¿En qué idioma hablará esa muchacha?, le preguntó luego a Carnal, intrigada con esa jerga para ella tan extraña. Pero fue la propia Nerea quien, al día siguiente, antes de encaminarse a la playa dispuesta a comenzar su trabajo, se encargó de decirles que hablaba finés, señalándoles el país en el globo terráqueo que había sido de Rodrigo, que Adelina recuperó prontamente de la caja de sombreros donde lo guarda. Y a continuación, soltó una serie de parrafadas de las que no entendieron una sola palabra, pero que a la abuela le bastaron para quedarse encantada con la chica, porque intuyó que era buena persona, y también porque de inmediato adivinó en los ojos de su nieto Serafín un brillo inequívocamente feliz.
Carnal también se daría cuenta enseguida de que este se había quedado embobado nada más ver a la muchacha, y experimentaría una especie de brecha o desgarrón abierto en el pecho.
Mi hermano creyó ver en ella a un ángel, pensaría esa noche, durante la duermevela, cuando a menudo confunde recuerdos y ensoñaciones. La limitada y torpe visión de Serafín le impide ver el verdadero rostro o bajo la máscara, y un corazón mezquino cuajado de oscuras intenciones. De buena gana lo hubiera abofeteado: despierta, hermano, deja de soñar y abre los ojos a la auténtica naturaleza de esta sabandija. Pero una espesa telaraña envolvía a mi hermano, y aún hoy es reacio a despojarse de sus pegajosos hilos. Nerea nos robó su cariño y fracturó la armonía de la casa interfiriendo en nuestros hábitos, abriendo grietas a la ligera en nuestras costumbres, como quien deja una puerta abierta a merced de las inclemencias del invierno por pura haraganería o displicencia. Por eso —y porque sus sentimientos jamás fueron auténticos— nunca la quise. La acepté a regañadientes, consciente de que Serafín estaba obsesionado con ella, y de que su felicidad, entonces, dependía de ese amor hallado a la deriva, como un náufrago traidor, cuyos ojos angelicales imploran socorro, mueven a la piedad, y en el preciso momento de ser rescatado, alarga un brazo mortífero y arrastra a su salvador consigo a las profundidades.
En la madrugada del jueves, Serafín se despertó de pronto, impulsado por un misterioso vértigo, y halló entre sus brazos un cuerpo rígido y helado, con unos ojos verdes y vacuos, que aparentaban estar fijos en la lámpara del techo. Tardó horas en cobrar a medias conciencia de lo sucedido, tomar la decisión de bajar al cuarto de su hermano y decírselo, con voz desmantelada y temblorosa, porque fue incapaz de aceptarlo plenamente, y prefirió creer que estaba inmerso en una pesadilla:
Está fría. No se mueve... y tengo miedo, pudo articular antes de abrazarse a Carnal y romper en un llanto demoledor.
Carnal lo había mantenido aferrado a su pecho con fuerza, y, embargado por una emoción indescriptible y una ternura largamente contenida, lo había cubierto de besos y caricias. Tantas veces, de niños, Serafín hubo requerido el abrazo de su hermano, su pecho donde dejar las lágrimas, donde volcar su pánico, fruto de alguna de sus pesadillas nocturnas, de su miedo incontenible. También un mal sueño los hermana desde antaño, y en él comparten visiones de espanto, y si Carnal las supera cuando llega el alba, Serafín permanece anclado a ellas horas o días enteros, sumido en una angustia desesperante, desolado y temeroso de revivir las imágenes cuando vuelva a cerrar los ojos.
El miedo generó en él una dependencia de su hermano enfermiza. Y Carnal tiene remordimientos por haber sido tan brusco la madrugada del jueves cuando, una vez arriba, señalándole el cadáver, le aseveró:
No estás en una pesadilla; ella está muerta, ¿no lo ves? Y lo había sacudido por los hombros y obligado a que la mirase.
Luego, cuando Carnal bajó y hubo despertado a la abuela Adelina, subió con ella, quien de inmediato comprobó la rigidez y frialdad de Nerea.
