“E com cascuna de les host se veeren, los almogavers del comte Galcerán e de don Blasco cridaren: Desperta, ferro! Desperta!; e tots a colp van ferir les ferres de les llances en les pedres, si que el foc ne fa’ia cascun eixir, així que paria que tot lo món fos llumenaria, e majorment com era alba. E los francesos, qui veeren aço, meravellarense’n e demanaren que volia allo dir; e cavallers que hi havia, qui ja s’eren atrobats ab almogavers en Calabria en fet d’armes, diguerenlos que aço era costum d’ells, que tota hora que entraven en batalla despertaven les ferres de les llaces”.
[Cuando las huestes se vieron, los almogávares del conde Galcerán y de don Blasco gritaron: ¡Despierta, hierro! ¡Despierta! Y todos golpearon a la vez los hierros de las lanzas en las piedras, haciendo aparecer fuego y así iluminando a todo el mundo, aunque fuera al alba. Los franceses, viendo esto y maravillándose, preguntaron qué era aquello; los caballeros, que ya se habían encontrado a los almogávares luchando en Calabria, contaron que eso era costumbre de ellos, que antes de entrar en batalla despertaban a los hierros de sus lanzas].
El uso de las lanzas, a veces, perjudica a los almogávares, ya que tienen que luchar junto a su propia caballería y hieren a sus caballeros y sus caballos. Para evitar estas situaciones, los mismos soldados prefieren romper las lanzas y utilizarlas como arma corta junto a las mazas. El no vivir en castillos ni ciudades y refugiarse en las montañas les obliga a organizarse, aunque no lo hacen como un ejército tradicional. Nadie acepta el liderazgo de nadie como general porque no creen en un único guía. Se rigen por una peculiar democracia castrense en la que ellos mismos eligen a un grupo de jefes. La graduación dentro del grupo es muy simple: almogávar o soldado, almocadén o sargento y adalid o capitán. Solo cuando se agrupan con un ejército eligen a un general, el cual debe ser un bravo combatiente que haya demostrado su valor en la batalla. Se agrupan en reducidos grupos de 50 a 200 soldados, aunque esto varía en el momento en que se unen a un ejército. Cuatro mil son los almogávares que llegan a Sicilia para defender la isla. A medida que las tierras aragonesas se van pacificando, los almogávares no tienen enemigos contra los que luchar y deciden unirse al ejército aragonés como cuerpo de mercenarios. Su primera actuación se produce junto a Pere el Gran en la lucha por Sicilia. Al llegar a la isla, la gente se asusta de ellos, puesto que su apariencia física no es la de los nobles caballeros medievales; incluso Muntaner, que luego les sigue en todas sus aventuras orientales, los describe así:
“[…] al verlos tan mal vestidos, con las antiparas en las piernas, las abarcas en los pies y las redecillas en la cabeza, exclamaron: ¡Dios mío! ¿Qué clase de gente es ésta que van desnudos y sin ropas y sin llevar más que unas calzas y no llevan ni siquiera un escudo? Poco podemos confiar si todos los soldados del rey de Aragón son como éstos”.
