Anna-Marie McLemore - Cuando la luna era nuestra

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Novela ganadora del premio James Tiptree Jr. Esta es la historia de Miel y Sam. Miel, que no recuerda su pasado y ahoga en el río las rosas que le crecen en las muñecas. Sam, que pinta lunas para ahuyentar las pesadillas de los demás y se pregunta si algún día se sentirá cómodo con su cuerpo. Juntos tendrán que hacer frente a las Bonner, cuatro hermanas a las que los rumores señalan como brujas. Famosas por su belleza, están dispuestas a arriesgarlo todo para apoderarse de las rosas de Miel. Con una prosa poética e inolvidable McLemore compone una historia de aceptación y amor plagada de magia y diversidad. Traducido por Aitana Vega La edición cuenta con un posfacio sobre el realismo mágico contemporáneo y varios detalles ilustrados que se han realizado en exclusiva para esta publicación.

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Si Miel no había sabido que Sam era su amigo antes, lo supo entonces. Aquella fue la primera y última vez que entró en el baño de las chicas por decisión propia.

Podía trazar su historia en las lunas que iluminaban el camino entre la casa violeta donde vivía con Aracely y el techo de tejas brillantes de casa de Sam.

Cuanto más cerca estaba de él, más lo sentía en las rosas, igual que la luna tira del mar. Desde que era pequeña, las rosas le habían crecido en la piel, abriéndose paso en la herida de su muñeca que nunca cicatrizaba. Crecía una, ella la destruía y crecía otra, que de nuevo arrancaba.

Sin embargo, ahora dudaba antes de cortarlas o de sumergirlas en el agua para que la corriente del río se las llevara. Porque, durante los últimos meses, respondían a Sam. Cuanto más tiempo pasaba cerca de él, más le pesaba y le dolía la muñeca. Un día la sorprendió sujetándose el antebrazo en clase y robó unas bolsas de hielo crujiente del laboratorio de química para que se las pusiera en la manga.

Si pensaba demasiado en él, las rosas crecían de colores más intensos y vivos; la que tenía en la muñeca entonces era del mismo rosa oscuro que su barra de labios favorita.

Esa noche, Sam la esperaba detrás de su casa, con las manos en los bolsillos. La postura no mostraba ni impaciencia ni aburrimiento. Siempre se preguntaba si la veía desde la ventana o si simplemente salía temprano y no le importaba esperar.

—Hoy he robado una cosa del trabajo —dijo. Las lunas proyectaban luz suficiente para ver cómo presionaba la lengua en el paladar, orgulloso de su propia culpa.

—¿Que has hecho qué? —preguntó Miel.

—No te preocupes. Lo devolveré. Solo quería que lo vieras. Vamos.

Dentro, le enseñó el cepillo que utilizaba para polinizar a mano las flores de calabaza.

«Solo florecen durante un día», le había dicho cuando empezó a trabajar en la granja de los Bonner. Una explicación para el lento y delicado trabajo de extraer el polen de cada antera y rociarlo en el estigma de cada flor. Ese pequeño acto hacía que una flor se convirtiera en una calabaza. Los Bonner le habían encargado la tarea porque pensaron que su habilidad con los pinceles empapados de pintura se trasladaría a los pinceles empapados de polen.

Miel nunca había visto uno de esos cepillos. Sam le pasó las cerdas de color avena primero por el antebrazo y luego por la rosa. Durante unos segundos, las diminutas marcas de nacimiento de su brazo se convirtieron en granos de polen y la rosa en la corola de una flor de calabaza.

Las cerdas la hicieron estremecerse, como si los pétalos que le crecían en la muñeca tuvieran la misma sensibilidad que sus dedos. No la tenían. Sí, tirar del tallo la lastimaría y si la cabeza de la flor chocaba con la mesa de la cocina le dolía en la herida de la que brotaban las rosas, pero los pétalos eran como pelo; formaban parte de ella, pero no estaban vivos como la piel.

Sin embargo, en ese momento, al ver las cerdas rozar la rosa de color carmín, tuvo la sensación de que los pétalos sentían igual que sus labios o sus dedos.

Lo miró a los ojos.

Estaban un poco más abiertos de lo normal y eran de un marrón más claro.

El cepillo y los dedos se detuvieron en su piel.

No era lo que pretendía. Miel lo sabía. Lo entendió por su mirada de sorpresa.

No era lo mismo que cuando le recorría la piel y los hombros con los dedos para buscar estrellas. No era lo mismo que cuando ella le tocaba la frente en busca de fiebre para llevárselo a casa en plena jornada escolar. Fue algo que acercó sus labios. Fue el cepillo de polinización, que Sam se olvidó de apartar y todavía sostenía al abrazarla; las cerdas le rozaban el cuello. Fue la ruptura del extraño nerviosismo que había crecido entre ellos en los últimos meses, una vacilación antes de tocarse que desaparecía un día y reaparecía al siguiente.

