Lidia Yuknavitch - La cronología del agua

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De los escombros de su problemática juventud,
Lidia Yuknavitch teje una asombrosa historia de supervivencia. Una memoria que es un canto a la búsqueda de la belleza, la expresión personal, el deseo —hacia los hombres y las mujeres—, y el poder sanador del nado. En
La cronología del agua la vida queda expuesta, desnuda. Es una vida que navega y trasciende el abuso paterno, la adicción, la autodestrucción y la insoportable pérdida de una hija. Es la vida de una inadaptada —una que recorre un camino feroz y no transitado hacia la creatividad— en un ejercicio de reconciliación y amor propio.

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Y aun así me hizo un vestido espectacular de seda de color borgoña para la fiesta de graduación, con la espalda al aire y unos tirantes cruzados finísimos que iban de la parte delantera hasta cerca del culo. Nadie llevó un vestido tan chulo, y probablemente nunca lo hayan hecho, en ningún lugar del país.

Y me hizo una chaqueta cortita de estilo años cincuenta con las mangas abullonadas usando la parte de arriba de un traje de chaqueta de hombre que dejó a todo el instituto boquiabierto.

Y me cortó el pelo a media melena. La gente se volvía para mirarme.

Y me maquilló (la única vez que me he maquillado en mi vida) y me hizo fotos.

Y el amor que sentía por él creció más y más, pero no tenía donde ponerlo. Simplemente se acumulaba dentro de mí como supongo que se acumula el esperma en los hombres que llevan tiempo sin hacerlo. A veces sentía que iba a desmayarme, pero entonces cocinaba algo que le quedaba riquísimo. Dios… Sabía hacer tarta de queso. Lo único que quería era estar con él. Todo el rato. Olía a manteca de cacao.

Días y días y días y días y días… Seguramente, los más felices de mi vida hasta entonces, a pesar de lo mucho que odiaba Florida.

Entonces, un día, mi madre, borracha, le dijo a la madre de Jimmy Heaney en el pasillo del súper que había escuchado que mi artista era gay. Es decir, la estúpida de mi madre descubrió que mi artista era gay antes de que él mismo saliera del armario. Es homosexual, un homosexual con acento sureño.

Y entonces dejó de hacerlo.

Dejó de llamarme. Dejó de quedar conmigo. Dejó de contar conmigo en su vida.

¿Sabes qué se siente cuando un gay guapísimo deje de quererte?

Es como estar muerta.

La maleta

A veces pienso en que llevo toda la vida siendo nadadora. Todos mis recuerdos se arremolinan como el agua en mi memoria alrededor de los acontecimientos de mi vida. O puede que todo lo que me ha pasado lo entienda mejor si lo visualizo en una piscina grande llena de agua turquesa clorada. Ni siquiera Florida iba a acabar con la nadadora que llevaba dentro.

En la fiesta de graduación eché un pulso con cinco chicos que pronto serían hombres. Perdí una vez. Después de la fiesta nos emborrachamos y nos colamos en la piscina de Gainesville. Estuvimos nadando en pelotas en una piscina olímpica de cincuenta metros, la misma piscina en la que me tiraba nadando dos horas todas las mañanas y todas las tardes. Nunca en mi vida había estado tan fuerte. Parecía uno de ellos. Tenía bíceps, mandíbula y hombros de chico. El pelo no dejaba adivinar mi género. Estaba plana. Cuando llegó la hora del magreo me puse a hacer largos.

Aquel verano se me hizo más largo y húmedo que al resto. El aire era más que bochornoso. En junio empezaron a llegar las cartas. Eran ofertas de becas. Para natación. Visados de salida.

Todas las tardes miraba dentro del buzón. El aire me rajaba los pulmones como una navaja justo antes de abrirlo, y pasaba las cartas rápidamente, todas morralla, con la esperanza de notar un peso diferente. Con la esperanza de partir.

Recibí cinco cartas.

Noté que la primera pesaba, me gustó. Era de Brown. El logotipo rojo y negro de la Universidad de Brown me recordó a la realeza. Lo acaricié con la punta de los dedos y noté su suavidad, el papel presagiaba algo diferente. Lo olí. Cerré los ojos y me lo llevé al corazón. Entré a casa con él y con la sensación de tener algo en lo que creer.

Una vez dentro, lo puse sobre la mesa de la cocina. Lo dejé allí durante toda la cena, que comimos en el salón viendo la tele. Barney Miller. Sentía la sangre en los oídos.

