El grado de presencia de las figuras en relación con la instancia de discurso depende en primer lugar de la dimensión retórica: en efecto, en cada figura — metáfora, ironía, metonimia o cualquier otra— se hallan en concurrencia dos contenidos por lo menos —dos versiones de un mismo hecho, dos enunciados contradictorios o dos universos semánticos—, y su coexistencia en un mismo lugar del discurso solo es posible si, para la instancia de discurso, no tienen el mismo modo de existencia .
Tomando posición frente a esas figuras o interpretaciones superpuestas, la instancia de discurso precisa aquellas a las que otorga el grado de presencia más fuerte o que le proporcionan el “sentimiento de existencia” más vivo. Puede también, como veremos, hacer variar ese grado de presencia asumiendo con mayor o menor fuerza tal o cual estrato de significación.
La segunda problemática es la de la identidad . En la perspectiva del discurso enunciado, la identidad de los actantes está definida por la acumulación progresiva de roles y de rasgos que les son atribuidos a lo largo del discurso; está completa, definitiva y reconocible solamente al final del recorrido o, eventualmente, cuando ha llegado a un tal grado de repetición que ya es posible concluir que está definitivamente estabilizada. En cambio, en la perspectiva del discurso en acto, lo que es pertinente es la identidad en construcción , es decir, tal como se la representa aquel cuya identidad está en cuestión. Es muy claro que el sujeto concernido no puede esperar el final de su recorrido (en último término, el fin de su vida) para asumir su identidad: debe hacerlo “en movimiento”, mientras que su identidad se encuentra “en devenir”, mientras que está incluso, a cada momento, en trance de ser otro . Hablaremos entonces de búsqueda de identidad, de identidad “en la mira”, y hasta de proyecto de vida .
En esa perspectiva, el estatuto del “personaje” narrativo cambia, puesto que no es solo ya el soporte de roles sucesivos, calculables a partir de un esquema narrativo acabado, sino también el vector de una identidad en construcción, que se nutre del cambio mismo. Al mismo tiempo, el interés del análisis narrativo se desplaza, ya que no se ocupa por entero en las pérdidas y en las ganancias pragmáticas, cognitivas o simbólicas, obtenidas por los actores del relato, sino que se interesa también y principalmente por la búsqueda de identidad de los “personajes”. Además, como esa perspectiva tiene por punto de referencia la instancia de discurso, es, directa o indirectamente, la instancia de discurso —enunciador y enunciatario confundidos— la que está en juego. De ese modo, aparecen en el horizonte las preocupaciones de una pragmática del texto literario, así como las de la estilística, pues el estilo es uno de los modos de expresión de esa identidad.
La tercera problemática —y la última que evocaremos aquí— es la de la afectividad : pasiones, emociones, sentimientos. Desde el punto de vista del discurso enunciado, de la significación acabada, la afectividad no era ciertamente inaccesible: dependía entonces de los contenidos modales ( querer, saber, poder , etcétera) depositados en la identidad de los sujetos por los roles que habían asumido; de ese modo, se podía hacer una descripción modal de las pasiones y de los sentimientos. Pero faltaba siempre la actualidad de la emoción, el temblor somático del afecto, el compromiso presente del sujeto en el “arrebato” pasional.
En cambio, desde el punto de vista del discurso en acto, puesto que todo se organiza en torno a la posición de un cuerpo , centro de referencia, toda modulación que ocurre en el campo de presencia de ese cuerpo es sentida por él. Y, por consiguiente, nada sucede en ese campo que no sea, más o menos intrínsecamente emocional, afectivo o pasional. Podemos imaginar fácilmente, por ejemplo, las complicaciones metodológicas que hacía falta elaborar para dar cuenta del efecto afectivo creado por una separación planteada en términos lógicos (la disjunción entre dos actantes abstractos, un sujeto y un objeto); en cambio, intuitivamente se comprende que el paso que hay que dar es mínimo si esa misma separación es formulada en términos de ausencia, pues la ausencia, por definición, se siente siempre, es siempre apreciada en la perspectiva de la instancia de discurso; podríamos decir que la ausencia es a la disjunción lo que el acontecimiento es a la transformación .
Una observación de conjunto para terminar: la semiótica ha cometido a veces el error (o la torpeza) de presentarse como un modelo global de la producción del sentido en el texto literario. Existe en eso un malentendido que es preciso aclarar: desde su propia perspectiva, la semiótica ha dado una definición de sentido (que ha ido evolucionando, por lo demás) susceptible de convenir al conjunto de prácticas significantes que aborda. Pero cada una de esas prácticas constituye por sí misma un objeto de conocimiento para disciplinas específicas (la filología, la crítica literaria, la historia del arte, la retórica, la sociología, la mediología, etcétera); dentro de cada una de esas disciplinas, y en función de los objetivos planteados, se propone determinada concepción del sentido, es decir, una concepción particular de aquello que tiene un valor en ese dominio, de lo que es pertinente y significativo para el punto de vista adoptado en cada disciplina.
No es, pues, la semiótica la que va a enseñar a cada una de las disciplinas con las que entra en relación y con las que colabora, lo que es significativo en su propio dominio. En cambio, tiene la capacidad de indicar de qué modo un determinado problema de una disciplina puede tener eco en otra. La semiótica puede proporcionar “pasarelas” para lograr intercambios de hipótesis, de instrumentos conceptuales y de soluciones concretas.
En el dominio de los estudios literarios, las cuestiones que se plantean no son en principio semióticas: la coherencia , el punto de vista , la afectividad , la intertextualidad , las figuras de retórica , el género , el estilo , la percepción , por citar los temas de los diferentes capítulos de este libro, son todos nociones, cuestiones o problemáticas elaboradas en el campo literario, con frecuencia en interacción con otros diversos campos. Algunas de ellas, como la retórica, el estilo, la afectividad, calificadas con frecuencia por eufemismo de “preteóricas”, han sido incluso soberanamente menospreciadas durante largo tiempo y relegadas del campo semiótico.
Nuestro objetivo a ese respecto es muy claro: para cada una de esas nociones o de esas problemáticas, nos esforzaremos por plantear cuestiones de naturaleza semiótica, por proponer acercamientos inspirados en la semiótica, y por poner en marcha análisis concretos para mostrar su valor operativo. No se trata, pues, de proponer una teoría semiótica más del discurso literario (ya hay bastantes circulando en el mercado de las ideas), sino de hacer ver cuál puede ser el aporte, en términos de método, de un punto de vista semiótico a cada cuestión planteada.
Nuestras propuestas estarán siempre orientadas por la perspectiva del discurso en acto :
• La coherencia de las isotopías ( isotopía: coherencia, cohesión, congruencia ) será examinada en el movimiento que reúne y asocia entre sí las figuras de un texto poético.
• El punto de vista ( punto de vista: percepción y significación ) nos dará la ocasión de sorprender a un personaje observador en trance de inventar el sentido de lo que percibe y siente, y de hacer así inteligible una ciudad que podría pasar a primera vista por incoherente;
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