Gabriel Rodríguez Liceaga - El hambre heroica

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El cuento es un género que devela al autor; expone y exhibe su forma de traducir al mundo en palabras. En palabras que, bellamente concatenadas, arman una historia. Cuentan algo. Hablo del acto de escribir en su forma más pura y básica. Entendiendo esta obviedad: ¡que cada quien se haga bolas! Y ahí radica la dificultad de escribir cuento. Un cuento tiene reglas. Reglas claras y de estructura. Recursos infinitos. Leí en un texto de la todopoderosa Flannery O'Connor que pensar en un cuento como algo que se divide en trama, personaje y lenguaje es como pensar en un rostro como una boca, una nariz y unos ojos. No es una cita literal, pero ejemplifica mi punto. Estoy hablando de que un cuento es un gesto. Un gesto que puede ser a la par de terror y de asombro. De dolor y de clemencia. Un gesto que nos enloquece de ternura.No citaré aquí la afortunada comparación pugilística de Julio Cortázar. En cambio adoro lo que comenta Hemingway acerca de que un cuento es la punta del iceberg. Solo lo que se asoma.Y debajo del agua hay una mole de hielo no escrita. Una monstruosa mole de hielo.Para mí un cuento debe ser como cuandole buscamos el inicio (o el fin) a un rollode cinta adhesiva. Y rascamos y rascamosla cinta sin darnos cuenta de que tenemos en las manos un objeto sencillamente perfecto. Gabriel Rodríguez Liceaga

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—Cansado, la verdad —respondió Orduña mirando en derredor en busca de un lugar donde sentarse—. Ayer después de un mes regresé al potro y hoy amanecí muy adolorido.

Sus roces con los representantes de la Iglesia habían iniciado en 1514, poco después de su primera gran expedición.

Inspirado por las teorías y viajes del astrónomo y aventurero portugués Álvaro Monteiro, caído en desgracia después de publicar un libro titulado O mundo é um lenço (El mundo es un pañuelo), en el que narraba sus expediciones y desafiaba todas las teorías convencionales de aquella época acerca de la Tierra asegurando que el mundo era más pequeño de lo que se pensaba, Orduña, en aquel entonces ya un capitán de cierto renombre, decidió organizar su propia expedición para comprobarlo.

—Lleva usted diez años en nuestros calabozos —le dijo otro de los cardenales del tribunal a Orduña, que repantigado ahora sobre la silla de clavos que le acababan de traer suspiraba con alivio. Después de tres horas en el potro la noche anterior las piernas le dolían demasiado para permanecer de pie—. ¿Está dispuesto por fin a retractarse y confesar sus crímenes?

—Mi crimen es haber leído un simple libro —respondió el explorador cruzando la pierna y masajeándose uno de los pies—. Y la verdad es que con que me hubieran llamado la atención bastaba.

El libro de Monteiro había resultado uno de los textos más inflamatorios de la época. En él, el astrónomo exponía su principal teoría basándose en pruebas concretas obtenidas en tres expediciones diferentes. La primera había surgido durante un viaje al Brasil con Pedro Álvares Cabral, en el que se encontró en medio de la espesura de la selva con un hombre que resultó ser amigo de la infancia de su primera mujer, y que viajaba en dirección contraria con otra expedición. Posteriormente durante una tormenta en la Patagonia descubrió que el capitán del barco en el que viajaba era primo segundo de su abogado, y finalmente, ya en Lisboa, durante una expedición para comprar los ingredientes de la cena, se le acercó en el mercado una mujer procedente de Venecia —en donde años atrás Monteiro había abandonado a su primera esposa— que le aseguró ser hija suya.

Monteiro concluía su libro de manera fatídica:

«Es sin duda la voluntad de Dios una probable causa a estas tres felices coincidencias en tan remotas y distintas locaciones, pero dada la inclinación del que escribe estas letras por las explicaciones de carácter racional y científico, concluyo que no cabe duda de que el mundo es un pañuelo».

