1.15 EL MENSAJE CENTRAL DE JESUCRISTO
De: Brief an Turowski 1952/1953, 124-126
La imagen de Dios del Nuevo Testamento presenta marcados rasgos paternales. Lo constatamos con frecuencia y nos convencimos hondamente de ello a lo largo de las décadas. Por eso basta con señalarlo. Creemos firmemente que Jesús tenía la misión de revelar esos rasgos a sus oyentes y discípulos, e incorporarnos de manera misteriosa a su propia filiación divina. En la oración sacerdotal49 da el siguiente testimonio de sí ante el Padre del Cielo: “Manifesté tu nombre - el nombre de Padre - a los hombres.”
En su oración, trabajo y padecimientos, Jesús giraba en torno del Padre. E integra a esa corriente de amor que va hacia al Padre a todos los que se unan a él. Así lo hizo durante su vida en la tierra. Y así sigue haciéndolo hoy en la liturgia y a través las mociones interiores. Nadie va al Padre si no es a través de él. Jesús habrá cumplido su misión recién cuando todos los elegidos hayan hallado el camino hacia el Padre con el compromiso de su propio ser, sentimientos y vida. Jesús pone el nombre de “padre” en la boca y el corazón de los suyos enseñándoles a rezar: “Padre nuestro…”
Con arrollador entusiasmo e imágenes brillantes proclama no sólo la buena nueva de la providentia generalis del Padre sino también y sobre todo de su providentia specialis. La providencia general era conocida por sus oyentes que habían pasado por la escuela del Antiguo Testamento. Para ellos no era nuevo que Yahvé cuidase de su creación, que alimentase las aves del cielo y vistiese los lirios de los campos. Sabían que Israel era el predilecto de Dios, era su pueblo elegido. Conocían por la historia suficientes casos en los que había operado la providentia specialissima. Les bastaba pensar en los patriarcas y en los profetas. Con qué frecuencia en el transcurso de los siglos se ha repetido, unas veces de una forma y otras veces de otra, lo que la Sagrada Escritura relata de Moisés: “Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (cf. Ex 33, 11).
Pero lo que para ellos sí era nuevo era precisamente el hecho de que el Padre se interesase personalísimamente por las mínimas cosas de cada ser humano y velase paternalmente por ellas, al punto de que no cae ni un solo cabello sin el conocimiento y voluntad de Dios, sin su intervención (cf. Mt 6, 25-34). He aquí pues el mensaje de la providentia divina specialis, vale decir, de la Divina Providencia individual o especial: Dios no sólo abarca todo el acontecer mundial con las leyes y constantes inherentes y operantes en él, y lo lleva sabiamente hacia una gran meta planeada; Dios no sólo se ocupa de algunos grandes líderes del pueblo; sino que, a la vez y del mismo modo, se ocupa de cada una de las personas que conforman ese mundo. Sabemos todo esto; lo hemos recordado innumerables veces. Sin embargo, hemos de admitir que muchas veces el intelecto está convencido de esa realidad; pero el corazón no está entusiasmado por ella, al menos no en la medida en que desearíamos que fuese y tendría que ser efectivamente. Ciertamente en virtud de la Alianza de Amor la MTA nos ha tomado de la mano y guiado hacia el Padre. Desde ese momento se nos abrió un nuevo mundo.
Sin embargo coincidirán conmigo en lo siguiente: Cuando nos comparamos, por ejemplo, con san Pablo, que sentía continuamente que sobre él reposaba la mirada bondadosa de Dios, que Dios estaba unido a él y trataba con él cara a cara y de corazón a corazón, entonces día a día nos sentimos cada vez más pequeños y desvalidos como si aún no hubiésemos aprendido el abecedario de la relación hijo-padre. Porque, seamos sinceros, ¿quién de nosotros puede decir con san Pablo: “Hermanos, hasta hoy yo he obrado con rectitud de conciencia delante de Dios.”? (Hch ٢٣,١)“Este es para nosotros un motivo de orgullo: el testimonio que nos da nuestra conciencia de que siempre, y particularmente en relación con ustedes, nos hemos comportado con la santidad y la sinceridad que proceden de Dios, movidos, no por una sabiduría puramente humana, sino por la gracia de Dios.” (2 Co 1, 12).
