Sergi Bel - El libro de Shaiya

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El Libro de Shaiya consta de dos partes, en la primera cuento, la que para mí fue la experiencia más importante de mi vida antes del nacimiento de mi hija Shaiya, un viaje chamánico en las mismas entrañas del Amazonas donde me sumergí en las profundas enseñanzas de la planta maestra Ayahuasca. En la segunda, inicio un íntimo y fluido dialogo atemporal con mi hija ya de adulta, expresando el conjunto de saberes y conocimiento que allí se me mostraron y adquirí, respondiéndole con ello las eternas preguntas de ¿quién soy?, ¿de dónde vengo? y ¿a dónde voy?

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Don Pedro se levantó.

—Hoy la ceremonia se inicia antes porque nos interesa observar y entrar en contacto con los poderes y fuerzas que hay en los diferentes periodos de la jornada, no solo los que habitan de noche.

Encendió su gran pacheco y arrodillándose ante mí cantó un icaro sobre los poderes del tabaco. A medida que cantaba, entre estrofas, inhalaba una gran calada y la soplaba sobre mi cuerpo agitando una maraca. Empezó por la zona de los pies hasta acabar en la cabeza y mi ser se fue impregnando del fuerte olor a tabaco. Aunque no era muy agradable reconozco que me sentí más fuerte y vigoroso, como si mi alma se solidificara despertando una naturaleza dentro de mí que desconocía.

Se acercó a mi entrecejo y sorbió de él como si en mi frente hubiera una pajita. Raúl, que estaba a nuestro lado, le ofreció un cubo donde don Pedro escupía entre arcadas cada vez que succionaba de mí. Realizó el mismo ritual a otros dos de los presentes antes de ofrecernos el vasito dorado.

La medicina del alma me pareció más suave esta vez, deslizándose mansamente por dentro, pese al habitual escalofrío inicial. Me senté respirando con tranquilidad para abrirme a lo que viniera. Vi cómo Isabel se estremecía también al beber, pero al cerrar los ojos mis oídos se fueron centrando en los cientos de sonidos de la selva. En el interior de mi mente esa conjunción de cantos se abrió a un plano donde descifraba todos y cada uno de los diferentes sonidos. Se agrupaban espacialmente ocupando diferentes zonas alrededor de donde estábamos, como si de territorios se tratara. Cada individuo se comunicaba con el resto indicando dónde se encontraba, en algunos casos para evitar que se acercaran más de lo debido, en otros para aparearse. Otros sencillamente cantaban agradeciendo a la vida el momento presente de felicidad y alegría.

Mis oídos discernían y aislaban del resto cada uno de ellos, por grupos y especies, como un zoom auditivo.

Vi que por encima de ese plano residía otro más amplio en el que el conjunto de sonidos formaba como una gran orquesta filarmónica. Existía un entendimiento superior que parecía dirigirlo todo a través de su sutil voluntad. Entendí la profundidad de las palabras de don Pedro sobre el conocimiento de los procesos sagrados por todos los seres, esa fuerza superior los dirigía y sus «hijos» nunca osarían perturbarlos en forma alguna.

La majestuosidad de la sinfonía de la naturaleza se me mostraba plenamente en cada uno de sus aspectos. Permanecí embelesado, maravillado por la cantidad de vida y consciencia que sentía en cada uno de esos cánticos. Mis oídos se centraron en un ruido grave de fondo que venía de lejos y que fue poco a poco magnificándose.

El resto de sonidos variaba a medida que aquel se acercaba, hasta que identifiqué la lluvia cayendo sobre la arboleda. Del impacto de las gotas sobre las hojas surgía un extraño lenguaje en el que vislumbré fascinado un canto de agradecimiento a las nubes llenas de agua. Toda la vegetación reverenciaba los entes celestes que las cuidaban y alimentaban con esa bendita agua. La alegría de todas las almas era evidente, se respiraba en el ambiente hermosa felicidad.

La lluvia cesó al igual que los cantos y una brisa húmeda me acarició el rostro, dulcemente, como si quisiera llamar mi atención. Abrí los ojos para ver qué era y noté que los sonidos recobraron de pronto el aparente caos inicial.

Lejos de la entrada asomaba una extraña forma que no conseguí ver con claridad. Mis pupilas se dilataron cuando el sol reflejado en las hojas dibujó un rostro femenino que me sonreía. La Madre Naturaleza, la Pachamama, se mostraba ante un simple hombre como yo. Los brillos del sol bailaban al son del agua, mostrándome una hermosa y cariñosa sonrisa cuyo calor irradió por mi plexo solar. Era esa consciencia maternal que todo lo cuida cariñosamente y de cuyo amor las flores florecen como presentes a la vida. Era una imagen increíble producida por la conjunción de una infinidad de factores, algo inconcebible e imaginable, pero allí estaba, hermosa como ninguna.