La reacción del Vaticano no se hizo esperar. La Iglesia, acostumbrada a solucionar sus problemas torturándolos y quemándolos en la hoguera, y susceptible a cualquier discusión sobre las características o el comportamiento de la Tierra, mandó arrestar a Monteiro días después de la publicación de su libro. El papa lo acusó de hereje y de cuestionar las leyes del universo creadas por Dios reduciendo su más importante creación a un mero accesorio para limpiarse las narices. A pesar de las torturas y los interrogatorios Monteiro no solo se negó a retractarse de su afirmación, sino que mientras ardía en la hoguera la reafirmó e hizo rabiar al pontífice gritando que el mundo era un pañuelo y que la vida era una tómbola.

—¡Su crimen es haber engañado a la Corona española y haber usado su dinero para montar una expedición con fines diabólicos y demostrar una sarta de herejías! —espetó impaciente monseñor Rodríguez, cada vez más desesperado por la aparente indiferencia del acusado hacia el tribunal.

—Lo que usted diga, monseñor —respondió Orduña poniendo los ojos en blanco.

Cautivado por las ideas del libro de Monteiro —prohibido y quemado por los miembros de la Inquisición—, Orduña organizó una nueva expedición para comprobar y expandir las teorías del desgraciado lusitano. A principios de 1512 se acercó a los reyes de España, y aprovechando el milenario entusiasmo de los monarcas europeos por hacerse de tierras ajenas en nombre de Dios, de la Corona y de sus pelotas, les anunció su intención de navegar al nuevo mundo en busca de un misterioso mar que según rumores se encontraba detrás de las espesas selvas de Panamá, y después del cual había una isla atestada de nativos que no hacían otra cosa más que pedir que los evangelizaran.

«Si las observaciones de Monteiro son correctas», le escribió Orduña a su hermano Íñigo en una carta secreta fechada en 1511, «y las rutas sugeridas por los navegantes portugueses y árabes resultan confiables, deberíamos encontrar los primeros pliegues del pañuelo después de dos semanas de navegar hacia el oeste. Utilizándolos como referencia y navegando unas cuantas leguas hacia el sur debe haber tierra, y en ella algún conocido o algún conocido de algún conocido».

Entre rumores y sospechas sobre la verdadera razón de su expedición, Orduña zarpó de Cádiz en 1513 al mando de tres viejos navíos de segunda mano llamados Ella, La niña y La Santa María, los dos últimos utilizados por Cristóbal Colón y reconstruidos un par de años antes en un astillero de Londres.

—¡Orduña! —bramó monseñor Rodríguez con desesperación sacando al acusado de su ensimismamiento.

—¿Su señoría?

—¡Le pregunto que si reconoce usted haber utilizado recursos de la Corona para fines herejes!

—No.

El cardenal dejó escapar un bufido y se incorporó sobre la silla, provocando un ruidoso crujir de madera con su peso.

—¿Confiesa haber afirmado que el mundo es un pañuelo? —insistió el clérigo.

—Sí.

—¿Piensa retractarse?

—No.

—¿Por qué esa obstinación?

El viejo Orduña levantó la vista hacia el tribunal por primera vez en aquella mañana y recorrió a los presentes con la mirada. Después de unos segundos de inspección se detuvo en uno de los cardenales que flanqueaban a Rodríguez: un hombre regordete y sonrosado que llevaba toda la sesión intentando disimular el hipo que le provocaba su evidente estado de ebriedad.

—¿Dónde nació usted, monseñor? —inquirió Orduña dirigiéndose al sorprendido cardenal—. Su rostro siempre me ha parecido familiar.

—Tarragona —respondió el interpelado titubeante y mirando de reojo al cardenal Rodríguez.

—¿Conoce usted a Felipe Herrero?, ¿comerciante?

—¡No solo lo conozco! —replicó el prelado con una sonrisa—. ¡Viene siendo primo mío por el lado de la familia de mi madre!

Gonzalo de Orduña miró a monseñor Rodríguez con satisfacción y exclamó:

—Y, sin embargo, es un pañuelo.

Alfonso López Corral

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