Eladi Romero García - Las guerras de Yugoslavia (1991-2015)

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En 2021 se cumplen treinta años del inicio de las guerras yugoslavas, el último gran conflicto bélico del siglo XX que afectó a territorio
europeo. Guerras claramente provocadas por los nacionalismos excluyentes, impulsadas por políticos e intelectuales sin escrúpulos y
azuzadas por intereses de terceros países, que al final provocaron la desintegración de Yugoslavia, un estado federado creado en 1918.
De estos enfrentamientos surgieron seis repúblicas (Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Macedonia del Norte, Montenegro y Serbia),
más otra situada en cierto limbo jurídico llamada Kosovo. En este libro se analizan dichas guerras, en extremo crueles, desde la iniciada en Croacia hasta los últimos enfrentamientos en Macedonia del Norte.

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En 1882 se proclamó el reino serbio con Milan Obrenović I, un descendiente del primer Miloš mencionado. En ese momento, millones de serbios vivían no obstante fuera del reino, bien en el ahora denominado Imperio austro-húngaro (Bosnia, Croacia, Vojvodina y el Sandžak, un antiguo distrito otomano con capital en Novi Pazar) y en el Imperio otomano (Serbia del sur, Kosovo, Macedonia). El nuevo país, como la mayor parte de las tierras balcánicas, dependía económicamente de la agricultura, con apenas industria o infraestructura moderna. La población había pasado de un millón de habitantes hacia 1800 a cerca de dos millones y medio un siglo después. Belgrado tenía entonces 100.000 pobladores.

La política interna giró en gran parte en torno a la rivalidad dinástica entre las familias Obrenović y Karađorđević, descendientes respectivamente de Miloš Obrenović (reconocido como príncipe heredero en 1829) y Karađorđe Petrović. Los Obrenović dirigieron el Estado emergente entre 1817 y 1842 y de nuevo entre 1858 y 1903, mientras que los Karađorđevići lo hicieron entre 1842 y 1858, y después de 1903. El tema dinástico se mezcló en parte con otras cuestiones diplomáticas más amplias de carácter internacional. Milan Obrenović alineó su política exterior con la de la vecina Austria-Hungría a cambio del apoyo de los Habsburgo para su coronación como rey. Los Karađorđević se inclinaron más hacia Rusia, consiguiendo el trono en junio de 1903 tras un sangriento golpe de mano dado por oficiales del ejército hostiles al dominio de los Habsburgo sobre los eslavos del sur. Alejandro I Obrenović fue entonces brutalmente asesinado junto a su esposa en su palacio de Belgrado, siendo sustituido por Pedro I Karađorđević.

La oposición serbia a la anexión por el Imperio austro-húngaro de Bosnia-Herzegovina (donde abundaba la población serbia y eslava en general) en octubre de 1908 condujo a una grave crisis europea. La presión alemana y austro-húngara forzó a Rusia para obligar a Serbia (31 de marzo de 1909) a aceptar la anexión, aunque comprometiéndose a defenderla de cualquier amenaza futura a su independencia.

A comienzos del siglo xx se produjeron en los Balcanes diversos acontecimientos de tinte nacionalista que aprovechaban la decadencia del Imperio otomano. Bulgaria se independizó de forma oficial en octubre de 1908, mientras que en agosto del año siguiente tenía lugar en Grecia un movimiento exitoso de oficiales que propició un gobierno militarista-reformista. Con esta coyuntura favorable, Serbia se unió a estos dos países y al vecino reino de Montenegro, poblado por serbios, para formar la Liga Balcánica e invadir Macedonia en octubre de 1912, reduciendo la Turquía europea a una pequeña región alrededor de Estambul. Fue la llamada Primera Guerra Balcánica, concluida en mayo de 1913. Aparte de aumentar los territorios de Serbia, tras esta contienda se reconoció la independencia de Albania, aunque una parte importante de población albanesa se mantuvo en Kosovo, provincia que quedó en manos de los serbios, por considerarla estos un espacio histórico propio.

Bulgaria se mostró disconforme a la hora de repartir las conquistas, y en el verano de 1913 estalló una breve Segunda Guerra Balcánica que enfrentó a dicho reino contra sus antiguos aliados de la Liga Balcánica, a los que se unieron Rumanía y el Imperio otomano. Lógicamente, Bulgaria salió derrotada, y tanto Serbia como Rumanía aprovecharon la circunstancia para consolidar la anexión de nuevos territorios. El envalentonado reino serbio adquiría así buena parte de la Macedonia septentrional, convirtiéndose junto con el rumano en las dos potencias más expansivas de la zona. Ya solo restaba encontrar la excusa para luchar contra el Imperio austro-húngaro y unir, de esta forma, a todos los eslavos meridionales en un solo Estado bajo dominio serbio.

