Presentada la banda —era de rigor en esa época que cada una tuviese su presentador— los músicos comenzaron con un par de temas de Dizzy Gillespie y siguieron con otros standards y temas propios, casi sin respiro. Todos los temas estaban repletos de solos, y Sonny soleaba en casi todos. Cuando tocaron Loverman, en un arreglo especial para la banda, la tanda de solos comenzó con el saxo tenor de Dexter, que se propuso recrear la melodía con notas largas y melancólicas; cuando Dexter estaba terminando lo suyo, Sonny se paró y continuó con la idea melódica del saxo tenor; a los pocos compases, sin embargo, fue incrementando la intensidad de su solo, doblando el tiempo y llevando las intrincadas frases hacia el registro más agudo de su instrumento. De pronto, llamó su atención una mujer de ojos claros y brillantes, que estaba parada a un costado del escenario, a pocos metros de él, y que lo miraba detenidamente; su cabello ondulado, de un dorado intenso, caía en largos mechones sobre su blusa blanca. Sin dejar de mirarla, Sonny llevó su fraseo a un nivel máximo de paroxismo, cerrando los ojos en las notas finales. Cuando se sentó y miró hacia la pista, la mujer ya no estaba.
Al terminar el show, Sonny se acercó al sector reservado a los músicos. Mientras hablaba con el barman en uno de los extremos de la barra, notó que alguien se aproximaba por el costado. Cuando giró la cabeza, se encontró con la extraña mujer que lo había estado mirando.
—Hola. Quería felicitarte por cómo tocas. Me gustaron mucho tus solos.
—Bueno, muchas gracias, señorita —respondió cortésmente Sonny, ante la mirada azorada de los compañeros de banda que estaban tomando algo cerca de él.
—¿Tocan aquí todos los días?
—No, en este teatro sólo los viernes, pero otros días de la semana estoy tocando con otros músicos en distintos bares. ¿Quiere tomar algo? —propuso Sonny, que aunque era muy desinhibido para hablar con las mujeres, no estaba para nada seguro de que su admiradora fuera a aceptar.
—Claro. Lo mismo que usted.
El barman sirvió otro whisky y lo acercó a la muchacha con cierta desconfianza.
—¿Cuál es su nombre, señorita?
—Me dicen Wanda, ¿y el tuyo cuál es?, si es que puedo tutearte.
—Edward, pero me dicen Sonny. Y sí, claro que puedes tutearme —respondió él, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes blanquísimos y perfectos, que hacían un elegante contraste con su rostro moreno.
Sonny nunca había visto a una chica como ella. Debería tener más o menos su edad, con seguridad no llegaba a los veinticinco años. Era bellísima (“casi irreal”, pensó Sonny). Su cabello tenía un brillo dorado inigualable, con reflejos cobrizos que producían una sensación de movimiento. Tenía una piel muy blanca y de una tersura increíble. Su voz era en extremo agradable; curiosamente, su acento era tan neutro que no ofrecía pistas sobre su posible nacionalidad. Definitivamente, lo que más impresionó a Sonny fueron sus ojos: de color indefinible, que se ubicaba entre el turquesa y el gris. Si bien en todo momento su semblante irradiaba simpatía, había algo insondable en aquellos ojos absolutamente misteriosos, enmarcados por unas cejas perfectas.
Se sentaron alrededor de una mesita cercana a la barra y hablaron largamente. Sonny le contó sobre sus músicos de jazz preferidos, y sobre los discos más importantes que habían grabado. Ella parecía saber bastante de música, y se mostró muy interesada en conocer cómo los músicos de jazz armaban sus solos.
—En realidad es composición en tiempo real. Para poder solear con fundamento, los músicos de jazz tenemos que aprender las reglas básicas de la composición, conocer las progresiones armónicas del género y manejar con fluidez una variedad importante de elementos técnicos. Quienes tocamos instrumentos melódicos, como un saxo o una trompeta, debemos combinar esos elementos para producir frases melódicas que sean coherentes con los acordes que esté tocando, pongamos por caso, el piano. Lo que hace la diferencia es el buen gusto del solista, y sus ideas musicales —explicaba Sonny.