Pero los recién llegados son poseedores de un carácter y una fortaleza moral increíbles. Una anécdota que demuestra perfectamente su fuerza interior sucede cuando en 1304 entran en Anatolia (la actual Turquía asiática). Después de una larga y fatigosa marcha por territorio ocupado por los turcos, se encuentran ante las llamadas Puertas de Hierro frente a un poderoso ejército. Las Puertas de Hierro están situadas en un estrecho desfiladero en la cordillera del Tauro. Los almogávares, capitaneados por Rocafort, no superan los ocho mil soldados, mientras que el ejército turco alcanza los veinte mil y diez mil a caballo. Ante tal desventaja, la reacción de los almogávares es felicitarse unos a otros por luchar en un lugar como éste, tan lejos de su hogar y contra un enemigo muy superior. Su voluntad les lleva a vencer. Los almogávares no solo son fuerzas de asalto contra las tierras enemigas, sino que también realizan acciones defensivas: se agrupan cuando los musulmanes realizan incursiones, vigilan los pasos y los caminos para así coger desprevenido al enemigo… y además llevan a cabo servicios de espionaje y vigilancia para el ejército aragonés. Penetran sigilosamente en territorio enemigo para observar cualquier movimiento extraño. Pero volvamos a sus orígenes. Aunque son grupos bien organizados y con clara dedicación militar, su modo de vivir y las incursiones provocan que algunos se dediquen al bandolerismo e incluso saqueen pueblos de musulmanes que viven en paz en territorio cristiano, haciendo prisioneros y vendiéndolos como esclavos. Los almogávares peninsulares van desapareciendo con el paso del tiempo: la recuperación de las fronteras cristianas y el hecho de que la mayoría se embarque en la aventura mediterránea con la Gran Compañía Catalana hacen disminuir considerablemente el número de efectivos. El final de los almogávares como tal en la Península se produce con la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos. La victoria sobre Granada significa que no queda ninguna frontera peninsular directa con territorio musulmán; el trabajo de los almogávares ha tocado fin. Los que sí hacen fortuna y dejan una fuerte impronta son los almogávares que se enrolan en la guerra contra los franceses para defender Sicilia. Primero, sorprenden al todopoderoso ejército medieval francés con una estrategia de combate hasta entonces nunca vista, mediante la cual un cuerpo de infantería vence por primera vez a la caballería, en la batalla de Cefis (Cefiso), de la que se hablará más adelante. Segundo, se adentran en Oriente Medio y expanden el territorio catalán más allá de los límites mediterráneos.
Las grandes crónicas medievales
El relato de toda esta época y de la conquista de Oriente por parte de los almogávares queda recogido en las cuatro grandes crónicas catalanas escritas. Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Navarra (1104-1134) Genealogía deis Reis de la Corona d’Aragó. Monasterio de Poblet Son las de Jaume I con su Llibre delsfeyts [Libro de los hechos], la crónica de Bernat Desclot, la de Ramón Muntaner y, finalmente, la de Pere III. Las tres primeras crónicas abarcan todo el periodo de expansión mediterránea de la Corona, desde el año 1213 hasta 1327. Relatan la vida de los monarcas de la dinastía de los Condes de Barcelona. En realidad, ninguno de los tres autores realiza una narración propagandística de la corona catalana, pero sí es cierto que las tres crónicas están enfocadas para que la historia de los reyes de la dinastía catalana sea leída y estudiada por posteriores monarcas y para ser recitada en público. La prueba de ello es que están escritas como los antiguos poemas provenzales, las “chansons”; son poemas recitados por trovadores y cuentan las hazañas de los grandes reyes. Las crónicas de los reyes catalanes influyen en la literatura medieval y llegan a inspirar obras tan importantes como Curial e Guelfa y Tirant lo Blanc. Son narraciones de tono épico, tanto es así que Muntaner y Desclot sitúan a sus reyes a la misma altura que personajes artúricos como Lancelot.
Jaume I el Conqueridor [Jaime I el Conquistador]
La primera de las crónicas es el Llibre delfeyts del rei en Jaume de Jaume I. La crónica narra los hechos acaecidos desde la muerte de su padre, el rey Pere I en Muret en 1213, hasta el propio fallecimiento de Jaume I. Como el mismo rey Jaume es el autor, esta crónica se diferencia de las otras en que se trata de una autobiografía, aunque a lo largo de la historia algunos autores han dudado de la autenticidad de esta narración. Sin embargo, existen claras pruebas de que realmente es Jaume I el autor: utiliza la primera persona y narra hechos concretos de su vida; puede que algunos pasajes de la obra aparecen versos, y puede que éstos los hubiera escrito algún trovador, pero es impensable que un poeta pueda narrar con tanta precisión y seguridad toda la vida del monarca. Sí es probable que tanto el prefacio de la obra como los últimos capítulos no estén escritos por el rey, ya que en el prefacio encontramos muchas citas eruditas y el enfoque de la obra no es el de una narración histórica, sino que está escrita desde una perspectiva mucho más moralista. Este hecho nos puede dar a entender que el autor pueda ser un clérigo, en concreto el obispo de Huesca, Jaime Sarroca, que acompañaba siempre al rey en su séquito. El resto de la obra relata la vida del monarca con gran precisión y con detalles netamente autobiográficos. Claro ejemplo es la narración de sus pensamientos cuando, siendo todavía un adolescente, se dirige a ocupar la isla de Mallorca:
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