Enrique M. Rodríguez - 7 cuentos

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En esta recopilación de cuentos, la mayoría de ellos breves, predomina el componente fantástico en diversas vertientes. Así, su lectura incluye escenarios de realidad virtual, visitas atípicas, sueños reveladores y un poco aterradores, magia extraterrenal y mitos campestres, proponiéndole al lector varias interpretaciones posibles. La diversidad de temas y tramas responde a la variada experiencia de vida del autor, y a su formación como científico y músico. Estos primeros siete cuentos representan la primera incursión formal del autor en la literatura no científica, como auspicio de una nueva vocación.

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Lo que ocurrió a continuación sigue siendo objeto de debate. Para peor, no todos reportamos haber visto exactamente lo mismo: había leves, aunque significativas, diferencias entre las versiones que cada uno de nosotros tenía de los “hechos” ocurridos ese día. Lo que estaba fuera de discusión es que luego de generar la expectativa del clímax por venir, el loco comenzó a hacer la mímica de estar nadando, juntando las manos en el medio y abriéndolas hacia los costados. Lo realmente increíble fue que a esta mímica le siguió un movimiento de todo su cuerpo hacia arriba, y luego hacia todas direcciones, mezclándose con el nado de los tiburones, como si fuese uno más de ellos.

—Ay, carajo —atinó a decir la morsa.

Era el momento estelar del loco, que prosiguió con su discurso.

—El programa te registra con la cámara, e interpreta tus movimientos iniciales para generar un movimiento completo de todo tu cuerpo que se integra con el ballet de fondo, en este caso el ir y venir de mis simpáticos amiguitos. Transfiere después ese mix a la pantalla, con un efecto 3D increíble.

—Y te ves a vos mismo nadar con los tiburones, que de simpáticos o amigables no tienen nada, te cuento —acotó Guille.

—No, no me veo, y eso es lo más interesante. Por los auriculares el programa te manda sonidos y no sé qué más, que hace que realmente sientas que estás nadando con los tiburones. Literalmente.

—Me estás jodiendo, eso no es posible —desconfió el tano.

Para algunos de nosotros, lo terrible ocurrió justo después de esa frase del tano. Para otros —como yo— hubo una cierta discontinuidad temporal, como si de pronto hubiese un breve salto hacia adelante en el tiempo.

—La sensación que tuve fue como la de comenzar a subir por una escalera, y de un instante a otro encontrarme con el pie en el último peldaño —le explicaba a Guille en el bar de la plaza Dorrego.

Más allá de la percepción temporal de cada uno, todos vimos más o menos lo mismo: la mano del loco abriéndose para arrojarle comida a los tiburones; era algo parecido al alimento para gatos, que quizás tuviera a mano cerca de la computadora. Esto provocó un revuelo de varios de los escualos, tratando de atrapar la comida. Fue en ese momento que uno de ellos rozó con la boca abierta uno de los brazos del loco. Todos vimos (algunos con mayor intensidad que otros) brotar un hilo de sangre que atrajo inmediatamente a todos los tiburones, incluso a varios que en ese momento no se veían en la pantalla. Vi claramente cómo la dentadura de uno de ellos se hundía en el brazo herido del loco, sacudiendo todo su cuerpo como si fuese un muñeco de trapo. Otros se sumaron al festín, desgarrando carne de las piernas o del torso. En pocos segundos la pantalla del loco se inundó de sangre; lo último que vimos con claridad fue el gesto de desesperación en la mitad de su cara, aplastada por un segundo contra la pantalla, antes de desaparecer por completo en la neblina rojiza y macabra.

Lo que vimos inmediatamente después —creemos que simultáneamente en todas nuestras computadoras— fue el cuadro de video del loco ponerse en blanco, con un mensaje de “UNEXPECTED ERROR”, seguido de otros detalles que nadie recuerda.

—Deberíamos haber grabado todo —me decía Guille aquella tarde en el bar—. Pero, claro, nos quedamos tan asombrados por el espectáculo que ninguno de nosotros se avivó a tiempo.

—¿Fuiste vos o el tano el que finalmente llamó a la policía para entrar a la casa?