—Lo difícil debe ser combinar todo en el momento, sin tenerlo escrito de antemano —conjeturó Wanda.
—En efecto, ese es el gran desafío del solista de jazz, a diferencia de un solista de música clásica, que interpreta una melodía ya escrita y revisada. Nosotros sólo tenemos a la vista el cifrado de acordes, lo demás es un lienzo en blanco. Por eso, debemos trabajar mucho en internalizar escalas y arpegios, para conseguir un lenguaje musical coherente que nos permita transmitir, en el momento y sin filtro previo, lo que pensamos, sentimos, anhelamos; en fin, lo que somos.
—Entiendo. Sería como el caso de esos pintores japoneses que pintan sobre papel de arroz. No pueden detenerse a retocar trazo alguno, porque perforarían el papel. Es espontaneidad pura; con entrenamiento previo, claro.
A Sonny le encantó la analogía.
—Así es, Wanda. Lo has entendido perfectamente bien.
Hacia medianoche, el dueño anunció que ya hora de cerrar, así que los pocos músicos que quedaban tomaron sus instrumentos y se encaminaron hacia la salida del teatro. Sonny acompañó a Wanda hasta la vereda.
—Me gustaría mucho escuchar los discos de jazz de los que me estuviste hablando —le dijo ella, mirándolo fijamente a los ojos.
—Claro, los tengo en casa, podríamos encontrarnos algún día de estos y…
—¿Podemos ir ahora? —preguntó ella con una candidez que emocionó a Sonny.
—Bueno, mira, me encantaría… pero el vecindario en el que vivo es uno de los peores en todo el estado de Pennsylvania. Sospecho que mis vecinos no te mirarían con buenos ojos.
—No hay problema —replicó ella, colocándose el largo impermeable oscuro que llevaba colgado del brazo, cuya capucha ocultaba su cabellera y la mitad de su cara; complementó el disfraz con una bufanda y unos anteojos negros que terminaron de ocultarle casi completamente el rostro.
—Bueno, ok, nada mal —concluyó un asombrado Sonny, que comenzó a sentir una rara sensación en el estómago—. Mi departamento queda a unas cuadras de aquí, podemos ir caminando.
Caminaron en silencio. A las pocas cuadras del teatro comenzaron a ver edificios muy parecidos a los de Harlem, habitados por una población predominantemente negra y de muy escasos recursos. Unos adolescentes que practicaban básquet en la vereda saludaron a Sonny y uno de ellos deslizó un silbido final de admiración hacia la silueta de su misteriosa acompañante.
Sonny vivía en un cuarto piso por escalera. El edificio era uno de los mejores de la cuadra, con una pesada puerta de calle que se abría a un pequeño hall de entrada. Subieron ágilmente las escaleras, sin casi hacer ruido. El departamento de Sonny era espacioso, y al estar en el último piso se podía acceder fácilmente a la terraza.
—El vivir aquí arriba me permite tocar y escuchar música sin recibir las quejas de los vecinos. Además, la única vecina que tengo en el piso es una vieja que está medio sorda —puntualizó Sonny—. Hay otra ventaja: el alquiler es compatible con los ingresos de un músico de jazz —agregó.
Sonny preparó unos tragos y ambos se pusieron cómodos. Wanda se quitó sus botitas y se tendió a la largo del sillón Chester que presidía la habitación, dispuesta a escuchar los discos que Sonny ya estaba seleccionando. Un instante después se escuchó el siseo de la púa contra el primero de los vinilos, y en segundos comenzó a sonar el saxo tenor de Coleman Hawkins, en su personalísima versión de Body and Soul.
—Este tema va a quedar en la historia, estoy seguro. “Hawk” reversionó completamente la melodía, pero lo mejor de todo es su solo. Inspiró a muchos de los nuestros —explicó un entusiasmado Sonny.
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