Andrés Guerrero - Blanco de tigre

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Aquí comienza el lugar prohibido donde reina el tigre blanco.Esta historia pasó hace muchos años. Tantos que hoy ya nadie habla de ella. Aquellos que aún la recuerdan aseguran que fue tan solo una leyenda de tantas que se fraguaron en lo más recóndito de la selva. Pero no lo es. Nunca lo fue.Un día, el azar quiso que el destino de mi hermana Duna se cruzara con el del tigre blanco.Y juntos encontraron su lugar.

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Pero nadie le creía del todo.

Mi padre lamentó mil veces haber acordado el matrimonio de mi hermana sin su consentimiento y, como todos nosotros, llegó a creer que Duna había cumplido su amenaza de desaparecer en el fondo del río.

Nunca se lo perdonó a sí mismo, ni tampoco a quienes le habían empujado a hacerlo.

Saber que Duna estaba viva le produjo cierto consuelo, pero no tenerla cerca le seguía mortificando.

La mayoría de las noches se levantaba inquieto, como sonámbulo, y caminaba descalzo por el camino que se adentraba en el bosque.

Allí se quedaba hasta el amanecer.

Todos sabíamos que había pasado la noche llorando: sus enrojecidos ojos le delataban.

Una de aquellas noches, sin que ninguno de nosotros lo imaginásemos, mi padre se encontró con Duna.

Ella le estaba esperando al borde de la selva, donde terminan los campos cultivados.

Hacía casi un año que se había marchado, y mi padre apenas pudo reconocerla a primera vista.

Parecía un hombre; un hombre menudo, fuerte y moreno.

Su negra melena estaba cubierta por un turbante y vestía una oscura y fina piel de antílope.

Solo cuando le habló y dejó al descubierto su limpia sonrisa, mi padre se dio cuenta de que era ella.

Se unieron en un abrazo reconfortante, y mi padre, una vez más, se maldijo por haber sido el causante de la huida de su hija.

–Yo te he perdonado, padre. Ahora debes perdonarte tú. No debes culparte de nada; las cosas son como vienen, y en la selva he encontrado mi verdadera vida. Ya no podría vivir de otra manera. Me conoces mejor que nadie y sabes que no sería capaz de llevar una existencia como la de las otras jóvenes.

Mi padre regresó a casa de madrugada, como siempre que vagaba buscando a Duna.

Pero no volvió triste, sino todo lo contrario. Una luz parecía iluminar su figura, sus pasos y su sonrisa.

Aquel amanecer, salimos a pescar con el sonido de fondo de las viejas canciones que entonaba mi padre. Llevaba tanto tiempo sin cantar que no paramos de mirarle durante toda la jornada. Él no decía nada; bastaba con ver su sonrisa para comprender que aquel día estaba en paz consigo mismo y con el resto del mundo.

LAS LLUVIAS

Pasaron varios meses y llegó la época del monzón.

Las lluvias torrenciales podían arrasar aldeas enteras, y no solo por la subida del cauce de los ríos. Con los aluviones, los pequeños riachuelos de montaña podían convertirse en peligrosos torrentes de bravas aguas que arrollaban todo a su paso: cultivos y chozas, ganados y personas. Sin distinción alguna.

Nuestro río era inmenso y de una anchura más que considerable, y siempre había un gran margen para salvar las crecidas.

Por suerte para nosotros, nuestras casas estaban fuertemente afianzadas por docenas de sólidas estacas al fondo del río. Era una verdadera obra de ingeniería levantada por los abuelos de mis abuelos.

Nuestra familia había vivido siempre en estos palafitos, que durante cientos de años habían aguantado el empuje de las riadas sin venirse abajo.

Lo malo es cuando sucede algo inesperado, algo para lo que no estás preparado.

Desde el encuentro con mi padre, no habíamos vuelto a saber nada de mi hermana. Podía estar muerta en cualquier lugar de la selva o haber sido devorada por las fieras.

No teníamos manera de saberlo.

Mi padre seguía dando paseos por las noches, lejos de las casas, aventurándose más allá de lo que era prudente y seguro.

Mi madre se lo reprochaba, pero él mantenía un silencio oscuro y desviaba su mirada para no hacer frente a los regaños de mi madre.

