Ninguna gran potencia se apresuró a reconocer el nuevo Estado, y su participación en la conferencia de paz de París se anunció bajo el nombre de reino de Serbia. Estados Unidos fue el primer gran país en reconocerlo (7 de febrero de 1919), y de inmediato lo hicieron el Reino Unido y Francia.
El inesperado estallido de la Primera Guerra Mundial había sorprendido a todos aquellos que llegaron a pensar en una unificación paneslava, pero también a aquellos defensores de programas más nacionales. Muchos croatas, serbios y eslovenos tenían ese tipo de programas, que incluían territorios propios muy marcados, basados en los derechos étnicos e históricos, estos últimos bastante problemáticos, como hemos podido constatar. Unos territorios que parcialmente se solapaban (particularmente en Bosnia), de modo que los ideólogos más razonables del yugoslavismo entendieron que no había fronteras étnicas puras, que los pueblos estaban mezclados y que solo la unificación podría reunir un cuerpo verdadero nacional. La decisión de la unificación se vio reforzada por el principio decimonónico de un Estado fuerte, que hiciera frente con garantías a los amenazadores vecinos, tal y como sucedió con Italia y Alemania. En este sentido, Serbia, acabó siendo el Piamonte o la Prusia yugoslava. Y ello en contra de ideas tan abiertas, y acaso más realistas, como la de crear unos Estados Unidos de Yugoslavia, propugnada por el geógrafo Jovan Cvijić.
Pronto se comprobaría que el optimismo de una unión paneslava, basada en la lengua común, que debía aproximar a los eslavos del sur y conducirlos hacia un destino común, iba a chocar con los planteamientos de muchos ciudadanos y facciones políticas que solo conocían su pequeño espacio local y se apegaban a un programa nacional separado. El Estado que se creó bajo el ideal yugoslavo no alcanzó, pues, muchas expectativas, aunque también demostró que no se trataba solo de un sueño político.
El Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos
La muerte de Pedro I el 16 de agosto de 1921 convertiría a Alejandro, ya a todos los efectos, en el rey del nuevo Estado.
El reino reunió, como hemos visto ya, territorios eslavos con una historia y una cultura muy diversas, a la que se unía a la vez cierta complejidad étnica. Solo en la antigua Vojvodina austro-húngara había destacadas minorías húngara, germánica, valaca y rumana. Albaneses los había en Kosovo y en Macedonia. Y todos con idiomas propios. En cuanto a la religión, croatas, eslovenos y húngaros eran católicos (37,5%); serbios, macedonios y montenegrinos, ortodoxos (48,7%); los albaneses, y numerosos bosnios, musulmanes (11,2%). Las diversas lenguas eslavas, unificadas oficialmente en el llamado idioma serbocroata (de la que se distinguían, por sus relevantes peculiaridades el esloveno y el macedonio), empleaban dos alfabetos, el latino y el cirílico. La proporción de analfabetos mostraba grandes variaciones según las regiones: mientras que el 83,8 % de los macedonios lo era en 1921, en Eslovenia este porcentaje se reducía al 8,8 % de la población. Una combinación que podía dar lugar a consecuencias imprevisibles.
En 1921, el país contaba con 12.545.000 habitantes aproximadamente, de los cuales el 78,9% constituían población rural. El desarrollo industrial era mayor en las regiones anteriormente austro-húngaras, que concentraban dos tercios de la industria nacional. La parte central y meridional del nuevo reino era la más pobre. En todo el país, apenas el 9,9 % de la población trabajaba en la industria.
En esa misma fecha, las líneas férreas apenas contaban con 9.300 km, con una disposición que indicaba la historia de las diversas regiones, ya que conectaban con los antiguos centros de poder de las potencias desaparecidas en la guerra mundial (Viena, Budapest o Estambul). En cambio, no existía comunicación férrea entre las diversas regiones del reino. Las carreteras tenían 41.000 km de longitud, aunque de calidad diversa. En algunos lugares montañosos como la región de los Alpes Dináricos, los medios de comunicación eran tan rudimentarios que el principal medio de transporte era la yunta de bueyes. Las comunicaciones entre la costa y el interior eran prácticamente inexistentes. El carácter escarpado de buena parte del país y la falta de fondos para acometer grandes las grandes obras públicas necesarias para que mejorasen las comunicaciones impidieron el cambio de esta situación.
Desde el primer momento, el reino vivió una gran inestabilidad política. De hecho, ningún gobierno logró cumplir sus cuatro años de mandato, y solo un ejecutivo fue sustituido por ser derrotado en el Parlamento; el resto cambió tras diversos manejos y maniobras políticas. Se sucedían las intrigas entre partidos, las disputas sobre el poder para favorecer a sus partidarios y los cambios de alianzas. Las dos primeras elecciones de la década de 1920 estuvieron amañadas, y las dos últimas, marcadas por las presiones de la policía. El control de la Administración y su capacidad para favorecer a los intereses de unos pocos quedaron casi todo el periodo en manos de los serbios del antiguo reino (los llamados srbijanci), los eslovenos y los musulmanes bosnios. Los srbijanci controlaban también el ejército y la banca. El funcionariado estaba mal pagado, era parcialmente corrupto y de una calidad inferior al del austro-húngaro. Además, los peores funcionarios solían enviarse a las zonas políticamente más complicadas (como Macedonia o Vojvodina), con efectos políticos claramente desastrosos.
No todos los territorios tenían la misma presión fiscal (más alta en los antiguos dominios austro-húngaros, menos devastados en la guerra mundial) ni las mismas leyes, que nunca llegaron a unificarse.
Los campesinos, más de tres cuartos de la población, no contaban políticamente. Incluso los partidos teóricamente agrarios estaban controlados por la burguesía, la burocracia o los intelectuales. Dado el poco peso del capital privado y la importancia económica del Estado, la lucha entre los diferentes partidos por controlarlo y usarlo para sus propios fines fue feroz, aparcándose a la vez las posibles reformas sociales y económicas.
Entre la proclamación del nuevo Estado y la aprobación de su constitución en 1921, el nuevo país se rigió por la antigua Constitución serbia y fue administrado por el funcionariado y el ejército serbios. Este último se apresuró a disolver las unidades austro-húngaras y a despedir a sus oficiales. Fueron años de relativo estancamiento. El gobierno, en manos de los partidos serbios, estaba teóricamente controlado por un Parlamento provisional no elegido, del que quedaron excluidos las minorías y los opositores macedonios y montenegrinos.
El campesinado, por su parte, había sufrido una gran transformación en la guerra: influido por los cambios de la contienda y las nuevas ideologías, exigía cambios que acabasen con su anterior sumisión a la burguesía y la burocracia estatal, que consideraba explotadora. En los territorios austro-húngaros, exigía una inmediata reforma agraria, mientras que en Serbia y Montenegro reclamaba crédito barato. A pesar de que a comienzos de 1919 el Estado tomó medidas que eliminaron el peligro político inmediato del malestar campesino, a estas no les siguieron durante el resto del periodo otras para mejorar su situación. En un país con alrededor de tres cuartas partes de la población dedicada al campo, el Ministerio de Agricultura no solía disponer de más de un 1% del presupuesto estatal. La reforma agraria aplicada significó el reparto de 1.175.000 hectáreas, en su mayoría pertenecientes a señores bosniacos, y que fueron repartidas entre unos 250.000 nuevos propietarios, en su mayoría serbios.
En estos años, el principal partido de la antigua Serbia, los Radicales, pudo contar con la alianza de su antigua escisión más progresista, los Demócratas, en este periodo más centralistas incluso que los primeros.
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