Jon Echanove - Los planes de Dios

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A causa del Brexit, Richard ha perdido todo lo que tiene. Ahora solo espera un milagro que lo salve o, en su defecto, hallar el valor necesario para quitarse la vida. Sin embargo, lo que encontrará será un nuevo trabajo en Manila, donde Rose sobrevive sin desear gran cosa, salvo que sus dos hijas puedan encontrar una vida digna fuera del arrabal que las asfixia. En Manila también vive Caloy, un hombre egoísta y violento que acaba de obtener un cargo importante de policía en Metro-Manila. Tres vidas que acabarán cruzándose en una tragedia inevitable porque, aunque creamos que tomamos nuestras decisiones libremente, no hacemos más que seguir los planes que Dios tiene para nosotros

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—¿Mañana?

El joven regordete asintió con alivio. Richard avanzó hasta la puerta, la abrió de par en par e invitó a Sarah a salir con un movimiento de cabeza. Ella se paró frente a él.

—Mañana, Richard.

La empujó hasta que estuvo al otro lado del umbral y cerró la puerta, al tiempo que le advertía con la mayor serenidad de la que fue capaz: “Esta casa no está en venta”.

A través de la puerta, pudo escuchar a Sarah maldecir y rogarle que le dejara vivir en paz. Al contrario que su exmujer, y aunque fuera extraño, él no estaba seguro de que eso fuese lo que esperaba de ella, que desapareciera de su vida de una puta vez. Él quería otra cosa, lo mismo que había deseado durante los últimos años: que Sarah fuese una persona distinta, que involucionara hasta convertirse de nuevo en la mujer que había sido durante tanto tiempo. Cómo habían conseguido llegar a ese punto era, al menos en parte, todo un misterio. Cuando los dos reconocieron el hastío de la relación, hacía mucho tiempo que ya no eran pareja. Él, habituado al silencio y al mutuo desprecio, la había observado desde la cocina con manifiesta indiferencia, sorbiendo parsimoniosamente un café. Y ella se había girado una última vez para mirarle, buscando en los ojos de Richard alguna razón para quedarse y no acabar con diecisiete años de matrimonio. No debió encontrar nada, porque cerró de un portazo que resonó durante unos segundos por toda la casa. Richard había sonreído y había continuado el día con su rutina habitual. Lo normal, o al menos eso era lo que pensaba él, era que no le hubiera importado un comino que un día, harta de lágrimas y desesperanza, ella hiciera un par de maletas y se fuera sin mediar palabra. Sin embargo, por la noche, en la soledad del cuarto, le sorprendió una punzante angustia en el pecho y rompió a llorar. Desde entonces no había encontrado la forma de contener esa desesperación. Ni tampoco sabía darle una explicación. Sabía que no quería estar con su exmujer y, sin embargo, no soportaba que se fuera. Le avergonzaba reconocer que sentía placer, incluso seguridad, en el hecho de que ella estuviera aún en su vida, pululando en torno a él, siempre y cuando no hiciera nada. Pero, por desgracia, Sarah no sabía quedarse quietecita. Al contrario: parecía empeñada en sacarle de quicio con esa obsesión venenosa, infantil y descabellada de forzarle a vender la casa. Su casa. Lo único que le quedaba tras cuatro años de infierno en los que lo había perdido todo.

Capítulo 3

La sensación de victoria tras su encuentro con Sarah le había subido la adrenalina, y aunque estaba exhausto por la resaca, se dedicó a inspeccionar la casa con el ánimo turbulento, como un animal marcando el territorio. Esa mansión frente al mar era la prueba de su éxito y estaba seguro de que, desde la calle, por encima del seto, lo único que se podía ver era la magnificencia de sus posesiones. El drama que le había acompañado en los últimos años, y que amenazaba con arrebatárselo todo, resultaba invisible para cualquier paseante. Más aún, era inconcebible que alguien que vivía en una propiedad de semejante tamaño y lujo estuviera mirando de reojo a la pobreza.

