Vicent Sala - El cazador de escarabajos

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París, 2018. Adrien Bélanger es un ex policía atormentado por su pasado. Gracias a la influencia de su antigua compañera y amante, logra participar en un insólito experimento gubernamental que se propone crear agentes psíquicos. Pero nada sale como estaba previsto.
Mientras, Maurice Pourault, un informático con ansias de venganza, idea un macabro juego de rol a escala 1:1, con París y sus catacumbas como escenario, en el que los participantes son títeres inconscientes en su plan asesino.
Dos vidas contrapuestas, dos historias en paralelo condenadas a cruzarse. Y cuando esto ocurra, solo uno podrá prevalecer…
Una novela trepidante, salpicada de un humor irreverente, que nos cuenta cómo los recuerdos que se estancan producen monstruos.

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—La madre que parió a Scooby-Doo… Y… ¿en qué consiste la prueba? ¿Van a hacernos mirar una cabra hasta que le reviente la cabeza? ¿Cotillear las fantasías masturbatorias de un grumete en un submarino? ¿Hacer una ouija para contactar con Jesucristo, o con M…?

—Sé que parece una locura —admitió Stéphanie—. Pero va muy en serio.

Bélanger la miró pasmado.

—Muchacha, si no te conociera tan bien pensaría que te estás quedando conmigo… ¿Y cómo leches han conseguido hacer eso?

—No estoy al corriente de los pormenores técnicos —reconoció la espía—, pero las pruebas con animales han resultado bastante concluyentes.

—Con animales —repitió incrédulo Bélanger—, o sea, que han conseguido que un perro adivine los resultados de la liga de fútbol...

—No —respondió Stéphanie con una media sonrisa—. Pero sí que lea la mente.

—Ahora sí que me tomas el pelo. ¿Y cómo se lo ha hecho saber el perro a los científicos? ¿Ladraba en morse?

—Todos estos temas te los explicarán el doctor Vipond y su equipo —repuso Stéphanie—, siempre que aceptes participar en el primer ensayo que se realizará con humanos.

—No me puedo creer que nosotros seamos los primeros en esto. ¿Cómo puede ser que los americanos no hayan desarrollado todavía nada así? ¿O los rusos? Por lo que cuentan, ellos llevan metidos en estas historias desde los años cincuenta.

—Quizás es que por fin hemos vuelto a la vanguardia. —La voz de Stéphanie dejaba traslucir el orgullo del pueblo francés, tocado, pero no hundido.

—¿Y por qué me lo propones a mí? —se extrañó Bélanger—. ¿De verdad crees que después de lo sucedió me readmitirían?

Stéphanie entrecerró los ojos.

—Buscan gente con unas características especiales —dijo—. Con reactividad e ingenio, por un lado, porque al parecer esos aspectos potencian las habilidades psíquicas, y por otro… —Stéphanie dudó.

—¿El qué? —apremió Bélanger.

—... por otro lado, la inestabilidad, las tendencias depresivas y la falta de autocontrol podrían facilitar los cambios que deben producirse en la consciencia para que el experimento tenga éxito. Como te he dicho, las pruebas con humanos están en una etapa embrionaria.

—¡Por Dios! —exclamó Bélanger—. O sea, que no habéis encontrado nadie en todo el SI que esté tan colgado como yo...

—Adrien —le cortó Stéphanie con impaciencia—, hay muchos otros candidatos que cumplen con el perfil. Te estoy dando la opción de aprovechar mi influencia para que accedan a considerarte uno de los aspirantes. El proceso de selección hasta la fase de experimentación lo deberás superar tú solito.

Bélanger se pasó los dedos por la cabeza hasta llegar a la nuca, y empezó a masajearse.

—No lo tengo claro, Stéphanie. Supongamos que lo consigo, supongamos que regreso. Tú ya sabes lo que pasó…, por qué acabó todo. No podría soportar cometer el mismo...

—No tiene por qué volver a ocurrir. Y, por otra parte, dudo que lo que tengas ahora te pueda ofrecer el futuro que deseas.

—A ti ni puedo ni quiero engañarte. —Bélanger puso las manos encima de la mesa, casi hasta tocar las de ella, que no habían cesado de acariciar la taza de té—. Mi situación no es para tirar cohetes, y lo sabes bien…

—Volverás a tener algo por lo que luchar y vivir. Aún eres joven, no renuncies a tu futuro.

