Lidia Yuknavitch - La cronología del agua

Здесь есть возможность читать онлайн «Lidia Yuknavitch - La cronología del agua» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La cronología del agua: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La cronología del agua»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

De los escombros de su problemática juventud,
Lidia Yuknavitch teje una asombrosa historia de supervivencia. Una memoria que es un canto a la búsqueda de la belleza, la expresión personal, el deseo —hacia los hombres y las mujeres—, y el poder sanador del nado. En
La cronología del agua la vida queda expuesta, desnuda. Es una vida que navega y trasciende el abuso paterno, la adicción, la autodestrucción y la insoportable pérdida de una hija. Es la vida de una inadaptada —una que recorre un camino feroz y no transitado hacia la creatividad— en un ejercicio de reconciliación y amor propio.

La cronología del agua — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La cronología del agua», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Una semana más tarde, cuando llegaron los papeles que tenía que firmar, mi padre estaba en el trabajo. Los firmó mi madre. Recuerdo quedarme pasmada mientras miraba su mano. Tenía una letra preciosa. Después los metió en el sobre, cogió las llaves del coche y me dijo «vamos» con su característico acento sureño alcoholizado. Nos subimos al coche familiar, de la agencia inmobiliaria, fuimos a la oficina de correos y metió mi libertad en la boca metálica azul del buzón. Sentí que casi la quería.

El resto del mes de julio él se lo pasó cabreado. Y todo agosto. Todos los días, cuando llegaba a casa del trabajo, encontraba alguna forma de llenar la casa de ira, de hacer temblar las paredes con humillación; y, mientras tanto, las mujercitas tragaban y tragaban. Alguna vez llegué a pensar que nos acabaría matando a alguna de las dos. Pero no tenía miedo. Sentía el latido de las paredes con la palma de mi habitación.

Ese verano, durante uno de sus arranques de ira, tiró un plato contra la puerta corredera de cristal. Supuse que lo habría hecho añicos, pero no se escuchó nada. Otra noche me rompió la bolsa de natación y la dejó destrozada; el bañador y las gafas volaron por los aires. Una vez me siguió hasta la puerta de mi habitación. Sentí sus palabras ardiendo en mis hombros. Se quedó en el marco de la puerta. Cuando me volví para mirarlo, estaba temblando de la ira. Y entonces me dijo: «Esto es autocontrol. Me estoy controlando. No tienes ni idea de hasta dónde puedo llegar». Nos miramos fijamente.

Pensé: «Aquí tu hija se larga, hijo de puta».

Pero otras noches se transformaba en un hombre cuyo deseo se retorcía en su interior. Sobre todo a medida que se acercaba mi partida. Una noche de agosto que llovía a cántaros, me sentó en el sofá del salón, me pasó el brazo por encima de los hombros y me masajeó el brazo más alejado con el pulgar haciendo unos círculos espeluznantes. Su voz sonaba más que tranquila. Luego me contó lo que los chicos querrían hacerme: meterme sus sucias manos por debajo de la falda, separarme las piernas y hacerme dedos; sobarme y agarrarme las tetas, y chuparlas. Me dijo que iban a ser asquerosos, con sus manos y sus caderas y su aliento caliente y sus ganas de metesaca. Y lo que harían con su polla. Y yo, sentada a su lado en el sofá, consciente sin siquiera mirarlo del calor que desprendía mientras se tocaba, sintiendo como si me estuvieran pinchando con alfileres, apretaba los dientes, y él me decía que tenía que negarme, que recordar que era su hija y que él era el único hombre de mi vida que me daría las fuerzas necesarias para decir que no.

Yo me decía: «Esto es lo que demuestra que no está bien. Esto es por lo que ha llegado la hora de irse».

Ya había pensado en irme anteriormente. Como una fugitiva. Pero el año en que mi madre intentó suicidarse, cuando yo tenía dieciséis, mi hermana tuvo el coraje de volver del santuario —la universidad— para ver si quería irme con ella. Que viniera y me preguntara de alguna manera bastó para poder sobrellevarlo durante dos años más.

Pensé en los secretos que había ido almacenando en mi cuerpo. La de veces que había salido gateando por la ventana de mi habitación para meterme en un coche. El fuego imparable entre mis piernas. No el suyo. Pensaba en el vodka. Casi ahogándome. Cuando me sentó en el sofá para decirme que era suya, yo ya estaba muy lejos de ser una hija. Una maleta negra tomaba forma y escribía mi historia en mis sueños. Sentía que había una fuerza entre nosotros. Era mi sexualidad, no la suya.

Nuestro enfrentamiento paternofilial tuvo lugar en el garaje una semana antes de irme, junto al coche familiar de mi madre y el Camaro Berlinetta de mi padre. Había ido al garaje a coger la maleta negra. Tenía en mente llevármela a mi habitación y llenarla hasta arriba. Cuando la encontré, deslicé la cremallera y me topé con su boca. Olía a tabaco. La abrí y vi que dentro había dos camisas de mi padre de algún viaje. Me quedé mirándolas hasta que sentí un hormigueo en el cuello. Cogí un trozo de tela de una de ellas y me lo metí en la boca y lo mordí con todas mis fuerzas, tanto que me tembló la cabeza. Luego las cogí y salí a tirarlas a la basura.

