—Sí. Tienes razón. Lo entiendo todo. Pero ahora vete; me acostaré y me dormiré. Me siento como un perro que se ha cansado de ladrarle a un hueso. Y no sé bien lo que digo. Puedo decir alguna inconveniencia y te ofenderías. Vete, vete, Walter…
Volvió a casa en junio de 1946: diecinueve años, siete meses y cinco días después de su encuentro con Walter en Shanghái, en la duodécima planta del Hotel Británico.
Moscú
1Félix Yerzinski (1877-1926), comunista polaco, fundador de la Policía secreta bolchevique, la Checa, dedicada a combatir la contrarrevolución.
DIECISIETE INSTANTES
DE UNA PRIMAVERA
A la memoria de mi padre.
Al principio, Stirlitz no podía creerlo: en el parque cantaba un ruiseñor. El aire estaba helado, y aunque por los alrededores se advertían tímidos signos primaverales que recordaban ligeramente a una acuarela, la nieve aún permanecía compacta, sin ese elegante azul interno que precede siempre al deshielo nocturno.
Los viejos y poderosos troncos de los árboles eran negros; el parque olía a pescado recién congelado. Aún no se percibía el intenso olor a pino y a álamo temblón, podrido desde el año anterior y que acompaña siempre a la primavera; pero el ruiseñor cantaba con todas sus fuerzas: un torrente de trinos y cadencias, frágiles e indefensos en aquel parque sombrío y tranquilo.
Stirlitz recordó a su abuelo. El viejo barbudo de espesas cejas sabía hablar con los pájaros. Llamaba a los estorninos y se sentaba bajo un árbol para contemplarlos largo rato, hasta que sus ojos empezaron a parecerse a los ojos móviles de los pájaros, y estos no le tenían ya miedo alguno.
—Fiu, fiu, fiu —les silbaba su abuelo.
Ellos le respondían confiados, alegremente.
Con la puesta del sol, los troncos negros de los árboles volcaron sus sombras uniformes y lilas sobre la nieve blanca. «Se helará, pobrecito —pensó Stirlitz y, envolviéndose en el abrigo, regresó a la casa—. No es posible ayudarle; solo hay un pájaro que desconfía de la gente: el ruiseñor».
Consultó el reloj. Las siete en punto.
«Ahora vendrá —se dijo—. Siempre ha sido puntual. Le dije que viniera de la estación a través del bosque, para que no se encontrara con nadie. Esperaré. Es agradable esperar rodeado de tanta hermosura.»
Stirlitz recibía siempre a aquel agente allí, en la pequeña villa junto al lago. Aquella vivienda clandestina resultaba cómoda y tranquila, alejada de las miradas indiscretas, en medio de un bosque de robles. Durante tres meses estuvo pidiendo a Pohl, Obergruppenführer de las SS, la suma para comprarle la villa a los hijos de los bailarines de la Ópera muertos durante un bombardeo. Pedían mucho por ella, y Pohl, responsable de la política económica de las SS y del SD, se negaba categóricamente.
—¡Se ha vuelto usted loco! —decía—. Puede alquilar algo más modesto. ¿Por qué este afán de lujo? ¡No podemos despilfarrar dinero a tontas y a locas! ¡Es deshonesto actuar así con la nación que soporta el peso de la guerra!
Stirlitz tuvo que hacer venir a su jefe, Walter Schellenberg, del espionaje político del servicio de seguridad, Brigadenführer de las SS. Treinta y cuatro años, fino conocedor de la belleza, intelectual y hombre perspicaz, Schellenberg comprendía perfectamente que era imposible encontrar otro sitio mejor para entrevistarse con agentes de alto nivel. La compra se había realizado a través de testaferros, y un tal Bolsen, ingeniero jefe de Robert Ley, planta química del pueblo, obtuvo la autorización para utilizar la villa. Él mismo contrató a un guarda por un sueldo alto y buenas raciones extra. Bolsen era el Standartenführer de las SS Von Stirlitz.
Después de poner la mesa, Stirlitz conectó la radio. Londres transmitía una música alegre. La orquesta del norteamericano Glenn Miller ejecutaba una pieza de Sun Valley Serenade . Esta película le había gustado tanto a Himmler, que se compró una copia en Suecia. A partir de entonces la proyectaban con frecuencia en el sótano de Prinz-Albrecht-Strasse, sobre todo durante los bombardeos nocturnos, cuando no se podía interrogar a los detenidos.
Stirlitz llamó al guarda.
—Hoy puede irse a la ciudad, a ver a sus hijos —le dijo—. Venga mañana a las seis de la mañana, y si aún no me he marchado, hágame un café fuerte, lo más fuerte que pueda.
De Justas a Álex. Desde Berlín.
Información sobre fuerzas y efectivos de los grupos de ejércitos en el frente oriental durante el mes de febrero.
1. Grupo de ejércitos Curlandia |
20 divisiones |
Total |
232 000 |
Efectivos |
110 000 |
2. Grupo de ejércitos Norte |
28 divisiones |
Total |
384 000 |
Efectivos |
141 000 |
3. Grupo de ejércitos Vistula |
37 divisiones |
Total |
527 000 |
Efectivos |
280 000 |
4. Grupo de ejércitos Centro |
43 divisiones |
Total |
413 000 |
Efectivos |
191 000 |
5. Grupo de ejércitos Sur |
35 divisiones |
Total |
449 000 |
Efectivos |
143 000 |
Total de fuerzas |
2 005 000 |
Total de efectivos |
865 000 |
Fuente: teniente coronel del Ejército en la reserva.
JUSTAS
De Schwarz a Álex. Desde Viena.
Contenido: Fuerzas del ejército de reserva, con fecha de 2 de enero de 1945:
a) personal de reserva, incluidos los convalecientes |
546 000 |
b) personal permanente en las unidades de entrenamiento |
147 000 |
c) cadetes de las escuelas y cursos militares |
113 000 |
d) en los hospitales |
650 000 |
e) milicias populares |
205 000 |
f) unidades de guarnición |
18 500 |
g) otros servicios y unidades |
143 000 |
h) personal no clasificado |
310 000 |
Total |
2 132 500 |
Fuente: documentos taquigráficos del Estado Mayor.
SCHWARZ
De Greta a Álex.
Documentos obtenidos permiten calcular que, en enero de 1945, la industria de Alemania producía:
Municiones |
3 veces más que en 1941 |
Armamentos |
2 veces más que en 1941 |
Tanques |
7 veces más que en 1941 |
Aviones |
3 veces más que en 1941 |
Buques |
1 vez más que en 1941 |
Fuente: secretario del asesor de Speer, ministro de Planificación y Armamento del Reich.
GRETA
De Siegfried a Álex. Desde Copenhague.
Ayer, dos altos oficiales del SD subieron a bordo de un yate de bandera española. El yate, Azul del cielo, zarpó rumbo a Estocolmo. Los oficiales del SD, provistos con documentos de ingenieros hidrólogos, embarcaron en él. Fueron despedidos por Schellenberg, jefe del espionaje politico.
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