—Fui yo —me confirmó—, después de que lo llamáramos mil y una veces al celular, e incluso al teléfono fijo de una vecina —el tano tenía el dato— que se cansó de golpearle la puerta sin obtener respuesta.

—Cierto, no encontraron ni rastro del loco. Aunque creo que uno de los canas creyó ver un pequeño charco de agua debajo del asiento de su compu, que además estaba prendida.

—Sí, me acuerdo. Por un par de semanas incluso se nos ocurrió que todo lo que pasó fue un show montado por el loco. Algún video que ya tenía editado de antemano, con su voz en off contestándonos en el momento. Vos sabés cómo era, le gustaban ese tipo de cosas. Si hasta especulamos con que se había ido por un par de semanas a lo de una prima, que según parece vivía cerca, dejando pistas bizarras, como el charquito de agua.

—Aunque lo intentamos, no pudimos ubicar a ningún familiar —acoté.

—Imposible. Sabíamos que era hijo único y que quedó huérfano cuando era muy chico, después del accidente de sus padres. Un par de veces contó que se había criado con una tía, pero nunca mencionó un dato concreto.

—Tampoco de su prima. Era una entelequia.

—Con todo, el petete todavía cree que fue una joda, y que en cualquier momento se nos aparece el loco muerto de risa, con su tradicional “cómo se la creyeron, eh”.

—¿Ya va para un año, no?

—Sí, en un par de meses.

—¿Te anotás con otra birra? —atiné a decirle, para salir del tema.

—Sí, dale.

Una visita inesperada

Ese día, Sonny había llegado más temprano al teatro. Ingresó por la puerta trasera de siempre, la que daba al pasillo que conducía directamente a los vestuarios, tras bambalinas. Un rato antes había llegado el contrabajista, que estaba terminando de afinar su instrumento; a un costado de la amplia sala asignada a la orquesta, se amontaban los bombos y platillos del baterista, que no cesaba de parlotear con uno de los operarios del teatro.

Tras recibir el saludo de bienvenida del contrabajista, Sonny dejó el estuche de su saxo a un costado, se sentó y encendió un cigarrillo. Escuchaba con claridad la música que provenía del escenario.

—¿Cómo está el ambiente hoy, Benny?

—Normal, diría. Todavía lleno de swing dancers.

—Recién van por Let’s Dance, tienen para media hora más.

La predicción de Sonny se basaba en que la banda de swing que se presentaba antes de la suya siempre tocaba los mismos temas, y en el mismo orden. Todos los viernes —el día de la semana en que ambas bandas compartían el escenario de ese teatro—, la de swing hacía la misma rutina. La de Sonny, en cambio, más volcada al jazz de vanguardia, renovaba constantemente su repertorio.

Cuando terminó su cigarrillo, Sonny se dirigió al telón de fondo del escenario y espió por un costado. Vio en la pista a una multitud de muchachitos blancos peinados a la gomina, con tiradores llamativos y zapatos bicolores, siguiendo prolijamente los pasos de la coreografía con sus parejas de baile, muchachitas de vestidos a lunares y zapatitos de charol. Les dio luego un vistazo a los músicos de la orquesta, que pese a verlos de espalda, pudo reconocerlos.

—Ni un solo negro en esa orquesta. Pure bullshit.

—Tranquilo hermano, en un rato les vamos a enseñar cómo se toca jazz.

Un rato después, ya realizado el recambio de bandas, Sonny estaba en la primera fila de su orquesta preludiando arpegios con su saxo alto. Al lado de él, completando la fila de saxos, había varias jóvenes promesas que, como él, adherían al nuevo estilo que se estaba gestando en aquellos años, y que un tiempo después sería bautizado como bebop. Al abrirse el telón frontal, pudieron ver a su público; muchos de los que estaban allí ese día solían venir con frecuencia a escuchar a la banda. Eran en su mayoría blancos, sentados alrededor de las pequeñas y numerosas mesas redondas que los mozos del bar del teatro habían instalado en la pista, luego de la sesión de baile. Sólo unos pocos oyentes negros se agrupaban alrededor de un par de mesas, en una esquina del salón; casi todos ellos eran músicos de jazz, a quienes el local les permitía la entrada siempre que vistieran saco y corbata. La guerra todavía no terminaba y el teatro no podía darse el lujo de perder clientela.

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