normales.

Cuando digo que son tremendas quiero decir que eran épicas.

Hacia la mitad del curso, mis días consistían en ir a entrenar a las 5.30 de resaca con la cabeza como un bombo y saltarme los asquerosos huevos en polvo que daban para desayunar en la cafetería abandonada de la mano de dios y saltarme las clases de las 10.00 las 11.00 las 12.00 combatir la resaca con cerveza comer pizza fría y helado Häagen-Dazs y escuchar a Led Zeppelin colocarme hacer un examen a la semana y entrenar con pesas a las 15.30 y natación a las 16.30 y a tomar por culo las cenas de la cafetería de la residencia que saben a mierda y tienes que sentarte con un montón de subnormales de mierda del oeste de Texas vámonos a beber vamos a dar una vuelta por el Rock-Z y a bailar y bailar y bailar y beber y vomitar y follar todos los días y todas las noches.

El segundo año me quitaron la beca. El tercero me expulsaron.

El amor es una granada I

Siempre quise ser esa clase de mujer a la que James Taylor le dedicaría esta canción: «I feel fine, anytime she’s around me now». Sabes de qué canción hablo. Something in the Way She Moves. ¿No te gustaría que alguien quisiera cantártela?

Por desgracia, mi canción diría: «Blood on her skin, dripping with sin, do it again, living dead girl». Así es. Rob Zombie. Porque en la universidad era una muerta en vida.

Mi primer marido, un hombrecito guapísimo, me recordaba a James Taylor. Tenía exactamente las mismas manos, la misma voz y el mismo cuerpo esbelto. Exactamente el mismo don introvertido para la guitarra acústica, los mismos ojos de artista, el mismo ego escondido en su delgadez. Tendría que haber salido con Rob Zombie, pero eso no pasó. Estuve saliendo unos años con un James Taylor llamado Philip en Lubbock, donde había conseguido una beca de natación.

Botas militares Doctor Martens; mucho lápiz kohl en los ojos, como si fuera un mapache; medias rotas a muerte; falda a cuadros de niña católica y chupa motera negra de cuero. Sin laca, sin las uñas pintadas, sin bolso. Esa era yo. Estaba totalmente fuera de lugar en Lubbock.

En aquellos años él se limitaba a pintar y a tocar la guitarra y yo a escucharlo, a colocarme, a hacer el amor y, ah, sí, a ir a la universidad, de la que me acabaron echando. El único sobresaliente que tuve fue en Filosofía. Y eso fue porque el profesor iba siempre colocado a clase, así que nos limitábamos a escupir mierda filosófica, hasta que todos empezamos a ir a clase colocados. Ir a clase, dormir con Philip. Intentar no enamorarme de Amy, mi compañera de habitación. Y nadar, aunque cada mes y cada año que pasaban la nadadora que había en mí se iba ahogando un poco más en el alcohol y en océanos de sexo.

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