Agradecido por el regalo, con el corazón rebosante de emociones y asombro, mis ojos se humedecieron hasta que las lágrimas cayeron por mis mejillas de tanta gratitud.

La sonrisa del rostro se acentuó cuando el estómago me aguijoneó y, de golpe, salió algo de mí que cayó al fondo del cubo. Miré de nuevo, pero la hermosa aparición había desaparecido con los brillos del sol.

La noche cayó mientras los icaros de don Pedro se sucedían. El grupo parecía tranquilo, algunos dormían, y yo debía de estar traspuesto cuando una extraña sensación me envolvió. Sin moverme, empecé a sentirme ingrávido, sin constancia del peso de mi cuerpo; no sentía los maderos del suelo, tampoco mi respiración. Parecía diferente a la sensación que experimentaba con la música, me sentía muy liviano, como si hubiera abandonado algo. Al abrir los ojos vi que estaba a unos tres metros del suelo, boca abajo, observando una imagen inquietante. En un círculo, unos encapuchados unidos por un lazo de luz contemplaban preocupados una esfera azul en el centro.

Aunque una parte de mí sabía que éramos nosotros y que la luz de las velas era el lazo que nos unía, reconocí en la esfera azul la imagen de la Tierra. Una emoción inmediata me hizo entender la responsabilidad del hombre sobre su planeta y habitantes, junto a la delicada situación en la que se encuentra.

No pude evitar sentir gran tristeza por la inconsciencia con que tratamos un mundo tan increíblemente hermoso y mágico, avergonzándome de la especie a la cual pertenecía. Sin darme cuenta, en un parpadeo, de nuevo estaba en mi sitio, aunque con una sensación agridulce por la percepción descrita.

Raúl se levantó para apagar las velas a pesar de que ya era negra noche y don Pedro nos señaló silencioso que miráramos lo que sucedía en el centro de la palapa. Se veía revolotear un pequeño ser que desprendía destellos de luz. Al rato fueron dos, después tres, cuatro, cinco. Todos se encendían y apagaban al unísono como si se llamaran entre sí.

Eran unas preciosas luciérnagas que nos acompañaban en nuestro trabajo, dibujando un baile de luces que nos dejó hipnotizados. Don Pedro reinició los icaros al que las luciérnagas se unieron danzando por el aire en un espectáculo de belleza difícil de expresar.

Mi ser, agradecido y agotado, se fue abandonando hasta quedar plácidamente dormido acompañado por ese maravilloso regalo de la Madre Naturaleza.

Capítulo 10

El tercer día de integración

Al abrir los ojos recordé a don Pedro cuando en el hotel nos dijo: «Las dietas chamánicas hay que vivirlas en soledad, por ello la mayor parte del proceso debe realizarse evitando en lo posible el contacto con terceros; pues esto produciría lo que definimos como interferencia o contaminación de la propia experiencia. El hecho de hablar o interactuar con otro individuo que está en el trabajo, acostumbra a producir una distorsión en el propio, ya que cada uno tiende a proyectar sus propias experiencias, buenas o malas, induciendo involuntariamente un condicionamiento o perturbación en el proceso del otro».

La soledad debe ser nuestra mayor compañía durante estos días, para favorecer la exploración interior, realizándola apartado del resto y en silencio.

No era pues, de extrañar, mi sensación de constante abandono y la de despertar siempre en soledad y aquella mañana no fue excepción cuando la luz penetró por mis retinas. Volver a la realidad era como regresar a una pesadilla, pasando de un estado hermoso y agradable a otro muy doloroso e incómodo, como ascender a los cielos para caer a los infiernos.

Ese malestar me indujo de nuevo una sensación de rabia e impotencia que afloraba por los poros de mi ser. Estaba cansado de todo aquello y de la lucha que mantenía con mi cuerpo. El aparente abandono al que me veía sometido en todos los sentidos me empezaba a desgarrar por dentro, sintiéndome como un animal enjaulado que intenta escapar con todas sus fuerzas. Un pensamiento lúcido surgió en medio de aquel estado, cuanto más sufría mi cuerpo, más trascendente era la experiencia que vivía. Entendí por qué a lo largo de la historia los grandes maestros de todas las culturas y religiones se han sometido, en su búsqueda, a largos periodos de ayuno en lugares solitarios y recónditos. Hay que purificar el cuerpo para trascender e iluminarse.

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