Después de cenar, después de ver Taxi y después de que mi padre se fumara tres cigarros, por fin fue a la cocina; le siguió mi madre y luego yo.

Nos sentamos en la mesa de la cocina como supongo que hacen todas las familias. Mi madre y yo cogimos aire. Mi padre abrió la carta muy despacio, como si le faltara un hervor. La leyó en silencio. Lo miré a sus ojos azules, como los míos. Yo en mi cabeza estaba haciendo largos. Mi madre se sentó a mi lado, borracha, frotándose las manos. Yo intentaba no morderme la lengua.

Y por fin habló. Una beca del 75 por ciento en una universidad esnob. Una escuela para chicas ricachonas y gilipollas. Mi madre miró por la ventana para encontrarse con la noche floridana. Miré el papel con el logo de Brown y mi nombre. Sabía que no era cuestión de dinero. Teníamos dinero. Era más bien lo que dijo mi padre después. Con el cigarro en la boca, me lanzó el humo a la cara formando halos de humillación y me preguntó que si me creía que era especial. Fue como si me estrangularan. Cuando me llegaron a la garganta, me tragué las palabras.

La segunda carta era de Notre Dame. Seguíamos sentados en la mesa, la madre, el padre y la hija. El humo del cigarro confería un halo cinematográfico a la escena. Yo estaba sentada en silencio, era consciente de la tiranía que conllevaba hablar. Mi madre se estaba retorciendo un mechón de pelo, hasta tal punto que yo pensaba que se lo iba a acabar arrancando. ¿Por qué dijo que no? Porque podía.

La tercera carta era de Cornell.

La cuarta, de Purdue.

No.

Sentados en la mesa en una cocina de Florida.

La presencia de mi padre llenaba todas las habitaciones de la casa. Todas menos una. Mi habitación estaba llena de la humedad y la oscuridad de mi cuerpo. Olía a mi piel, a cloro y a marihuana. Las dos ventanas de enfrente fueron durante mucho tiempo mi portal a la vida nocturna de las chicas que huían. Una bochornosa noche de julio, tanto que cualquier niña pequeña se habría ahogado, estando sola en la cama, decidí que me iba. No sabía cómo, pero iba a escaparme. Esa noche me masturbé tanto que acabé con la piel en carne viva. Justo antes de acostarme, visualicé una maleta, la más grande que teníamos. Descansaba silenciosamente en el garaje, detrás de los palos de golf de mi padre y las cajas llenas de vidas pasadas. Era negra y del tamaño de un pastor alemán, lo bastante grande como para guardar la ira de una niña.

El día de los preliminares estatales de ese año, estuve con Sienna Torres en los vestuarios apurando una botella de casi un litro de vodka. Si hubiéramos sido hijos a punto de ser hombres, de fijo que hubiéramos cogido el coche de alguno de los padres para irnos a Canadá. O nos hubiéramos enfrentado a la autoridad por primera vez, sin importarnos el ojo morado. Pero allí estábamos, sentadas en el cemento bebiendo bajo la mirada de asco de unas deportistas afeitadas y obedientes.

Incluso borracha quedé quinta para la final de braza. En la final, una rubia que no conocía con el pelo grasiento y gafas de culo de botella se acercó a mí tras quedar segunda en los 100 metros braza. Mi marca fue 1:07.9. Tenía pinta de porrera. Me dijo que era la entrenadora de la Texas Tech y que, aunque no podía hablar conmigo en ese momento, con el agua y la ira infantil chorreando por mi cuerpo, me llamaría al día siguiente para hablarme de una beca completa. No contesté. Cuando recuperé el aliento miré a mi madre, que estaba en las gradas medio balanceándose, bebida. Esperaba que no se cayera. Mi madre, la única cosa que conocía de Texas, estaba sentada en las gradas farfullando.

Cuando la entrenadora de la Texas Tech me llamó a casa, mi padre estaba en el trabajo. Hablé por teléfono con aquella mujer de pelo grasiento y gafas de culo de botella. Escuchaba el dulce acento sureño de mi madre a mi espalda, enrollándose en mis hombros —como hace la miel con las abejas—, y escuchaba la voz de aquella mujer, y me escuché a mí diciendo que sí. Sí.

¿No sería genial que hubiera sido así de fácil? La voz de una madre allanando el camino para la partida de su hija. Esta nadadora rubia se va al aeropuerto a coger un avión. Ahí os quedáis.

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