—¿Dónde diablos te metiste?
—Después del show de ayer en el Palace me fui a casa. Estaba muy cansado y me costó despertarme. Sólo estoy llegando quince minutos tarde, no creo que sea para tanto.
El rostro del director se descompuso de ira.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Eres idiota o qué? Estuve toda la semana tratando de dar contigo. En el Palace tenemos que tocar mañana, como todos los viernes.
Se quedó pensativo un instante y luego agregó:
—Oh, ya veo. Estuviste fumando esa mierda otra vez. Y quién sabe qué más.
—¡No! Hace meses que estoy limpio, Billy. Te lo juro.
—Escucha Sonny, eres un músico excelente y te aprecio por eso. Pero no puedo permitir que la gente de la banda desaparezca sin dejar rastro. Otra de éstas y te quedas fuera de la orquesta. Estás advertido.
Mientras retornaba a su batuta, se dio vuelta y le gritó a Sonny.
—¡Y no te quedes ahí parado como un pavo, que no tenemos todo el día!
Sin tiempo para procesar el diálogo con el director, Sonny se dirigió al fondo de la sala para armar su instrumento. Al abrir el estuche, encontró un papel doblado en dos que sobresalía de la campana de su saxo. La esquela era muy breve:
“Querido Sonny:
Tuvimos un hermoso e inolvidable intercambio, pero debo partir sin demora hacia otro lugar. Tienes un alma generosa y eres un artista excepcional. Voy a estar contigo cada vez que te acuerdes de mí, para ayudarte a realizar todo lo que le pidas al universo.
Con amor, Wanda”.
Por alguna razón que él no llegaba a comprender, la nota no lo sorprendió, y aunque su intuición le decía que no volvería a verla, no se sintió decepcionado por la partida de Wanda.
Al día siguiente, ya en el Palace, Sonny preludiaba arpegios con su saxo, como habitualmente hacía antes de que la banda comenzara a tocar. Pero ese día sentía una sensación de liviandad como nunca antes. Cuando llegó el momento de su primer solo, se paró y miró hacia un costado del escenario. Evocó por un momento la imagen de Wanda observándolo con esos ojos increíbles. Un instante después, mientras tocaba, se maravilló de las frases originales y sorprendentes que iban surgiendo espontáneamente de su saxofón, una tras otra, casi sin que él se lo propusiera. Cerró entonces los ojos y se subió a la ola de ese océano. Por fin, había encontrado su propia voz.
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