Luego Howard trató de beneficiarse de la adjudicación “legal” cobrando a los mexicanos por la sal que sacaban. Borajo trató de incitar al pueblo desde el púlpito, pero el obispo lo destituyó de su cargo por intervenir en política. Empero, la fricción continuó y dos mexicanos fueron arrestados cuando las autoridades locales supieron que habían tratado de extraer sal violando la ley. Cuando uno de ellos fue arrestado, varios cientos de sus paisanos de San Elizario e Ysleta lo liberaron por la fuerza, organizando mítines en demanda de sus derechos. Después capturaron a Howard y lo mantuvieron prisionero durante tres días. No fue liberado hasta que prometió irse del condado y depositar una fianza para asegurar que no regresaría. Aunque Howard dejó El Paso, estaba decidido a regresar. Sabía que las autoridades apoyarían sus pretensiones y que existían una doble moral con las normas legales. Su conducta desafía la comprensión, porque regresó a El Paso y a sangre fría mató de un tiro a Cardis. Las autoridades no persiguieron a Howard, ni confiscaron su fianza. De hecho, el mayor John B. Jones de los Texas Rangers cooperó activamente con él. Mientras tanto, Howard escribió a un amigo que “no deseaba ver un castigo general de los alborotadores, que eran ignorantes como muías y estaban mal aconsejados, pero que pensaba que los líderes debían ser castigados y obligados a respetar la ley”, concluyendo que “si el gobernador no nos ayuda, voy a darle una buena zarandeada”. 71En 1878, Howard regresó a El Paso, donde las autoridades lo dejaron en libertad bajo fianza. Las autoridades locales se movieron para apoyar su reclamación, y los rangers salieron con él para ver que los mexicanos no tomaran la sal. Esta acción provocó una respuesta, y 18 chicanos dirigidos por Chico Barela lo capturaron. Al principio titubearon en pasar a la acción directa, pero cuando les llegó la consigna de Borajo de “Matad a los gringos y yo os absolveré” 72, mataron a Howard. Las autoridades locales se dispusieron a castigar a los mexicanos, provocando varios días de tumultos, que terminaron cuando los rangers , ayudados por otros gringos, suprimieron a los mexicanos. Esta revuelta fue claramente racial y fue causada por una exagerada explotación económica.
CONCLUSIÓN
Los acontecimientos del Valle del río Grande y del condado de El Paso no fueron los únicos. El mismo proceso de sojuzgamiento económico y político se realizó en otras zonas de Texas. Por ejemplo, en San Antonio, la ciudad mexicana de Texas, los mexicanos fueron expulsados y los que quedaron fueron empleados como camareros, sirvientes, y otros trabajos de baja remuneración. Caroline Remy escribe acerca de esta dominación:
En 1837 todos menos uno de los cuarenta y un candidato a la elección municipal eran de ascendencia hispano-mexicana; una década más tarde eran solo cinco. La erosión de la base agrícola que formaba la riqueza principal de los hispanomexicanos comenzó casi inmediatamente después de la revolución de Texas. Desde 1845-1860 las casas y edificios importantes que se construían pertenecían a ciudadanos irlandeses, norteamericanos, alemanes y franceses. El mexicano tenía poca influencia económica. Aunque San Antonio parecía mexicana en apariencia y costumbres, el aumento de la población durante esos años era principalmente no-mexicano. 73
La colonización de Texas continuó durante todo el siglo XIX y se extiende hasta el día de hoy. En 1932, Jovita González, una activista, resumía la reacción mexicana a la dominación:
Los mexicanos consideran a los norteamericanos en Texas como intrusos vándalos, agresores, que esperan la oportunidad para despojarlos de sus posesiones personales, tal como despojaron a la madre patria de toda una provincia. Por otra parte, los norteamericanos ven a los mexicanos como a una raza conquistada, inferior, despreciada a causa de su incapacidad para ajustarse a los adelantos norteamericanos. Como fueron la raza conquistada los mexicanos fueron considerados cobardes mientras los grandes rancheros prosperaban y se enriquecían, el pequeño campesino mexicano-texano fue obligado a abandonar sus propiedades y tuvo que convertirse en peón o abandonar el país. 74
La lucha de los chicanos por la reconquista de su autodeterminación y conservar su cultura durante esos años no fue referida, porque los historiadores texanos, escribiendo desde una perspectiva angloamericana, legitimaron la represión dirigida por un puñado de gringos. Hasta hace poco tiempo, las conclusiones de hombres como Walter Prescott Webb se tomaban como el evangelio. No obstante, la historia chicana se conservó viva mediante los corridos y la tradición oral que glorificaba los hechos de hombres como Juan Cortina y Gregorio Cortez, que hicieron resistencia a los opresores “con la pistola en la mano”. El papel de los mexicanos durante esos años se limitaba colectivamente al de trabajador asalariado no calificado. De hecho, es cosa aceptada que este trabajo fue el que hizo posible el crecimiento de Texas, en forma muy similar a como contribuyó el sudor de los negros a la economía del sudeste. El mexicano, entre tanto, organizó mutualistas, y a partir de ellas, sindicatos y organizaciones políticas, que han mantenido viva la resistencia. Actualmente esta lucha está dando fruto y triunfos como, por ejemplo, el partido La Raza Unida (véanse capítulos 9 y 10) al tomar Crystal City, Texas, señalando el comienzo de la marcha hacia la autodeterminación política. Los mexicanos en Texas han ganado también una batalla al conservar su identidad cultural, pues la mayoría habla español y se identifica con su pasado mexicano. El nacionalismo se ha convertido en el lazo unificador de esta lucha.
1T. R. Fehrenbach, Lone Star: A History of Texas and the Texans , New York: Macmillan, 1968, 465.
2Fehrenbach, op.cit., 677.
3Larry McMurtry, In a Narrow Grave , Austin, TX: Encino Press, 1968, 39.
4Ibid., 40.
5Ibid., 40.
6Ibid., 40.
7Ibid., 40.
8Ibid., 40.
9Ibid., 40.
10Ibid., 41.
11Ibid., 41.
12Ibid., 43.
13Llerena B. Friend, “W. Webb’s Texas Rangers ”, Southwestern Historical Quarterly 74, no. 3, enero 1971, 294.
14Ibid., 321.
15Ibid., 321.
16Américo Paredes, With His Pistol in His Hand , Austin: University of Texas Press, 1958.
17Paredes, op. cit., 169.
18Editorial en John Salmon Ford en Texas Democrat , septiembre 9, 1846, cit. en Fehrenbach, Lone Star , 465.
19Fehrenbach, op. cit., 473-74.
20Walter Prescott Webb, The Texas Rangers: A Century of Frontier Defense , Austin: University of Texas Press, 1965, xv.
21Paredes, op. cit., 31.
22Ibid., 29.
23Ibid., 30.
24Webb, op. cit., 463.
25Ibid., 464.
26Paul Jacobs and Saul Landau, To Serve the Devil , New York: Vintage Books, 1971, vol 1, 240.
27Paredes, op. cit., 25-26.
28Webb, op. cit., 477-78.
29Tom Tide, “Chicanos Won’t Miss Ranger”, New Chronicle, Thousand Oaks , California, 4 de noviembre de 1970.
30Ibid.
31McMurtry, op. cit., 41, 42.
32Paredes, op. cit., 7.
33Ibid., 10.
34Charles W. Goldfinch, Juan Cortina, 1824-1892: A Re-Appraisal , Brownsville, TX: Bishop’s Print Shop, 1950, 121.
35Goldfinch, op. cit., 36.
36Ralph Wooster, “Wealthy Texans”, Southwestern Historical Quarterly , octubre 1967, 163, 173.
37Tom Lea, The King Ranch , 2 vols., Vol. 1, Boston, MA: Little, Brown, 1957.
38Lea, op. cit., vol. 1, 457.
39Ibid., 8-9.
40Ibid., 42.
41Ibid., 45.
42Ibid., 58-59.
43Ibid., 73.
44Ibid., 100-01.
45Ibid., 104.
46Ibid.,107-08.
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