Su modo de enfrentarse a ese vertiginoso descenso, aquel inesperado viacrucis que iba desde la abundancia económica a la dolorosa carencia, lo único que había conocido en su infancia y de la que había conseguido huir, había sido la causa del último conflicto con Sarah, el que acabó por romper los pocos lazos que les mantenían precariamente unidos. Como siempre ante la adversidad, Sarah se había rendido a las primeras de cambio, demostrando una vez más su completa ausencia de capacidad de lucha, de esfuerzo o sacrificio. Su vida era saltar de flor en flor como una mariposa caprichosa sin consolidar nada. Primero su carrera, luego los hijos, y ahora, en medio de la tormenta que le estaba tocando atravesar por culpa del jodido Brexit, su casa. Para ella bastaba con mirar a otro lado, perderlo todo y hacer algo diferente. Sintió una punzada de celos pensando en ese nuevo novio que la insidiosa vecina le había dicho que tenía. Encajaba con su perfil. No había pasado medio año tras diecisiete de matrimonio y ya había encontrado un reemplazo. Pues muy bien, si quería cambiar de polla, que cambiara, pero no le iba a dejar tocar la casa. Solo faltaría. ¿Cuánto dinero había puesto ella? ¿Cuánto trabajo? Nada. Ni una libra, ni un minuto. Solo putas lágrimas, terapeutas y ansiolíticos.

Eso le recordó su esperpéntico intento de suicidio y la ira dio paso a la vergüenza mientras, escondido en la ducha, dejaba que el agua hirviente se llevara gran parte de la resaca. Oculto bajo el poderoso chorro, le sorprendieron unas inesperadas lágrimas y una intensa ansiedad que apenas le dejaba respirar. ¿Cuánto tiempo iba a poder conservar la casa? Durante meses había esperado un milagro, una señal. Había estado convencido de que, si la mala suerte había aparecido de un día para otro y sin ninguna justificación —quién coño iba a esperar que el Brexit ganara el referéndum—, también debía hacerlo la buena fortuna. Y por eso había esperado, convencido de que el esfuerzo de tantos años no podía disolverse de un plumazo. Durante aquellos primeros meses, cuando ya estaba claro que su laboratorio se iba a pique, se había agarrado a la superstición, había confiado en una justicia universal o divina, una fuerza que equilibrara la balanza y que le compensara por sus inmerecidas pérdidas. Y todavía seguía esperando, aunque ya sin ninguna fe.

Al mediodía el cielo seguía límpido y, aunque el viento soplaba fuerte, cargado de agua de mar, muchos de los habitantes de Christchurch habían salido a pasear a la playa aprovechando la bajamar. Richard anduvo a largas zancadas hasta alejarse de la parte más concurrida y no bajó el ritmo hasta llegar al parque de Rothesay, donde acababan las casas y empezaba el campo de golf, del que ya no era socio. Desde la distancia, el guarda de la puerta, un tal Mathieu, al que hacía meses que no veía, le sonrió e inclinó servicialmente la cabeza. Richard levantó la mano con desidia y el guarda siguió con la mirada sus pasos alejándose hacia el bosque que separaba el campo de golf de la playa y los acantilados. Los regulares vermuts en la exclusividad de los salones del club con sofás Chester y camareros de punta en blanco, habían dejado paso a esos paseos eternos que en la mayoría de las ocasiones acababan con un té en el Cliffhanger Café, siempre atestado de clientes que se peleaban por las mesas que parecían colgar en el acantilado. Aunque, la mayoría de las veces, su aperitivo consistía en una insípida cerveza de lata en la soledad de su casa, hastiado de su vida, pero orgulloso de poder disfrutar aún de su espectacular terraza.

A través de los árboles, siguió un sendero ascendente hasta un claro donde hacía un par de años habían colocado unas mesas para pícnics. Desde aquel alto, en días claros como ese, se veía la isla de Wight, y el mar del canal lucía espléndido.

Ese era su barrio, la infinita playa desde Bournemouth hasta el castillo de Hurst, las marismas de Christchurch, los acantilados y el mar. Toda una mejora comparada con la humedad, la suciedad y el hambre que rodeaban las torres Langbar de su juventud en Swarcliffe. Pero la vida le estaba echando de allí, como tantas veces en su pasado, obligándolo a rebotar de barrio en barrio, de pobreza en pobreza, sin un instante para respirar, sin pertenecer a nada, aunque fuera a una porquería de lugar. Él no había tenido ni siquiera la opción de sentir que tenía derecho a estar donde estaba. Y de nuevo volvía a pasar después de una eternidad, cuando esas imágenes ya eran recuerdos caducos, historias de superación que hubiera podido contar a sus hijos y sus nietos, si Sarah no se hubiera rendido y le hubiese hecho abandonar su sueño de ser padre.

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