Miel sintió la forma de las flores de calabaza que le aparecían en la piel, a la espera de los dedos de Sam.

Comprendió que era él y no el cepillo con el mango de madera quien poseía la magia de convertir un campo de vides en mil calabazas.

El cuerpo de Miel se había convertido en suaves pétalos de papel. Le devolvió el beso y lo empujó hacia las escaleras; Sam las subió a trompicones sin darse la vuelta. Incluso con los ojos cerrados, mientras subía los peldaños de memoria, tuvo cuidado de no aplastar la rosa. Miel llevó la mano al cinturón y al botón de sus vaqueros y él la dejó. Sam deslizó la mano por debajo de su camisa y ella lo dejó.

Se dejaron hacer hasta que estuvieron en su cama. El olor a pintura volvía el aire de la habitación amargo y ácido. Una lona cubría el suelo. Pinceles, pinturas y restos de lunas a medio terminar estaban esparcidos de una forma que a ella le parecía desordenada, pero que para él tenía sentido.

La luz de las lunas derramaba una capa violeta pálido sobre el suelo. El azul verdoso de las paredes de la habitación los envolvió, junto con el olor a especias de la cocina de la madre de Sam, que se le pegaba al pelo e impregnaba las sábanas. Flor de naranja. Cardamomo verde. Melaza de granada. El olor era tan agudo y vívido en él que la empujó a morderle la nuca. Él se sobresaltó, luego se acomodó a la suave presión de sus dientes y la apretó con más fuerza.

No se quitó la camisa y ella no intentó quitársela. Nunca se quitaba la camisa por la misma razón por la que trabajaba en la granja de los Bonner. El instituto le permitía convalidar el trabajo de desbrozar los campos y podar las vides por la asignatura de educación física que había pospuesto desde noveno curso. Le era imposible hacerlo de otra manera, no si tenía que cambiarse para clase o para un entrenamiento en un vestuario.

La piel de Sam olía a agua tibia, sin estar impregnada del aroma del jabón. Miel acarició las débiles cicatrices que le ensombrecían la línea de la mandíbula, producto del acné que le había salido y dejado de salir a temprana edad.

Le rozó el cuello con los pétalos de la rosa, a propósito, y luego el interior del muslo, sin querer. Él se estremeció, pero no se apartó. Incluso cuando el contacto provocó que los pétalos le tocaran el cuerpo, procuró que la muñeca guardara una pequeña distancia para que las espinas no lo arañaran.

Cuando le recorrió la piel, Miel recordó todo lo que le había contado sobre la luna, sobre los mares y las bahías lunares. Mare Nubium y Mare Undarum, el Mar de las Nubes y el Mar de las Olas. Lacus Autumni y Sinus Iridum, el Lago del Otoño y el Pantano del Arcoíris. Los rasgos que pintaba con pinceles y con los dedos desnudos.

Movía las manos con seguridad y la presión de sus dedos era gradual y firme; Miel no pudo evitar pensar en su familia, años atrás. En sus campos de azafranes. En el rápido y delicado trabajo de recoger los hilos de azafrán del corazón de las flores púrpuras. Se preguntó si sería algo que llevaban en la sangre y en los dedos. Un arte que comenzó como un hallazgo de briznas rojas entre pétalos violetas y que, a lo largo de los años y las generaciones, se convirtió en la habilidad de encontrar, con facilidad y sin vacilación, todo lo que buscaba.

Lo único que lo estropeó todo, lo que hizo que no fuera perfecto, fueron las hermanas Bonner. Las gringas bonitas 1 . Chicas pálidas, guapas y perfectas. En un solo pensamiento, los hilos de azafrán se convirtieron en el rojo de sus trenzas y rizos. Un único e indeseado pensamiento y el degradado de sus cabellos se arremolinó alrededor de Miel como las hojas del otoño.

Las Bonner no habían desaparecido desde la primera vez que las vio en la torre de agua. Dejó que Sam creyera que el miedo solo se lo había provocado ver a Peyton sostener aquella calabaza como una mascota. Pero había más. El agua apenas se le había despejado de los ojos cuando vio cómo la luna, entre cuarto creciente y llena, desaparecía detrás de sus cabezas. Incluso en la todavía tenue luz del cielo, les iluminó los cabellos en rojo, dorado y naranja. Desde donde estaba, con los ojos nuevos y todo borroso a su alrededor, Miel sintió que la luna se desvanecía en ellas, como si la hubieran absorbido. Se habían llevado su luz. Así que gritó y quiso advertir al chico que tenía delante de que la luna se podía perder.

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