La victoria serbia en las guerras balcánicas aumentó el respeto del país vencedor entre los eslavos del sur. En las provincias austro-húngaras, los partidarios de la unidad yugoslava celebraron la expansión territorial de su pariente étnico, dando así esperanzas a la idea de la unificación incluso entre aquellos que previamente no la habían apoyado.

En otro orden de cosas, la lucha de los albaneses contra los dominadores otomanos para alcanzar la independencia se solapó con la Primera Guerra Balcánica de 1912. El ejército serbo-montenegrino penetró en territorio albanés en ese mismo año, ocupando en octubre el puerto de Durres. Kosovo y Metohija quedaron a su vez en manos de esos mismos invasores, y entre 20 y 25.000 albaneses fueron masacrados. La intervención del Imperio austro-húngaro logró preservar la independencia de una pequeña Albania, aunque una parte importante de la población albanesa quedó repartida en territorios de Serbia, Montenegro y de la actual república de Macedonia. Las fronteras del nuevo Estado serían definidas en 1913, quedando Kosovo y Metohija en manos del reino serbio, con excepción del territorio de Peć, que se integró temporalmente en el reino de Montenegro hasta su anexión definitiva en el Kosovo serbio en 1918. El gobierno serbio desarrollaría inmediatamente una política de limpieza étnica, provocando mediante duras medidas de represión la huida de numerosos albaneses y de los restos de población turca. Para muchos serbios, los albanokosovares no eran más que seres subhumanos con cola, tal y como los describía el ex-primer ministro serbio Vladan Đorđević en un opúsculo publicado en alemán y titulado Los albaneses y las grandes potencias (Leipzig, 1913).

La Bosnia austro-húngara

La ocupación austro-húngara de Bosnia y Herzegovina en 1878, aunque solo como potencia administradora, aunque preservando la soberanía otomana, no se hizo sin resistencia de las poblaciones musulmana y ortodoxa. De hecho, las tropas imperiales sufrieron algunos percances en Maglaj y Tuzla, aunque lograrían ocupar Sarajevo en octubre de 1878. La breve campaña de conquista duró tres semanas, y costó al ejército invasor unas 5.000 bajas.

La tensión se mantuvo en algunas partes de la provincia, particularmente en Herzegovina, provocando una masiva emigración de disidentes musulmanes. Sin embargo, pronto se alcanzó relativa estabilidad, y las autoridades austro-húngaras lograron culminar una serie de reformas sociales y administrativas. Sirva de ejemplo el hecho de que en 1885 comenzó a funcionar el tranvía en Sarajevo. Con el objetivo de establecer la provincia como un modelo político estable que ayudase a disipar el creciente nacionalismo de los eslavos del sur, los Habsburgo promulgaron leyes para introducir nuevas prácticas políticas que definieran a los bosnios musulmanes (los bosniacos) como un pueblo con carácter propio, y en general para intentar modernizar la provincia.

En este sentido destacó la labor del conde Benjamin von Kállay, gobernador austro-húngaro de la provincia entre 1882 y 1903, quien se mostró habilísimo a la hora de fomentar la animosidad de sus distintos grupos étnicos apoyando sobre todo a los musulmanes, más numerosos y menos peligrosos, cuyas prerrogativas sociales alcanzadas durante la dominación otomana fueron conservadas.

Temiendo al expansionismo serbio tras el golpe de Estado que situó en el trono del reino de Serbia a Pedro I Karađorđević, la diplomacia austro-húngara negoció con Rusia los términos de la anexión, y tras una reunión celebrada el 16 de septiembre entre los ministros de Exteriores de ambos imperios Alois Aehrenthal y Aleksandr Izvolski, el emperador Francisco José I de Austria anunció el 5 de octubre de 1908 la anexión de Bosnia, que recibió un nuevo régimen constitucional en el que se reconocía su autonomía. El Imperio otomano protestó airadamente ante la anexión, boicoteando militar y económicamente al imperio de los Habsburgo. Finalmente, ambas potencias llegarían a un acuerdo por el que las autoridades austro-húngaras pagarían a los turcos 2,2 millones de libras esterlinas. Además, entregó el sanjacato de Novi Pazar (en serbio conocido como Sandžak), integrado en Bosnia, a los turcos. Una cesión que duraría pocos años, pues los serbios lograrían apropiarse de dicho sanjacato tras las guerras balcánicas de 1912 y 1913.

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