Vemos pues que san Pablo vivió lo que enseñaba cuando recomendaba: “Sean ciudadanos del cielo, vale decir, estar junto a Dios, con él y en él, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre que está tan interesado en nosotros que no sólo tienes posados sus ojos continuamente sobre nosotros sino que examina también nuestro corazón y riñones” (cf. Flp 3, 20; Sal 26, 2). ¡Tan íntimamente unido está Dios a nosotros! Y él exige que también nosotros giremos perpetuamente en torno de él (…).
Raras veces ocurre que personas que son transparentes de Dios reflejen con claridad - más allá de defectos humanos - la maestría divina en cuanto a unir providentia generalis y providentia specialis y así, ateniéndose a la ley de la transferencia de afectos, encaucen limpiamente hacia Dios Padre el afecto que reciben. Con esta observación estamos tocando nuevamente el tema de qué importante es para la renovación del mundo que haya padres auténticos.
Dicho en otros términos: La fe en la providentia divina specialis no se enciende, o no se enciende suficientemente, queda como una pálida idea de barniz religioso;50 si la persona se siente y sabe utilizada por Dios - ciertamente por una benevolencia general - para determinados fines del gobierno del mundo, o peor aún si se siente manipulada por Dios. En uno u otro caso no se sabe ni se siente plenamente aceptada, atendida, cuidada personal e individualmente. De ahí que la persona, en cuanto persona, no se experimente anclada con suficiente profundidad en Dios, ni valorada ni protegida por él, sino despersonalizada, manipulada, masificada, aun cuando se trate de alcanzar metas divinas. Eso redunda en que la fe en la Divina Providencia no se convierta en una gran potencia en la vida de las personas y de pueblos enteros, y que entonces el hombre, al enfrentar catástrofes extraordinarias, caiga en la confusión y se entregue a corrientes y movimientos ateos.
1.16 EL INTERÉS PERSONAL DE DIOS POR CADA SER HUMANO
De: Brief an Turowski 1952/53, 128-129
Quien ha creado nuestra naturaleza conoce mejor que nosotros sus necesidades. Su sabiduría y amor conocen los medios y vías para satisfacerlas. Y su omnipotencia realiza lo que sabiduría y amor hayan previsto. Más allá de que Dios mira con amplitud infinita, vale decir, contempla todo el vasto escenario del acontecer mundial; más allá de la plenitud de sus infinitas perfecciones; más allá de la incorruptibilidad e inexorabilidad de su verdad y justicia y de la pureza de su santidad; más allá de su abrazo amoroso a todo lo que él ha creado… Dios tiene un cariño hondo y cálido por cada ser humano y se interesa personalmente hasta por las mínimas cosas que lo conciernan. Para convencernos de ello hizo que su Hijo unigénito asumiese la naturaleza humana con todas sus nobles inclinaciones y pasiones humanas. Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Ese misterioso interés personalísimo de Dios por cada ser humano - que nos resulta tan difícil imaginar debido a la condición divina de ser espiritual e inmutable - ha encontrado en la persona y figura de Jesús un reflejo perceptible por nuestros sentidos, una encarnación… El Unigénito, representa el rostro del Padre eterno vuelto hacia nosotros, nos revela de modo sensible y tangible, de modo auténticamente humano, cómo podemos representarnos de manera humana el interés espiritual de Dios Padre por cada persona. Newman51 afirma con acierto:
“Realmente es admirable y digna de adoración la condescendencia con la que Dios socorre nuestra debilidad. La atiende y ayuda precisamente de la manera como obró la redención de las almas. Para que comprendamos que a pesar de sus misteriosas e infinitas perfecciones, , presta atención especial y tiene un cariño especial por cada ser humano, asumió los pensamientos y sentimientos de nuestra propia naturaleza, que, como todos sabemos, es capaz de tal cariño personal. Haciéndose hombre cortó de raíz, de una vez y para siempre, las dificultades y problemas de nuestro entendimiento en esa área, como si quisiese dar razón a nuestras objeciones y refutarlas poniéndose él mismo en nuestro propio punto de vista.”
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