En efecto, había dejado de ser la mujer de belleza exótica, cautivadora e inquietante, y perdido su hechizo al transformarse en un despojo imperturbable, carente de magia y seducción. Ni siquiera la serenidad de la muerte, que tantas veces realza la belleza, preservaba intacto alguno de sus atractivos; por el contrario, una pátina cérea tintaba su piel volviéndola abyecta, casi obscena.
Fue entonces cuando Serafín cobró cabal conciencia de los acontecimientos, perdió su escasa templanza y se vino abajo, se dejó caer de rodillas, a un lado de la cama, y se abrazó con fuerza al cuerpo de Nerea, a esa carne inerte y destemplada que bañaba de lágrimas.
Al verlo de rodillas enlazado al cadáver, Carnal rememoró fugazmente viejas imágenes, turbadoras por su persistente viveza: aquel Serafín con los ojos cubiertos de lágrimas, aferrado con desesperación a las piernas de su madre, horrorizado ante la visión de aquel corderito desangrándose; y vio al mismo niño, con cinco años más, asido a su mano, presa del pánico, formulando a media voz un juramento.
Cuando Adelina y Carnal consiguieron deshacer el abrazo de Serafín, desprenderlo del cuerpo de Nerea, al que se aferraba como una lapa, fue cuando se hundió en este abismo de dolor.
Sabía que Nerea iba a morir, le confesaría compungida la abuela a Carnal aquella mañana, cuando este acudió a su dormitorio, la despertó y se lo dijo. Y aunque desolada, sin perder un ápice de su natural aplomo, había agregado: Sabía que a esta pobre chica le quedaban pocos días de vida. Y no pudo evitar que en sus ojos, todavía somnolientos, apareciera una lágrima que su nieto detectó al vuelo, antes de que ella la escamoteara restregándoselos, fingiendo quitarse de encima los residuos del sueño.
Carnal la había mirado con extrañeza, sorprendido con esta revelación. Ella, sin darse por aludida, se había explayado:
Tú sabes que tenía puestas muchas esperanzas en esta muchacha. Había bajado el tono de voz hasta hacerlo confidencial, confiando en la complicidad de Carnal para confesarle: sé que a ti nunca te cayó bien y jamás le tuviste simpatía, pero no me gustaría que lo supiese tu hermano, porque se sentiría defraudado y herido. Aunque no te conmueva su muerte, que él no se dé cuenta, por favor. Ya sabes lo mucho que te quiere y depende de ti. No olvides que padeció mucho...
También yo padecí.
Pero es distinto; tu tienes la fortaleza que a él le falta. Él salió a vuestro padre, y tú saliste a tu madre y a mí.
Sentada en la cama, había mirado fugazmente a su lado comprobando que su marido todavía dormía. Había alargado una mano hacia la mesilla de noche y apagado la radio, donde oía muy bajito las noticias de la mañana.
El mundo es un desastre, murmuraría a continuación.
Todavía compungido, temeroso de que ella sospechara algo, y a pesar de imaginar que recibiría una respuesta poco o nada razonable, y sí en cambio una extravagancia espiritista, Carnal se arriesgaría a preguntarle cómo había intuido que Nerea iba a morir.
Ellos me lo dijeron, había contestado Adelina haciendo un ademán solemne, señalando con un dedo rígido hacia arriba. Hace días, continuaría diciendo, hubo una carta precipitada escrita automáticamente por la señora Esmeralda, y en ella decía: «La sirena que salió del agua, al agua volverá». Claro, por entonces, ninguno de nosotros supo a qué se refería, pero luego, dándole vueltas a la cabeza, empecé a imaginármelo, y ahora, ya ves, está muy claro que vaticinaba la muerte de esta pobre chica. Ya sabes cómo son los espíritus: hablan en parábolas y acertijos; y Nerea tuvo que haber llegado a la isla en el ferri; no hay otra forma de hacerlo.
Era tan elemental su razonamiento, y sin embargo tan directo y acertado. Y a pesar de todo, los espíritus y una médium estafadora que fingía hablar por boca de estos, involuntariamente encubrían el crimen de Carnal y, además, se convertían en sus cómplices.
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