Todos sabíamos que se sentía culpable de que Duna no viviera ya con nosotros.

Durante la temporada de lluvias, apenas podíamos pescar. Como mucho, salíamos con un par de barcas pequeñas, pues eran más maniobrables en mitad del fuerte caudal del río.

Aunque esto también resultaba muy peligroso: en cualquier momento podía sobrevenir una fuerte crecida de las aguas y arrasar con todo. Pero éramos pescadores y vivíamos del río; no podíamos pasarnos mucho tiempo sin pescar, así que, aunque arriesgásemos nuestras vidas, seguíamos faenando.

Una de aquellas noches sucedió algo inesperado. Mi padre, que regresaba de vagar bajo la lluvia, nos despertó a todos, nos pidió silencio y nos reunió en torno al hogar.

Mientras permanecíamos allí sentados, expectantes y en silencio bajo la imprecisa luz del fuego, comenzó a desenvolver algo que traía envuelto en unas viejas mantas.

Nos quedamos mudos y con los ojos abiertos como los peces; paralizados por la sorpresa ante la certeza de que Duna seguía viva.

¡Era una piel de tigre!

Mi madre lloró. Los demás gritamos de alegría y saltamos compartiendo nerviosos abrazos, igual que hacen los monos tontos en lo alto de los árboles.

Mi padre había visto a Duna, y ella le había entregado aquella nueva piel para que no tuviésemos que pescar durante la temporada de las lluvias fuertes.

Le pidió que la vendiésemos sin explicar de dónde la habíamos sacado, y que no desveláramos su presencia en la selva, pues para el resto de la aldea ella seguía muerta. Y afirmó que volvería cuando llegase el momento de volver.

Así que Asel volvió a convertirse en cazador de tigres.

Aunque nadie lo creyó nunca.

Aquella noche, mis padres durmieron abrazados y felices.

Nos dimos cuenta todos. En nuestras casas de madera y bambú se escucha cualquier ruido, por pequeño que sea.

La lluvia no paraliza nuestra vida ni la de la aldea.

A pesar del monzón, la gente sigue atendiendo sus obligaciones, en la medida en que esto es posible, y la vida continúa. Estamos acostumbrados a caminar y a vivir bajo la lluvia.

Aquellos días no salimos a pescar, pero aprovechamos el tiempo para coser nuevas redes y reparar desperfectos en las barcas. Con la venta de la piel de tigre teníamos para vivir durante una buena temporada.

Una mañana recibimos la visita del señor Chang, nuestro comprador del pescado, y de su hijo, el señor Ming, con quien había sido prometida mi hermana.

Mi padre los vio llegar por el camino, montados en sus caballos y cubriéndose con los paraguas de palma con los que se protegen los señores ricos.

–Han tardado mucho en venir.

Eso dijo mi padre antes de dirigirse a su encuentro.

Mi madre, que también los había visto, corrió a preparar unos platos con los que agasajar a los visitantes, tal y como es costumbre entre los nuestros.

Aunque tanto ella como mi padre sabían que aquella no era exactamente una visita de cortesía.

Se reunieron bajo la llovizna, en la pequeña explanada frente a las casas.

Los señores nunca entran en casa de los más pobres. Esto, que puede parecer ofensivo, no lo es; al contrario, no entraban para no ofender a sus propietarios con el contraste entre la riqueza de unos y la miseria de los otros.

Además, nuestras casas se levantaban sobre estacas en el río, y el acceso por las escaleras y cuerdas, que no resultaba fácil si no estabas acostumbrado, hubiera dejado en evidencia al señor Chang, dada su avanzada edad.

Tras los saludos y halagos de cortesía, mis dos tíos y mi padre mantuvieron una dura conversación con el señor Chang y su hijo; sobre todo con este último, quien, además de carecer de los educados modales de su progenitor, era el heredero y nuevo propietario de la empresa de compraventa de pescado, la única que había por allí y de la que dependía nuestra familia.

El señor Chang y su hijo siempre habían pagado por nuestro pescado lo que habían querido, de forma caprichosa y a precios muy bajos.

Pero eran los únicos compradores de la zona a los que podíamos acceder, debido a las largas distancias que nos separaban de otros pueblos y aldeas importantes.

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