—No sé si luchar por la “razón de Estado” es algo que valga la pena.

—¿Y dejar que los terroristas y enemigos de Francia se salgan con la suya? No seas cínico.

—Quizás lo sea. —Bélanger la miró, intentando parecer lo más asertivo posible—. Déjame pensarlo unos días.

—No pueden ser muchos. El proceso de selección empieza dentro de una semana.

—Entonces el jueves te doy mi respuesta definitiva. ¿Nos vemos aquí?

—No hace falta, Adrien. Si el jueves a las doce en punto acudes a esta dirección, entenderé que has aceptado. Adiós.

Stéphanie dejó un billete de cinco euros y una nota encima de la mesa. A continuación, se levantó y se fue sin despedirse. Bélanger la vio alejarse con ese andar pausado que conocía tan bien. Nada más la perdió de vista, llamó al camarero y pidió un gin-tonic . Probablemente aquella noche la volvería a pasar en el sofá de Bartel.

Capítulo 4

Llegué a la estación del Delabou a las 8:23 del día siguiente. Era igual de deprimente y estaba tan llena de paletos como el bendito día que me marché de allí para ir a la Universidad, hacía ya más de quince años y, por fortuna, no había tenido necesidad de regresar hasta entonces. Con la capucha puesta y embozado hasta la nariz con una bufanda, me dirigí a la notaría. De todos los inconvenientes de tener que regresar al pueblo, lo que más me molestaba era encontrarme con algún conocido y verme obligado a soportar los típicos comentarios sobre cuánto había cambiado, en qué trabajaba, si me había casado y todas esas gilipolleces que tanto parecen preocupar a la gente vulgar. Me crucé con un pariente lejano y dos vecinos de mis padres, pero afortunadamente mi camuflaje funcionó y no me reconocieron. A las 8:55 entraba en el despacho del notario. Era un viejo con un ligero aire a mi vecino, el señor Lemarron. Reprimí las náuseas que me provocaba recordar aquel sucio perro suyo.

—Buenos días, señor Pourault —me saludó el notario—. Le acompaño en el sentimiento.

—¿Dónde hay que firmar? Me gustaría largarme en el tren de las 10:10.

—Bueno, esto... Aquí tiene. —El notario me acercó unos papeles que esperaban encima de la mesa—. Necesitaré varios datos, como su cuenta bancaria, para poder recibir la transferencia.

Me senté para echar un vistazo a los papeles y rellenar los formularios. Mientras leía, el notario me hablaba de temas legales que no me interesaban. Me explicó, con más detalle que en la llamada del día anterior, que la vieja había conseguido una indemnización del seguro por el incendio de la casa familiar en el que sufrió quemaduras en el 70% de su cuerpo y otras lesiones graves, o algo así.

—Bueno, ya lo he rellenado y firmado todo. ¿Algo más? —pregunté.

—Nada más, señor Pourault. Ahora debo tramitar los papeles. Una vez esté todo gestionado, en breve recibirá el dinero de la herencia. Recuerde que debe hacerse cargo de los gastos de notaría y del pago del Impuesto de Sucesiones en el plazo de un mes desde la recepción de la herencia.

No había pensado en los impuestos. Cómo no, tenía que aparecer el maldito Gobierno para quitarme lo mío.

—¿Y cuánto tendría que pagar? —pregunté sin ocultar mi contrariedad.

—Es una cuota que varía según la cantidad recibida a título gratuito…

—¿Qué tasa?

— … en su caso es un veinte por ciento de la herencia.

Casi me caí de la silla. ¡Un veinte por ciento! Eso hacía casi cien mil euros; los malditos holgazanes de los funcionarios se iban a quedar con la quinta parte de mi dinero, y todo por la cara.

—Bueno, ya me ocuparé de eso —respondí con resignación. Todavía me quedaban más de trescientos cincuenta mil para mí.

—Y, por lo que respecta a los gastos de notaría, la cuantía asciende a ochocientos quince euros con diez céntimos.

Otro ladrón que quería su parte del botín. Debí reflejar mis pensamientos inconscientemente, porque el bandido añadió enseguida:

—Tenga en cuenta que he tenido que actuar de oficio; evidentemente, la intención de la finada era dejarlo todo a la señora Brouillard, que por lo visto había cuidado de ella durante sus últimos años. Y si hubiese estado mejor asesorada, su herencia se habría visto mucho más mermada.

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