Tengo una imagen recurrente de Bohórquez recitando en algunas de las reuniones literarias organizadas por el también fallecido y memorable Darío Galaviz Quezada en Hermosillo. Su bien estudiado histrionismo, su dicción precisa, nos hizo entender que la poesía es una puesta en escena de la voz, pero nunca solamente una voz que se deleita en su narcisismo retórico, sino una que enardece al oyente, pone en efecto giros irónicos que salen a contender y, sobre todo, a hablar desde la urgencia. Genio del neologismo, Bohórquez no cesaba de proferir con sentenciosa voz sus justos enojos. Con esta «poderosa y macha poesía», como la describió Efraín Huerta, su yo lírico no se recata y ni se contiene. Vive del arrojo y se sustenta en una retahíla de razones para no quedar callado.
Poesida , la obra de Bohórquez más comentada, tiene el honor de ser el primer y único libro en México, por muchos años, en tratar poéticamente el tema de la epidemia del sida. Hernández Cabrera elige una mirada etnográfica para leer Poesida como el testimonio de los estragos físicos, emocionales y morales que llevan a la urgente necesidad de reconocer las prácticas homoeróticas y las subjetividades disidentes como partes constitutivas de la vida social y no meramente zonas de condena y abyección. La apuesta metodológica de leer la poesía como un texto etnográfico es también una renuncia a seguir las formas habituales de lectura practicadas en la crítica literaria al uso. El mismo hecho de salirse (o quedarse fuera) de esa maquinaria ideológica que dicta las inclusiones en el canon literario ha hecho de Bohórquez, precisamente, un poeta en toda la extensión de la palabra: él rompe expectativas en cuanto a la composición poética, la selección de temas, imágenes, referencias y, sobre todo, en cuanto al lugar que ocupa el bardo en el concierto social. No obstante, paradójicamente, todas estas virtudes que hacen de un poeta un sujeto que abre brechas en la cartografía simbólica, se han revertido contra él hasta proscribirlo del panteón de las letras mexicanas. No serán los criterios que designan valores literarios, entonces, los que Hernández Cabrera tome en cuenta para ofrecer su comprensión de Poesida.
Destaca el antropólogo la emergencia de la epidemia como un fenómeno que detona un doloroso sarcasmo, una carcajada doliente, que corresponde a un posicionarse políticamente como hombre homosexual. Enmarcar el poemario en un momento catastrófico de la epidemia y recorrer los conflictos íntimos de los afectados acerca la poesía al testimonio. Los versos nos proponen la reinvención del cuerpo y los deseos en la circunstancia en que los horrores se multiplican al vernos desnudos, a la intemperie de los prejuicios y los escrúpulos dominantes. Ante la ansiedad homofóbica que revuelve las entrañas de una sociedad sometida a creencias obsoletas y dominada por un machismo atávico y primitivo, la poesía toma formas desgarradoras, amargamente irónicas, festivamente patéticas, donde reír es una mueca de agonía, y cantar una diatriba lanzada contra quien resulte responsable, sea Dios, el Diablo, el capitalismo o la cultura nacional.
No es precisamente la lectura propuesta por Hernández Cabrera un mero regodearse en las lamentaciones. Se trata de reconocer la voz doliente y carnavalesca como una caja de resonancia en la que se intersectan los asuntos biológicos con las significaciones sociales, religiosas, científicas y políticas, que finalmente se entretejen para articular nuestras concepciones del cuerpo.
Para la mirada etnográfica, la poesía no puede ser un fenómeno inmanente del sentido que se solace en la frase perfecta y la imagen suculenta prescrita en la crítica, que persigue sobre todo un deleite esteticista. La poesía no sublima, al modo freudiano de la sublimación, tampoco es sublime en el sentido del terror que desborda las posibilidades de expresión en el concepto kantiano… no hay razón ni tiempo para el escapismo ni para el silencio. En todo caso, la poesía de Bohórquez, a los ojos de Hernández Cabrera, revela el mundo concreto del padecimiento físico que va de la mano del padecimiento social. La epidemia concreta que ha dejado concretísimas víctimas a su paso es el momento histórico en que se propaga la infección, la nada etérea carne en que se muere. Pero es también el momento en que se posiciona el cuerpo del disidente sexual como un sujeto de derecho, como un ciudadano. Ahí donde el cuerpo enfermo es puesto en duda, nos toca inventar categorías, explorar razones y concebir caminos para no quedar fuera de la humanidad.
Este encuentro entre la etnografía de Hernández Cabrera y la poesía de Bohórquez termina por convencernos de que el acto poético más auténtico es aquel que termina siendo un acto político, no el de las oratorias predecibles y los chanchullos con que se mantienen los autoritarismos, sino el de los cambios de rumbo obligados por el efecto de la tragedia sufrida. Se trata de una poesía que emprende una política emergente, es un llamado de alerta y una voz de alarma. Su mayor hallazgo es ver en el peligro de muerte el motivo suficiente para cambiar los términos con que entendemos el mundo.
HÉCTOR DOMÍNGUEZ-RUVALCABA
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