Cuando volví, rebusqué en todos y cada uno de los compartimentos de la maleta: un tubo de pastillas de menta; parte del envoltorio de un paquete de tabaco; un peine; dos condones… La levanté y la agité. Por fin estaba vacía de él. Le cerré la boca. Me levanté para llevar la maleta a mi habitación y entonces apareció allí. Lo escuché antes de verlo y, cuando me di la vuelta, estaba debajo de la bombilla del garaje, que se balanceaba solitariamente, con la cabeza iluminada de una forma extraña. Luego se puso a gritar, un rollo lento y absurdo que acabó resonando enseguida como un rugido, igual que el motor de un Camaro Berlinetta. Me llamó puta, nombró mis pecados, enumeró todos mis errores, mis defectos y mis comportamientos vergonzosos, todas las cosas malas que me habían acabado arrastrando a ese momento entre padre e hija.

Puede que todo fuera verdad. Puede que tuviera razón. Puede que, como él decía, acabara siendo una puta fracasada. Pero era buena nadando. Y él no.

En un momento dado, me cogió del brazo; aunque sentí cómo se me iba formando un moratón, no solté el asa de la maleta. Si hubiera querido, podría haberle dado con ella en la cabeza en cualquier momento. Por alguna razón, esa noche, mi remordimiento y mi miedo de niña habían desaparecido. Me imaginé que era un niño, el hijo de otra persona. No tienes ni idea de hasta dónde llegaré, hijo de puta.

Lo miré a los ojos. Azul sobre azul.

Noté que se me ensanchaban los hombros y que se me pronunciaba la mandíbula. Tenía la adrenalina a mil por hora, como antes de una carrera. Nada de lo que me dijo hizo que me viniera abajo. Y creo que se dio cuenta, porque cambió de rumbo y empezó a hablar airadamente de lo que le estaba haciendo a mi madre. ¿Es que quería que mi marcha acabara con ella? ¿Como la mierda de mi hermana, que era una egoísta? ¿Así era yo? ¿Una puta egoísta que quería acabar con mi madre? ¿Pensábamos mi hermana y yo, unas gilipollas engreídas, que éramos superiores al resto?

Sí, mi hermana y yo éramos unas egoístas. Queríamos nuestra propia identidad. Ni la ira ni el amor iban a detenernos. Eso fue lo que dije.

Que

te

jodan,

gilipollas.

Volví a decirlo, más alto, y una vez más, hasta que acabé gritándolo, a pleno pulmón de nadadora. Entonces le dije: «Quítate de en medio, sádico de mierda», y columpié la maleta hacia atrás. Todo él se cernió sobre mí, alzó el puño, con los nudillos blancos y la cara roja, y apretó los dientes y los ojos, esos ojos de padre llenos de ira…, e hice lo que estaba destinada a hacer. Me incliné hacia él hasta estar lo más cerca posible de su cara y le dije que lo hiciera, con la maleta en guardia.

Soné igual que él.

Parecía que estábamos a punto de morir. Pero lo único que me hizo falta para salir de allí era mi propio cuerpo. Lo escuché resollar detrás de mi imponente espalda. Y me planteé qué pasaría si me diera un puñetazo en la parte de atrás de la cabeza. Pensé que podría soportarlo.

Me llevé la maleta a mi habitación. Entré, cerré la puerta y me quité la ropa. Olía a cloro y a sudor. El calor veraniego se colaba por la mosquitera de la ventana. Apoyé la cabeza en la almohada, expectante. Oí un coche pasar. Oí a un perro ladrar. Oí el viento estremecerse en los arbustos que había debajo de la ventana. Y cigarras. Y ranas. Me quedé esperando, alerta, hasta que me cansé. Me llevé la mano a la entrepierna y separé los labios. Estaba mojada. Empecé a deslizar los dedos en círculos, rápido y con fuerza. Cerré los ojos. Pensé en Sienna Torres metiéndome los dedos en el coño, bien abierto, tan abierto como una boca gritando «hijo de puta». La corrida fue tal que aquello salió disparado. Esa noche aprendí que el cuerpo de una chica era capaz de hacer eso: disparar flujo.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La cronología del agua»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La cronología del agua» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Lidia Yuknavitch - The Book of Joan
Lidia Yuknavitch
Lidia Yuknavitch - The Chronology of Water
Lidia Yuknavitch
Lidia Yuknavitch - Dora - A Headcase
Lidia Yuknavitch
Andrea Camilleri - La Forma Del Agua
Andrea Camilleri
Karl-Oswald Böhmer Muñoz - Rebeca y Ankalli en busca del agua
Karl-Oswald Böhmer Muñoz
José Esteban Castro - El conflicto del agua
José Esteban Castro
Felicitas Rebaque - El latido del agua
Felicitas Rebaque
Alejandro Vergara Blanco - Crisis institucional del agua
Alejandro Vergara Blanco
Omraam Mikhaël Aïvanhov - Las revelaciones del fuego y del agua
Omraam Mikhaël Aïvanhov
Отзывы о книге «La cronología del agua»

Обсуждение, отзывы о книге «La cronología del agua» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x